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El Santuario

O.R.L. Crosier

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Presentación

“Haz todas las cosas conforme al modelo que te fue mostrado en el monte” (Heb. 8:5).

Este artículo, ‘El santuario’, se imprimió en el ‘Day-Star Extra‘, en 1846. En relación con él, E. White escribió en una carta dirigida al hermano Eli Curtis, fechada el 21 de abril de 1847:

“Creo que el santuario que ha de ser purificado al final de los 2.300 días es el templo de la Nueva Jerusalem, del que Cristo es ministro. El Señor me mostró en visión, hace más de un año, que el hermano Crosier tenía la verdadera luz sobre la purificación del santuario; y que era su voluntad que escribiese la exposición que nos hizo en el Day-Star Extra del 7 de febrero de 1846. Me siento plenamente autorizada por el Señor para recomendar ese Extra a todo santo” (‘Una palabra a la manada pequeña‘, publicado en 1847).

En Review & Herald de septiembre de 1850 se reimprimió el artículo, aparentemente en su totalidad. Volvió a ser impreso en un par de ocasiones, en los dos años sucesivos. Reproducimos aquí el artículo en su totalidad, tal como aparece en la Review de septiembre de 1850. Las referencias bíblicas se han convertido de la numeración romana a la árabe. Se han corregido algunos errores muy evidentes en las referencias bíblicas. Entre corchetes se han incluido algunas notas aclaratorias.

W.C. White, 9 octubre 1931 (abreviado)

El Santuario

O.R.L. Crosier

Day-Star Extra, 1846

El santuario era el corazón del sistema típico (simbólico). Allí puso el Señor su nombre, manifestó su gloria y se comunicó con el sumo sacerdote, en relación con el bien de Israel. Al preguntar a las Escrituras en qué consiste el santuario, expulsemos de la mente todo prejuicio educacional. La Biblia define con claridad cuál es el santuario, y responde a toda cuestión razonable que quepa hacerse sobre él.

El nombre “santuario” se aplica a diversas cosas en el Antiguo Testamento, y el Todopoderoso no dijo a Daniel qué santuario había de ser purificado al final de los 2.300 días, pero lo denominó santuario, como si Daniel comprendiese bien a qué se estaba refiriendo. El hecho de que Daniel no le preguntase en qué consistía, confirma lo anterior. Pero dado que la identificación del santuario ha venido a ser tema de discusión, nuestra única seguridad consiste en identificarlo en el Nuevo Testamento, que es el comentario divino sobre él. Su decisión debiera poner fin a toda controversia entre cristianos.

Pablo se refiere ampliamente a ese asunto en la epístola a los Hebreos, a quienes pertenecía el pacto típico [relativo al sistema simbólico del Antiguo Testamento]. “El primer pacto tenía reglas para el culto, y también un santuario terrenal” (Heb. 9:1-5).

“Se levantó una tienda. En su primera parte, llamada Lugar Santo (hagia), estaban las lámparas, la mesa y los panes de la Presencia.

Tras el segundo velo estaba la parte llamada Lugar Santísimo (hagia hagion).

Este tenía el incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro. Esta arca contenía una urna de oro con el maná, la vara de Aarón que reverdeció y las tablas del pacto.

Sobre ella los querubines de gloria cubrían el propiciatorio. De estos objetos no hablaremos ahora en detalle”.

Encontramos una descripción detallada en los últimos cuatro libros del Pentateuco. “Santuario” fue el primer nombre que el Señor le dio. En Éxodo 25:8 abarca, no solamente el tabernáculo con sus dos departamentos, sino también el atrio (o patio), así como todos los utensilios del ministerio. A todo ello Pablo lo denomina el santuario del primer pacto, que “es símbolo para el tiempo actual, según el cual se ofrecen presentes y sacrificios” (Heb. 9:9).

“Pero Cristo ya vino, y ahora es el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. El santuario donde él ministra es más grande y más perfecto; y no es hecho por mano de hombre, es decir, no es de este mundo” (vers. 11).

Los sacerdotes entraban en lo que era “símbolo” o “copia de las realidades” que constituían los “lugares celestiales mismos” en los que entró Cristo, cuando “entró en el mismo cielo” (vers. 23 y 24). Cuando Cristo ascendió a la diestra del Padre, a “las realidades celestiales mismas”, vino a ser “ministro del santuario, de aquel verdadero tabernáculo que el Señor levantó, y no el hombre” (Heb. 8:1 y 2). Ese es el santuario del “pacto mejor [nuevo]” (vers. 6).

El santuario que ha de ser purificado al final de los 2.300 días es también el santuario del nuevo pacto, ya que la visión del santuario echado por tierra hace referencia a un período posterior a la crucifixión. Vemos que el santuario del nuevo pacto no está en la tierra, sino en el cielo. El verdadero Tabernáculo que forma parte del santuario del nuevo pacto, fue hecho y construido por el Señor, en contraste con el del primer pacto, que fue hecho y levantado por el hombre en obediencia al mandamiento de Dios (Éx. 25:8).

Ahora, ¿qué dice el mismo apóstol que el Señor ha construido? “Porque esperaba la ciudad con fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:10). ¿Cuál es su nombre? La “Jerusalén celestial” (Heb. 12:22; Apoc. 21). “Un edificio celestial, una casa eterna, hecha no por manos humanas” (2 Cor. 5:1). “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Juan 14:2).

Cuando nuestro Salvador estuvo en Jerusalén, y declaró su casa desierta, los discípulos le señalaron el edificio del templo. Él dijo entonces: “Os aseguro que no quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mat. 24:1 y 2). El templo era su santuario (1 Crón. 22:17-19; 28:9-13; 2 Crón. 29:5, 21; 36:14, 17). Una sentencia como la que pronunció habría de llenarles de temor y congoja, como premonición del quebranto, cuando no de la total caída de su sistema religioso por completo. Pero a fin de darles ánimo e instrucción, les dijo: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Juan 14:1-3).

Estando, como era el caso, en la línea divisoria entre el pacto típico [simbólico, perteneciente al Antiguo Testamento] y el antitípico [el real, el celestial], y habiendo acabado de declarar que la casa del primero dejaba de estar vigente en vista de su anunciada destrucción, cuán lógico era que dirigiera la atención de sus discípulos al santuario del segundo, en el que habrían de centrarse sus afectos e intereses tal como lo hicieran antes con el primero. El santuario del nuevo pacto está relacionado con la Nueva Jerusalén, de igual forma en que lo estaba el del antiguo pacto con la antigua Jerusalén. De igual forma en que ese era el lugar en donde ministraban los sacerdotes de ese pacto, así sucede en el cielo, lugar en donde ministra el Sacerdote del nuevo pacto. A ese lugar, y sólo a ese, aplica el Nuevo Testamento el término de “santuario”, lo que debiera zanjar toda discusión al respecto.

Pero dado que se nos ha instruido repetidamente a mirar hacia la tierra al pensar en el santuario, es apropiado preguntarse, ¿bajo la autoridad de qué Escritura hemos sido así enseñados? Yo no puedo encontrar ninguna. Si alguien lo logra, que lo haga saber. Es necesario recordar que la definición de santuario es “un lugar santo o sagrado”. ¿Es la tierra, es Palestina, un lugar tal? La única respuesta es: -¡No! ¿Se instruyó así a Daniel? Analicemos su visión.

“Y el lugar de su santuario fue echado por tierra” (Dan. 8:11). Ese ser echado por tierra fue en los días –y por intermedio– del poder Romano; por lo tanto, el santuario al que señala ese texto no era la tierra ni Palestina, ya que el primer santuario fue destruido en la caída, y el posterior en la cautividad, más de 4.000 y 700 años respectivamente antes del evento al que apunta ese texto, y ninguno de ellos por intermedio de Roma.

El santuario que fue echado por tierra es aquel contra el que Roma se había exaltado, aquel al que pertenecía el Príncipe de los príncipes, Jesucristo; y Pablo enseña que su santuario se halla en el cielo. También Daniel 11:30 y 31, “Porque vendrán contra él naves de Quitim, y él se desalentará. Entonces volverá, y se enojará contra el pacto santo (la cristiandad). Volverá, pues, y favorecerá a los que abandonen el santo pacto (sacerdotes y obispos). Sus fuerzas (civiles y religiosas) profanarán el santuario de la fortaleza (Roma y los que olvidan el pacto santo), quitarán el continuo, y pondrán la abominación asoladora”.

¿Qué fue eso que Roma y los apóstoles del cristianismo habrían de contaminar con su abominación asoladora? Esa combinación se formaría contra el “santo pacto”, y fue el santuario de ese pacto el que contaminarían (asolarían), cosa que harían igualmente con el nombre de Dios (Jer. 34:16; Eze. 20; Mal. 1:7). Eso equivalía a profanar o blasfemar su nombre. En ese sentido, esa bestia político-religiosa desoló el santuario (Apoc. 13:6), y lo echó por tierra, desde su lugar en el cielo (Sal. 102:19; Jer. 17:12; Heb. 8:1 y 2) al llamar a Roma la santa ciudad (Apoc. 21:2) e instalar allí al Papa bajo los títulos: “Señor Dios el Papa”, “Cabeza de la iglesia”, etc. Y esa falsificación del “templo de Dios” profesa realizar aquello que Jesús hace en su santuario (2 Tes. 2:1-8). El santuario ha sido echado por tierra (Dan. 8:13), lo mismo que el Hijo de Dios (Heb. 10:29).

Daniel oró: “Haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado” (Dan. 9:17). Se trataba del santuario típico edificado por Salomón. “Ahora que el Eterno te ha elegido para que edifiques una casa que sea su santuario. ¡Esfuérzate y hazla!” (1 Crón. 28:10-13). El santuario compartió la suerte con Jerusalén en sus setenta años de desolación (Dan. 9:2; 2 Crón. 36:14-21). Fue re-edificado tras la cautividad (Neh. 10:39). A Moisés se le dio el modelo del santuario, edificado al pie del Sinaí tras haber estado con el Señor cuarenta días en la nube, sobre el monte; y a David se le dio el modelo del que edificó Salomón, que superaba al de Moisés, con sus cámaras, porches, atrios de los sacerdotes y levitas, y todos los utensilios del servicio, según “los planos que el Espíritu había puesto en su mente” (1 Crón 28:10-13).

Es un hecho manifiesto que tanto Moisés como David tuvieron visiones proféticas de la Nueva Jerusalén con su santuario y con Cristo, el Sacerdote oficiante. Cuando el santuario edificado por Moisés resultó superado por el de Salomón, se trasladó el Arca del uno al otro (2 Crón. 5:2-8). El santuario comprendía, no sólo el Tabernáculo, sino también los utensilios del ministerio, y también el atrio en cuyo recinto se levantaba el Tabernáculo (Núm. 3:29-31; 10:17, 21). Así, el patio (o atrio) donde el Tabernáculo se asentaba, era llamado con propiedad el santuario ([según el historiador] Prideaux). Podemos ver lo mismo en 2 Crón. 29:18, 21. “Ya hemos limpiado toda la casa del Señor, el altar del holocausto, todos sus instrumentos, y la mesa de la Presencia con todos sus utensilios”.

El altar de los holocaustos con sus utensilios estaba ante al Tabernáculo, en el atrio. En el versículo 21 a todo eso se lo denomina “santuario”. Bien, dirá alguno, ¿acaso no constituye Palestina el santuario? No lo creo. Éxodo 15:17: “Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu herencia, en el lugar de tu habitación que tú has preparado, oh Eterno, en el santuario que afirmaron tus manos”.

Cuál es la “habitación que [el Señor ha] preparado”, la que afirmaron [sus] manos? Pablo afirma que se trata de una “ciudad” (Heb. 11:10), de un “santuario” (Heb. 8:2), de “un edificio celestial, una casa eterna, hecha no por manos humanas” (2 Cor. 5:1). Y el Señor ha elegido el monte Sión, en Palestina, como el lugar para su morada definitiva (Sal. 132:13 y 14). “El Eterno eligió a Sión, la quiso para su morada. Este es siempre el lugar de mi reposo, aquí habitaré, porque la he preferido”.

“Los llevó después a los términos de su tierra santa, a ese monte que ganó su mano derecha” (Sal. 78:54), que era su lugar elegido, pero no propiamente el santuario; no más de lo que el monte Moria, sobre el que se edificó el templo, era el templo mismo. ¿Consideraron ese lugar como el santuario? Si ellos no lo hicieron, tampoco nosotros debiéramos hacerlo. Una mirada al texto en donde aparece [el santuario] mostrará: “Y me harán un santuario, y habitaré entre ellos” (Éx. 25:8). “El siclo del santuario” (Éx. 30:13) y unos veinte más similares. “Así, Bezaleel, Aholiab y todo hombre diestro, a quien el Señor dio sabiduría e inteligencia para ejecutar toda la obra del santuario, realizaron todo lo que había mandado el Eterno” (Éx. 26:1-6; 36:1). “El velo del santuario” (Lev. 4:6). “Sacad a vuestros hermanos de delante del santuario” (Lev. 10:4). “Ni vendrá al santuario” (Lev. 12:4). “Expiará el santuario” (Lev. 16:33). “Reverenciad mi santuario” (Lev. 19:30; 26:2). “Para no profanar el santuario de su Dios” (Lev. 21:12). “Los útiles del santuario” (Núm. 3:31). “Cuidarán del santuario” (Núm. 3:32, 38). “Utensilios del servicio que se usan en el santuario” (Núm. 4:12). “Se encargarán del santuario y de todo lo que hay en él” (Núm. 4:16). “Y cuando Aarón y sus hijos acaben de cubrir el santuario y todos sus enseres, cuando se haya de mudar el campamento, vendrán los coatitas para transportarlos” (Núm. 4:15; 7:9; 10:21). “Para que no haya plaga en ellos cuando lleguen al santuario” (Núm. 8:19). “Tú y tus hijos, y la casa de tu padre contigo, cargaréis el pecado cometido contra el santuario” (Núm. 18:1). “Contaminó el santuario del Eterno” (Núm. 19:20). Josué “tomó una gran piedra y la levantó allí debajo de una encina que estaba junto al santuario del Eterno” (Josué 24:26). “Todos los utensilios del santuario” (1 Crón. 9:29). “Edificad el santuario de Dios” (1 Crón. 22:19). “Príncipes del santuario” (1 Crón. 24:5). “El Eterno te ha elegido para que edifiques una casa que sea su santuario” (1 Crón. 28:10; 2 Crón. 20:8). “Sal del santuario” (2 Crón. 26:18; 29:21; 30:8). “Purificado según el rito del santuario” (2 Crón. 30:19; 36:17).

He presentado casi todos los textos y creo que cada una de las diferentes expresiones en las que aparece la palabra, hasta llegar a los Salmos, de forma que cualquiera pueda ver lo que ellos entendían por “santuario”. De entre los cincuenta textos citados, ni uno sólo se aplica a la tierra de Palestina, o a alguna otra tierra. A ese santuario, aunque hecho con cortinas, se lo llamaba “la casa de Dios” (Jueces 18:31; 1 Sam. 1:7-24), y fue erigido en la ciudad de Silo con ocasión del reparto de la tierra (Jueces 18:1, 10), por lo tanto, se lo llamó “el santuario de Silo” (Sal. 78:69). El Señor lo abandonó cuando los filisteos tomaron el Arca (1 Sam. 3-11) y cambió su fuerza en cautividad, y entregó su gloria en manos de su enemigo (1 Sam. 4:21).

Fue devuelta a Quíriat Jearim (1 Sam. 7:1), y luego a la casa de Obed Edom, por entonces ciudad de David, que es Sión (2 Sam. 6:1-19; 5:9), y después, por indicación de Salomón, el Arca fue depositada en el lugar santísimo del templo (1 Rey. 8:1-6), edificado en el monte Moria, cerca del monte de Sión (2 Crón. 3:1). El Señor había escogido a Sión como lugar de su reposo para siempre (Sal. 132:13 y 14), pero hasta entonces no había morado allí sino por un breve período, y entre cortinas hechas a mano; pero al volver en gloria tendrá “piedad de Sión” y la re-edificará; entonces Jerusalén será una “morada de quietud, tienda que no será desarmada” (Sal. 102; Isa. 33:20). Entonces el pueblo de Sión vivirá en Jerusalén (Isa. 30:18 y 19). El cántico de Moisés (Éx. 15) es evidentemente profético y se explaya en las felices escenas del Edén Sión. Así lo hizo también Ezequiel. El Señor traerá a toda la casa de Israel desde sus tumbas hasta la tierra de Israel, para establecer entonces su santuario y Tabernáculo en medio de ellos para siempre. El santuario no es “la tierra de Israel” ni su pueblo, ya que está instalado en medio de él, y está edificado y forma parte de esa ciudad cuyo nombre es “el Eterno está allí” (Eze. 48:35).

El sacerdocio de Cristo

El sacerdocio del santuario terrenal del primer pacto pertenecía a los hijos de Leví; pero el sacerdocio celestial, el del mejor pacto, pertenece al Hijo de Dios. Él encarna ambos, el sacerdocio de Melquisedec y el de Aarón. En ciertos aspectos el sacerdocio de Cristo es semejante al de Melquisedec, y en otros, al de Aarón o Leví. (1) fue “hecho Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Heb. 6:20). “Orden” significa sucesión o dinastía. Cristo, como Melquisedec, no tenía ascendencia sacerdotal (Heb. 7:3). Ni sucedió, ni fue sucedido por otro sacerdote en su oficio; y dado que “permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” (7:24), en el sentido de que no pasa de uno a otro.

El sacerdocio de Leví, siendo ininterrumpido, estaba caracterizado por una sucesión de sacerdotes, “porque la muerte les impedía continuar” (vers. 23). (2) Dado que fue según el orden de Melquisedec, Cristo es superior a los hijos de Leví, puesto que Melquisedec bendijo a los hijos de Leví y recibió de ellos los diezmos, en Abraham (vers. 1, 7, 9 y 10). (3) Cristo es Rey y Sacerdote. Es Rey por nacimiento, puesto que es de la tribu de Judá, y Sacerdote por el juramento de su Padre (vers. 14, 21). (4) Siendo él mismo perfecto, y su sacerdocio eterno, es capaz de “salvar eternamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos” (vers. 25). No fue llamado según el orden de Aarón; esto es, no según la sucesión propia de éste; pero eso de ningún modo niega que el sacerdocio de Aarón fuese un tipo [figura, ilustración] del sacerdocio de Cristo. Pablo demuestra por encima de toda duda que lo es.

(1) Tras habernos exhortado a considerar “al Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe (o religión) que profesamos, a Jesús”, fundamenta la investigación evocando la analogía de Moisés sobre su casa (olkos, gente) y Cristo sobre la suya (Heb. 3:1-6) y declara: “A la verdad, Moisés fue fiel sobre toda la casa de Dios, en calidad de servidor, para testificar de lo que se había de anunciar en el futuro”. Eso muestra claramente que la economía mosaica era un tipo [símbolo] de la divina. (2) Demuestra que fue llamado por Dios para ser sacerdote “como Aarón” (Heb. 5:1-5). (3) De igual manera en que Aarón y sus hijos, tomó sobre sí la carne y la sangre, la simiente de Abraham, “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, fue perfeccionado “mediante aflicciones”, y hecho “en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser compasivo y fiel Sumo Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo” (Heb. 2 y 4). (4) Ambos fueron elegidos entre los hombres, a fin de que pudiesen presentar ante Dios ofrendas y sacrificios por los pecados” (Heb. 5:1; 8:3). (5) Sin duda Pablo consideró el sacerdocio levítico como un tipo del de Cristo, como denota el esfuerzo que dedica a explicar las analogías y contrastes entre uno y otro. (6) “Los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, porque la muerte les impedía continuar. Pero como Jesús permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” (Heb. 7:23 y 24). (7) “Que no tiene necesidad cada día, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo. Esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo” (vers. 27). (8) “Porque la Ley constituye sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento posterior a la Ley, constituyó al Hijo, hecho perfecto para siempre” (vers. 28). (9) “Pero ahora tanto mejor ministerio es el de Jesús”, que el de ellos, (10) “por cuanto es mediador de un mejor pacto, basado sobre mejores promesas” (Heb. 8:6). (11) “Pero Cristo ya vino, y ahora es el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. El santuario donde él ministra es más grande y más perfecto” que el de ellos (Heb. 9:11). (12) “Cristo entró en ese santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de becerros, sino con su propia sangre” (vers. 12). (13) “Porque si la sangre de los toros, los machos cabríos y la ceniza de la becerra rociada a los impuros, santifican para purificar la carne, ¡mucho más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestras conciencias” (vers. 13 y 14). (14) “Porque Cristo no entró en el santuario hecho por mano de hombre, que era sólo copia del santuario verdadero, sino que entró en el mismo cielo” (vers. 24). (15) “Tampoco entró para ofrecerse muchas veces a sí mismo, como entra el sumo sacerdote en el santuario [ta hagia] cada año con sangre ajena”, “pero ahora, al final de los siglos, se presentó una sola vez para siempre, para quitar el pecado, por medio del sacrificio de sí mismo” (vers. 25 y 26). (16) “Así como está ordenado que los hombres mueran una vez, y después enfrenten el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez, para quitar los pecados de muchos. Y la segunda vez, sin relación con el pecado, aparecerá para salvar a los que lo esperan” (vers. 27 y 28). (17) “La Ley es sólo una sombra de los bienes venideros, no las realidades mismas. Por eso, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen de continuo cada año, dar la perfección a los que se allegan” (Heb. 10:1), pero “con una sola ofrenda, Cristo llevó a la perfección para siempre a los santificados” (vers. 14). (18) “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”, “pero me preparaste un cuerpo” (vers. 4 y 5). Esta es una parte de los contrastes o comparaciones señaladas por el Apóstol, entre el sacerdocio levítico y el de Cristo; y hay una semejanza a todo respecto, pero el de Cristo siempre es superior al de Leví. Añadiré uno más: Hebreos 8:4 y 5: “Si estuviera sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que ofrecen los presentes según la Ley. Estos sacerdotes sirven en un santuario que es copia y sombra de lo que hay en el cielo”.

Los rasgos de la sustancia guardan una semejanza con su sombra, de ahí que “lo que hay en el cielo” del texto analizado, ha de ser sacerdocio “en el cielo” (vers. 1 y 2) llevado a cabo por nuestro Sumo Sacerdote en su santuario. Si en la sombra se trataba de ministerio, en la sustancia ha de tratarse también de ministerio.

Dado que los sacerdotes según la ley servían de ejemplo y sombra del ministerio celestial, a partir de su ministerio podemos aprender algo sobre la naturaleza del ministerio celestial. “Dios dijo a Moisés cuando iba a levantar el santuario: ‘Haz todas las cosas conforme al modelo que te fue mostrado en el monte'” (Heb. 8:5).

Nadie puede negar que, en obediencia a esa orden, Moisés instituyó el sacerdocio levítico; lo instituyó “conforme al modelo” que el Señor le había mostrado, y era “copia de las realidades celestiales” (Heb. 8:5; 9:23). Si no existiera ningún otro texto demostrativo de que el sacerdocio levítico era un tipo del divino, con ese habría suficiente. Sin embargo, algunos niegan esa implicación tan obvia a propósito del sacerdocio. Pero si no consiste en eso, no veo en qué otra cosa podría consistir. En sí mismo no era más que un cúmulo de vanas ceremonias sin sentido ni utilidad, puesto que no podía perfeccionar a aquellos en cuyo beneficio se efectuaban. Pero al considerarlo como un tipo de las realidades celestiales, resulta cargado de la más importante instrucción. Puesto que esa es la aplicación que hace el Nuevo Testamento, así debemos contemplarla, mientras examinamos la expiación efectuada bajo el sacerdocio levítico.

“Estas cosas eran ordenadas así: En la primera parte entraban siempre los sacerdotes a cumplir los oficios del culto” diariamente (7:27 y 10:11).

“Pero en la segunda entraba sólo el sumo sacerdote, una vez en el año, no sin llevar sangre, que ofrecía por sí mismo, y por los pecados de ignorancia del pueblo” (Heb. 9:6 y 7).

Aquí Pablo divide los servicios del sacerdocio levítico en dos clases: una diaria, en el lugar Santo, y la otra anual, en el Santísimo. Establecieron servicios diarios, llevados a cabo en el lugar Santo y en el altar de bronce que estaba situado en el atrio, frente al Tabernáculo, consistiendo en la ofrenda ardiente (holocausto continuo) de dos corderos, uno por la mañana y otro por la tarde, junto al presente constituido por la décima parte de un efa de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite de olivas machacadas, y una libación consistente en la cuarta parte de un hin de vino. El presente se ofrecía junto al cordero, y la libación se derramaba en el santuario (Éx. 29:38-42; Núm. 28:3-8). En relación con eso, quemaban incienso en el altar de oro del lugar santo en suave olor, cuando aderezaban las lámparas por la tarde y por la mañana (Éx. 30:34-38; 31:11; 30:7-9). Lo mismo se efectuó posteriormente en el templo (1 Crón. 16:37-40; 2 Crón. 2:4; 13:4-12; 31:3, Esdras 3:3).

Eso no expiaba los pecados, ni de forma individual ni colectivamente. El servicio diario descrito era algo así como una intercesión continua; pero la expiación era una obra especial para la que se proporcionaron directivas específicas. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se emplean muchos y diferentes nombres para expresar la misma idea de expiación: de una sola mente [reconciliación].

Estos son algunos ejemplos (las palabras en cursiva son sinónimos de expiar o expiación): Éx. 29:36: “Purificarás el altar mediante la expiación”. Lev. 12:8: “El sacerdote hará expiación por ella, y quedará limpia“. Lev. 14:2: “Esta será la ley para la purificación del leproso”. Lev. 14:20: “El sacerdote hará expiación por él, y quedará limpio“. La expiación no sería para él posible, sino hasta después de haber sido sanado de la lepra (Lev. 13:45 y 46). Hasta que fuese sanado, tenía que habitar solo, fuera del campamento. Lev. 14:3 y 4: “[el sacerdote] saldrá fuera del campamento y lo examinará. Si ve que el leproso está sano, mandará traer para el que se purifica dos avecillas vivas y limpias…” La ley era similar para la purificación de la lepra que afectaba a una casa (vers. 33-57). Las piedras afectadas por la plaga se arrancaban y se echaban fuera de la ciudad, debiendo sustituirlas por otras nuevas.

Habiendo quitado la impureza física, cabría esperar que el objeto quedara limpio, pero no era así. De acuerdo con la ley, no había hecho más que ponerse en la condición idónea para ser purificado. Vers. 49: “Entonces, para limpiar la casa, tomará dos avecillas…” Vers. 52 y 53: “Y purificará la casa con la sangre de la avecilla… Así expiará la casa, y quedará limpia”. Levítico 16:18 y 19:

“Entonces Aarón saldrá hacia el altar que está ante el Eterno, y lo expiará”, “Y con su dedo esparcirá de la sangre siete veces sobre él. Así lo purificará y lo santificará de las impurezas de los israelitas”. Lev. 8:15, “Y Moisés lo degolló. Tomó la sangre y puso con su dedo sobre los cuernos del altar; y echó el resto de la sangre al pie del altar. Así lo consagró para ofrecer sobre él el sacrificio expiatorio”. 2 Crón. 29:24, “Entonces los sacerdotes… esparcieron la sangre sobre el altar por ofrenda por el pecado, para reconciliar a todo Israel”. Jer. 33:8, “Los limpiaré de toda la maldad” y “perdonaré todos los pecados que cometieron”. Rom. 5:9-11, “Hemos sido justificados por su sangre”, “hemos recibido ahora la reconciliación“. 2 Cor. 5:17-19, “Nos reconcilió consigo por medio de Cristo”. Efe. 2:16, “Reconciliar con Dios a ambos”. Heb. 9:13 y 14, “Si la sangre de los toros, los machos cabríos… santifican para purificar la sangre, mucho más la sangre de Cristo… purificará vuestra conciencia”. Cristo es el Mediador, para “perdonar los pecados” (Heb. 9:15) y para llevar “a la perfección para siempre a los santificados” (Heb. 10:14). Efe. 1:7, “En él tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados”. Hech. 3:19, “Convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

Esos textos nos muestran que los términos expiar, limpiar, purificar, perdonar, santificar, justificar, redimir, borrar y algunos otros, son empleados para significar lo mismo: llevar a una situación de favor para con Dios. Y en todos los casos la sangre es el medio; en algunas ocasiones la sangre y el agua. La gran idea de la ley es la expiación, tanto como lo es del evangelio; y dado que el objeto de la ley era enseñarnos el evangelio, es muy importante su comprensión. La expiación que el sacerdote efectuaba en favor del pueblo en su ministerio diario, era diferente de la que llevaba a cabo el décimo día del mes séptimo. En la primera no iba más allá del lugar Santo; pero para efectuar la segunda llegaba hasta el lugar Santísimo –la primera trataba de los casos individuales, mientras que la segunda trataba de forma colectiva a toda la nación de Israel–. La primera tenía por objeto el perdón de los pecados, la segunda el borramiento de los mismos –la primera podía efectuarse en cualquier momento, pero la segunda sólo en el décimo día del mes séptimo. Por lo tanto cabe referirse a la primera como a la expiación diaria, y a la segunda como a la anual. También se puede llamar a la primera la individual, y a la segunda la nacional.

La expiación individual para el perdón de los pecados era efectuada en favor de una sola persona, o bien de toda la congregación, en caso de ser esta culpable de algún pecado, de forma colectiva. El primer capítulo de Levítico da instrucción sobre la ofrenda encendida u holocausto, el segundo sobre los presentes, el tercero sobre los sacrificios de paz, el cuarto sobre los sacrificios por el pecado que, como su nombre indica, permitían obtener perdón por sus pecados a quien los ofrecía. La ofrenda por el pecado (Lev. 5; 6:1-7) era equivalente al sacrificio por el pecado, “cuando alguien peque por inadvertencia [ignorancia]” (Lev. 4:2), “si después llega a saberlo, queda culpable” (Lev. 5:3), “el que peque en alguna cosa de estas, confesará aquello en que pecó” (vers. 5).

 Según Números 5:6-8, en todos los casos se requiere la confesión y la restitución antes de que se pueda efectuar la expiación por el individuo. “El hombre o la mujer que cometa alguno de los pecados con que ofenden a otro y al Eterno, esa persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño. Añadirá la quinta parte sobre ellos, y lo dará a aquel contra quien pecó”.

Entonces, él (o los ancianos si se trataba de un pecado de la congregación), traía la víctima u ofrenda por el pecado a la puerta del Tabernáculo de reunión, a la parte norte del altar de los holocaustos que estaba situado en el atrio (Lev. 4:24; 1:11; 17:1-7) y entonces él o los ancianos ponían sus manos sobre la cabeza de la víctima y la degollaban (Lev. 4:2-4; 13-15; 22-24; 27-29). Tras haber sido presentada y degollada la víctima, el sacerdote ungido llevaba parte de la sangre al lugar santo, y con su dedo la asperjaba ante el velo del santuario, y parte de ella la llevaba a los cuernos del altar del incienso, derramando el resto de la sangre al pie del altar. Con ello había efectuado una expiación por el individuo, y su pecado era perdonado (Lev. 4:5-10, 16-20, 25, 26, 30-35). Los cadáveres de las ofrendas por el pecado eran llevados fuera del campamento y quemados en “un lugar limpio” (Lev. 4:11, 12, 21).

Es necesario prestar cuidadosa atención al hecho de que el sacerdote no iniciaba sus obligaciones sin haber recogido antes la sangre de la víctima, y de que todo ello se realizaba en el atrio (en el recinto del santuario), y que la expiación se efectuaba solamente para el perdón de los pecados. Se enseñan expresamente esos puntos en este capítulo y en el siguiente, relativos a los sacrificios por el pecado. Hay aquí una expiación, para la realización de la cual los sacerdotes entraban sólo hasta el lugar Santo, cosa que podían hacer “siempre”, “cada día”. “Pero en la segunda parte entraba sólo el sumo sacerdote, una vez en el año, no sin llevar sangre, que ofrecía por sí mismo, y por los pecados de ignorancia del pueblo” (Laos, nación). Eso caracteriza el servicio anual.

Así es la Expiación Nacional de la que el Señor habla “en particular” en Levítico 16: “El Señor dijo a Moisés: ‘Di a tu hermano Aarón, que no entre en todo tiempo en el santuario, detrás del velo ante el Propiciatorio que está sobre el Arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el Propiciatorio” (vers. 2). ¿Con qué propósito y cuándo podía entrar? Para hacer “la expiación por todos los pecados de los israelitas” (la nación entera), “el día diez del séptimo mes” (vers. 34, 29).

Se trataba del día más importante del año. Una vez que a la nación le habían sido perdonados previamente todos los pecados mediante la expiación efectuada en el lugar Santo, se reunía ahora en el santuario, donde entraba el sumo sacerdote ataviado con su santo vestido de gloria y primor (Éx. 28:4), con sus campanillas de oro en la orilla inferior, a fin de que se oyese su sonido cuando compareciese ante el Señor; con el pectoral del juicio, con los nombres de los hijos de Israel a fin de que llevase el juicio de los israelitas sobre su corazón. En él estaba también el Urim y el Tumim (luz y perfección), y la plancha de oro fino, la santa diadema (Lev. 8:9; Éx. 28:36) con la inscripción “Santidad a Jehová” grabada en ella, sujeta sobre el frente anterior de la mitra donde había de llevar el pecado de las cosas santas. Ataviado así, entraba en el lugar Santísimo a fin de hacer una expiación para purificarlos, a fin de que quedaran limpios de todos sus pecados ante el Señor (vers. 30). Las víctimas para la expiación de ese día eran, para el propio sacerdote, un becerro como sacrificio de su expiación, y para el pueblo, dos machos cabríos; uno como sacrificio expiatorio, y el otro como chivo expiatorio, además de un carnero para el holocausto (Lev. 16:3-8). Mataba o hacía matar al becerro ofrecido como sacrificio por sí mismo (vers. 11). “Después tomará el incensario y lo llenará de brasas tomadas del altar que está ante el Eterno. Tomará dos puñados de incienso aromático molido, y lo llevará al interior detrás del velo. Pondrá el incienso sobre el fuego, ante el Eterno, y la nube del incienso cubrirá el Propiciatorio que está sobre el Testimonio. Así no morirá. Luego tomará un poco de la sangre del becerro, y con su dedo rociará al lado oriental del Propiciatorio, y con su dedo esparcirá la sangre siete veces sobre el Propiciatorio” (vers. 12-14). Todo eso como preparación para expiar al pueblo, cosa que queda descrita como sigue:

“Después degollará para el sacrificio de la expiación, el macho cabrío por el pecado del pueblo. Llevará la sangre al interior, detrás del velo, y hará con la sangre como hizo con la sangre del becerro, la esparcirá sobre el Propiciatorio y delante de él. Así purificará el santuario de las impurezas de los israelitas, de sus rebeliones y de todos sus pecados. De la misma manera hará también con la Tienda de la Reunión que reside entre ellos, en medio de sus impurezas” (vers. 15 y 16). “Entonces Aarón saldrá (del lugar santísimo) hacia el altar que está ante el Eterno (en el lugar santo), y lo expiará. Tomará sangre del becerro (por sí mismo), sangre del macho cabrío (por el pueblo), y untará todos los cuernos del altar. Y con su dedo esparcirá de la sangre siete veces sobre él. Así lo purificará y lo santificará de las impurezas de los israelitas” (vers. 18 y 19). Se trataba del altar de oro del incienso en el lugar Santo, sobre el que era asperjada la sangre de las expiaciones individuales durante el ministerio diario. Recibía de ese modo las inmundicias de las que quedaría ahora purificado (Éx. 30:1-10). “Sobre los cuernos del altar Aarón hará la expiación una vez al año, con la sangre del sacrificio por el pecado, para expiación”. A partir del versículo 20 vemos que en este punto había “acabado de expiar el santuario, la Tienda de la Reunión y el altar”, el lugar Santísimo, el Santo, y el altar que había en este último.

Hemos visto ya que expiar, reconciliar, purificar, etc, significan lo mismo; por lo tanto podemos concluir que en ese punto el sacerdote había completado la purificación de esos lugares. Dado que la sangre de las expiaciones para el perdón de los pecados no era asperjada en el atrio, sino sólo en el Tabernáculo (o “Tienda de la Reunión”), la totalidad de la obra de purificar el santuario tenía lugar dentro del Tabernáculo. Se trataba de objetos santos, y aún así, se los purificaba cada año. El lugar santo [se refiere al lugar santísimo] que había más allá del velo contenía el Arca del pacto, cubierta por el Propiciatorio, a quien daban sombra los querubines, entre los cuales hacía morada el Señor, en aquella nube de gloria divina. ¿Quién osaría llamar impuro algo así? Pues bien, el Señor dispuso, ya desde antes de su construcción, que efectivamente fuese purificado cada año. Era mediante sangre, y no mediante fuego, como se purificaba ese santuario, que era un tipo [símbolo] del santuario del nuevo pacto.

El sumo sacerdote, en aquel día “llevará el pecado de las cosas santas, que los israelitas consagren en todas sus santas ofrendas” (Éx. 28:38). Esas cosas santas constituían el santuario. Núm. 18:1: “Jehová dijo a Aarón: ‘Tú, tus hijos y tu casa paterna cargaréis con el pecado del santuario'”. El “pecado del santuario” hemos visto que no era el suyo propio, sino el de los hijos de Israel, el del pueblo de Dios que él había recibido de ellos. Y esa transferencia de iniquidad desde el pueblo hasta el santuario no era una emergencia accidental o inesperada ante la rebelión e impiedad, derramamiento de sangre o idolatría en su seno, ni ante los eventuales estragos causados por un enemigo, sino que formaba parte del plan original que se había dispuesto como la operación regular propia de ese sistema típico [simbólico del verdadero]. Es necesario recordar aquí que todas las instrucciones les fueron dadas a Moisés y Aarón antes de la edificación del santuario. Se había hecho provisión para expiar los pecados cometidos en la ignorancia, pero no antes de que fuesen conocidos (Lev. 4:14, 5:3-6). Entonces, por supuesto, se convertían en pecados conocidos. En ese momento el individuo llevaba su iniquidad (Lev. 5:1-17; 7:1-8) hasta que presentaba su ofrenda al sacerdote y la mataba, el sacerdote hacía expiación con la sangre (Lev. 17:11) y era perdonado. Quedaba así libre de su iniquidad.

¿En qué momento dejaba de llevar la iniquidad? Evidentemente, cuando presentaba su víctima sacrificada; había hecho entonces su parte. ¿Por qué medio se transfería su iniquidad al santuario? Mediante su víctima, o mejor dicho, mediante la sangre de ella, cuando el sacerdote la tomaba y asperjaba ante el velo y sobre el altar. La iniquidad era así transferida al santuario. Lo primero que se hacía en favor del pueblo, en el día décimo del mes séptimo, era purificarlo por el mismo medio: la aplicación de la sangre. Una vez hecho eso el sumo sacerdote llevaba “la iniquidad de la congregación” “para hacer expiación por ellos” (Lev. 10:17, KJV). “Cuando haya acabado de expiar el santuario, la Tienda de la Reunión y el altar (cuando haya purificado el santuario), Aarón hará llegar el macho cabrío vivo. Aarón pondrá sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades, rebeliones y pecados de los israelitas, y los pondrá sobre la cabeza del macho cabrío. Y lo expulsará al desierto por medio de un hombre asignado para eso. Ese macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra deshabitada. Y el hombre soltará el macho cabrío por el desierto” (Lev. 16:2-22). Esta era la única función del chivo expiatorio, quien recibía finalmente y cargaba fuera de Israel todas las iniquidades a un desierto deshabitado para depositarlas allí, dejando a Israel en su santuario, y al sacerdote completando la expiación del día al quemar la grasa de los sacrificios por el pecado, y ofreciendo los dos carneros como ofrenda encendida, sobre el altar de bronce en el atrio (vers. 24 y 25). Clausuraba los servicios de ese importante día la quema, fuera del campamento, de los cadáveres de los sacrificios por el pecado (vers. 27).

El antitipo

Dado que ese sistema legal que hemos estado considerando no era más que la “sombra”, una “figura” o “modelo” que carecía en sí mismo de valor, y que tenía por fin enseñarnos la naturaleza de ese sistema perfecto de redención que es la sustancia, la realidad celestial misma que fue dispuesta en los concilios celestiales, y que es llevada a cabo por “el Unigénito del Padre”, aprendamos, guiados por el Espíritu de la verdad, las solemnes realidades allí representadas. Mediante esos modelos, finitos como somos, podemos, lo mismo que Pablo, extender nuestra investigación más allá de los límites de nuestra visión natural, hasta “las realidades celestiales mismas”. Encontramos aquí todo el ministerio de la ley cumplido en Cristo, quien fue ungido por el Espíritu Santo y entró por su propia sangre en el santuario, en el cielo mismo, cuando ascendió a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, como “ministro del santuario (hagion)” (Heb. 8:6, 2). Pablo, después de haberse referido al ministerio diario en el lugar Santo, y al anual en el Santísimo, afirma (Heb. 9:8): “Con esto el Espíritu Santo da a entender que mientras que la primera Tienda estaba en pie, el camino al santuario (hodon hagion) no estaba aún abierto. Esto es símbolo para el tiempo actual, según el cual se ofrecen presentes y sacrificios…” “hasta el tiempo de la renovación. Pero Cristo ya vino, y ahora es el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. El santuario donde él ministra es más grande y más perfecto; y no es hecho por mano de hombre, es decir, no es de este mundo. Y Cristo entró en ese santuario (eis hagia) una vez para siempre… con su propia sangre” (Heb. 9:8-12). La expresión eis hagia del versículo 12 es la misma que la del versículo 24 (santuario). En ambos versículos, hagia está en acusativo neutro plural, y gobernado por la preposición eis, que significa sobre, en o entre. Dado que hagia es un adjetivo neutro, se lo traduce correctamente como “cosas santas”, o santuario. Sin embargo, en el versículo 2, hagia está en nominativo femenino singular, por lo que debe traducirse como “lugar Santo” (o primer departamento del santuario). El artículo definido “los”, que precede a “bienes definitivos” en el versículo 11, como también en Hebreos 10:1, hace que la expresión signifique “cosas buenas en sí mismas, o buenas en abstracto”.

Eso subraya la perfecta armonía entre Heb. 9:11, 12, 23, 24 y Heb. 10:1. Los “bienes” que son buenos en sí mismos, santos, celestiales, son “el mismo cielo” en el que Cristo entró como Sumo Sacerdote para ministrar en nuestro favor en relación con el santuario “más grande y más perfecto”, “aquel verdadero santuario que el Señor levantó, y no el hombre”; lo mismo que las cosas sagradas del primer pacto estaban en relación con su santuario (Heb. 9:1-5), y que el conjunto de todas esas cosas santas constituía el santuario. El santuario, los lugares santos (los dos, vers. 8), el camino a los cuales no estaba aún descubierto hasta el tiempo de la renovación, cuando Cristo derramó su propia sangre, pertenece al “santuario… más grande y más perfecto” referido en el versículo 11. Traduzco literalmente los términos, ya que en nuestra versión común no están así traducidos. La Biblia de Douay los enumera tal como hacemos aquí. El término griego, en Hebreos 9:8 y 10:19, es hagion: “santuario” o lugares santos, y no “lugar Santísimo”. Eso muestra que la sangre de Cristo es el medio por el que él, nuestro Sumo Sacerdote, había de entrar en ambos departamentos del santuario celestial. Si sólo hubiera un lugar en el cielo, como muchos sostienen, ¿por qué había dos en la figura? Y ¿por qué, al aplicar la figura, Pablo habla de los dos? Quizá los que desprecian la ley y violan el pacto puedan explicar esto; de no ser así, les recomendamos permanecer en la exposición que hace Pablo sobre la materia.

Hay quien supone que Hebreos 6:19 y 20 prueba que Cristo entró en el lugar Santísimo en su ascensión, ya que Pablo afirma que penetró “más allá del velo”. Pero el velo que separa el lugar Santo del Santísimo es el “segundo velo” (Heb. 9:3), de lo que se deduce que hay dos velos. Dado que en Hebreos 6 se está refiriendo al primer departamento, ha de tratarse también del primer velo, que pendía ante el lugar Santo, y que Éxodo llama “cortina”. Al entrar más allá del velo, entró en su Tabernáculo, por supuesto al lugar Santo, ya que es el primer departamento, y nuestra esperanza, como segura y firme ancla de nuestra vida, entra más allá del velo, significando la expiación de ambos departamentos, que incluye tanto el perdón como el borramiento de los pecados.

Los que sostienen que Cristo entró en el lugar Santísimo, y ha estado ministrando allí desde su ascensión, creen también –y ciertamente no les queda otro remedio– que la expiación de la dispensación evangélica es el antitipo [realidad o sustancia] de la expiación realizada el día décimo del mes séptimo bajo la ley. Si eso es así, los eventos de ese décimo día preceptivo han tenido su antitipo [cumplimiento] en la dispensación evangélica. Lo primero que ocurría en el ministerio de la expiación era la purificación del santuario, tal como hemos visto en Levítico 16. Por lo tanto, según su teoría, el santuario del nuevo pacto fue purificado al principio de la dispensación evangélica.

No falta evidencia de que ni la tierra, ni Palestina, ni sus santuarios fueron entonces purificados. Les llamo expresamente sus santuarios, puesto que no son el santuario del Señor. Pero si el santuario del Señor del nuevo pacto fue purificado entonces, los 2300 días terminaron allí. Ahora bien, tratándose de años, como todos creemos, han de extenderse 1810 años después de las 70 semanas, y la última de esas semanas fue la primera del nuevo pacto o dispensación evangélica. El hecho de que esos días se extiendan 1810 años más allá de las 70 semanas, y de que el santuario no podía ser purificado sino hasta el final de ellos, demuestra que el antitipo del décimo día según la ley no es la dispensación evangélica. Además, si la expiación efectuada en ese día [décimo del mes séptimo] es un tipo de la expiación efectuada en la dispensación evangélica, entonces la expiación realizada en el lugar Santo (Heb. 9:6) previa a ese día, terminó antes de que comenzara la dispensación evangélica. Se ha dicho que esa expiación se hacía para el perdón de los pecados, pero yo no encuentro evidencia alguna de que una tal expiación se realizara en el día décimo del mes séptimo. La dispensación evangélica comenzó con la predicación de Cristo, y si es el antitipo del décimo día preceptivo [bajo la ley], tiene que ser cierta una de estas dos cosas: o bien el Salvador, más bien que cumplir, ha destruido la parte sustancial de la ley: el ministerio diario en el lugar santo que ocupaba todos los días del año con excepción del día décimo del mes séptimo; o bien cumplió toda la ley con la excepción de una trescientos sesentava parte de ella antes de la dispensación evangélica, y antes de ser ungido Mesías para cumplir la ley y los profetas. Es inevitable una de esas dos conclusiones, si se asume que la dispensación evangélica y la expiación en ella realizada constituyen el antitipo del día décimo ordenado por la ley, y de la expiación en él efectuada. ¿A cuál de esos dos cuernos se aferrarán los defensores de esa teoría? Si al primero, la declaración “No penséis que he venido para abolir la Ley o los profetas. No he venido a invalidar, sino a cumplir” los atraviesa; pero si se adhieren al segundo, tienen que demostrar que la ley, que era sombra y figura de los bienes definitivos, se cumplió en sí misma, que la sombra y la sustancia se dieron en el mismo tiempo y lugar. Tienen igualmente que demostrar que la totalidad de la expiación para el perdón de los pecados fue efectuada antes de que fuera sacrificado el Cordero con cuya sangre había de realizarse la expiación. Ha de quedar claro para todos que si el antitipo del servicio anual (Heb. 9:7) comenzó en la primera venida de Cristo, el antitipo del servicio diario (Heb. 9:6) tuvo que haber sido cumplido con anterioridad. Y puesto que la expiación para el perdón tenía lugar en ese servicio diario, no pueden escapar a la conclusión de que no ha habido perdón de los pecados bajo la dispensación evangélica. Una teoría tal está en abierta contradicción con el espíritu de la dispensación evangélica, y resulta refutada, no sólo por Moisés y por Pablo, sino por la enseñanza y obras de nuestro Salvador y su comisión a los apóstoles, así como por la enseñanza e historia subsecuentes de la iglesia cristiana. Además, sostienen que la expiación fue hecha y terminada en el Calvario, cuando expiró el Cordero de Dios. Así nos han enseñado los hombres, y así cree el mundo y la iglesia; pero eso no lo hace más cierto ni más sagrado, desprovisto como está del apoyo de la autoridad divina. Quizá pocos o ninguno de los que sostienen esa opinión hayan comprobado cuál es el fundamento sobre el que descansa.

  1. Si la expiación fue hecha en el Calvario, ¿por quién fue hecha? El hacer expiación es la obra de un sacerdote, pero ¿quién oficiaba en el Calvario? –soldados romanos y judíos impíos.
  2. Hacer expiación no consistía en el sacrificio de la víctima: el pecador mataba a la víctima (Lev. 4:1-4; 13-15, etc). Tras ello, el sacerdote tomaba la sangre y hacía la expiación (Lev. 4:5-12; 16-21).
  3. Cristo era el Sumo Sacerdote elegido para hacer expiación, y ciertamente no pudo actuar como tal sino hasta después de su resurrección, y no tenemos constancia de que hiciera algo sobre la tierra, tras su resurrección, que pueda llamarse expiación.
  4. La expiación se efectuaba en el santuario, pero el Calvario no es un lugar tal.
  5. Según Hebreos 8:4, Jesús no podía hacer expiación mientras estuviese sobre la tierra. “Si estuviera sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote”. El sacerdocio levítico era el terrenal; el divino, el celestial.
  6. Por lo tanto, no comenzó la obra de hacer expiación, consista ésta en lo que consista, hasta después de su ascensión, cuando por su propia sangre entró en su santuario celestial por nosotros.

Examinemos ahora unos pocos textos que parecen hablar de la expiación como de algo pasado. Rom. 5:11: “Hemos recibido ahora la reconciliación [expiación]”. Ese texto enseña claramente la posesión presente de la expiación en los días en los que escribió el apóstol, pero de ninguna forma demuestra que la totalidad de la expiación hubiese ocurrido ya en el pasado.

Estando el Salvador a punto de serles arrebatado a sus apóstoles, “les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre”. Ésta llegó en el día de Pentecostés, momento en el que serían “bautizados con el Espíritu Santo” (Hech. 1:4 y 5). Cristo había entrado en la casa de su Padre, el santuario, como Sumo Sacerdote, y comenzó su intercesión a favor de su pueblo rogando al Padre que les diera otro Consolador (Juan 14:15), y habiendo “recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo” (Hech. 2:33), lo derramó sobre sus expectantes apóstoles. Entonces Pedro, en armonía con la comisión evangélica, comenzó a predicar en la hora tercera del día: “Arrepentíos, y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón [remisión] de vuestros pecados”. El término perdón significa literalmente quitar los pecados.

Relacionemos ahora ese texto con otro tomado de su discurso en la hora novena de ese mismo día (Hech. 3:19): “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, y vengan los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor”. Aquí exhorta al arrepentimiento y la conversión (apartarse de los pecados); ¿con qué propósito? “para que sean borrados (futuro) vuestros pecados”. Salta a la vista que el borramiento de los pecados no tiene lugar en el arrepentimiento y la conversión, sino con posterioridad, y debe necesariamente ser precedido por ellos. El arrepentimiento, la conversión y el bautismo se habían convertido en deberes imperativos en el tiempo presente; y una vez que habían tenido lugar, sus protagonistas resultaban lavados de sus pecados (Hech. 22:16), es decir, les eran remitidos o quitados (Hech. 2:38). Por supuesto, habían sido perdonados y habían recibido la expiación (reconciliación), pero no de una forma plena en aquel tiempo, ya que sus pecados todavía no habían sido borrados.

¿Hasta dónde habían alcanzado en el proceso de la reconciliación? Precisamente hasta aquel punto en el que el individuo –bajo la ley– confesaba su pecado, traía su víctima a la puerta del Tabernáculo, colocaba su mano sobre ella y le daba muerte, y el sacerdote entraba con la sangre en el lugar santo y la asperjaba ante el velo y el altar, haciendo así expiación por él, quien resultaba perdonado. La diferencia es que este era el tipo, y aquellos la realidad [antitipo]. Eso preparaba para la purificación del gran Día de la Expiación, para el borramiento de los pecados, al venir “los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor”. Por lo tanto, Aquel “por medio de quien hemos recibido ahora la reconciliación [expiación]” (Rom. 5:11) es el mismo “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Efe. 1:7; Col. 1:14). En ese punto, los seres humanos son “liberados del pecado” (Rom. 6:18, 22). El Cordero en la cruz del Calvario es la víctima sacrificada por nosotros. “Jesús, el Mediador del nuevo pacto”, “en los cielos” es nuestro Sumo Sacerdote intercesor, que hace expiación con su propia sangre, por la cual y con la cual entró allí. La esencia del proceso es la misma que en la “sombra”: primero, convicción de pecado; segundo, arrepentimiento y confesión; tercero, presentación del sacrificio divino con derramamiento de sangre. Habiendo seguido ese proceso en fe y sinceridad, no podemos hacer más. Nada más se requiere de nosotros.

Así, en el santuario celestial, nuestro Sumo Sacerdote hace la expiación con su propia sangre y somos perdonados. 1 Ped. 2:24: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (ver también Mat. 8:17; Isa. 53:4-12). Su cuerpo es ese ” sacrificio” para los mortales arrepentidos, al que le son imputados los pecados de ellos, y mediante cuya sangre, en las manos de un Sacerdote oficiante son transferidos al santuario celestial.

Fue ofrecido “una vez por todas”, “en el madero”; y todos cuantos quieran apropiarse de sus méritos deben, por la fe, apropiarse personalmente de ese sacrificio sangrante en las manos de mortales como ellos mismos. Tras haber obtenido así la expiación por los pecados, “procuren ocuparse en buenas obras” (Tito 3:8), no “las obras de la ley”, sino “morir a los pecados y vivir a la justicia” (1 Ped. 2:24). Todos entendemos que esa obra es peculiar de la dispensación evangélica.

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Algunos suscitan aquí una objeción basada en una inferencia, que en muchas mentes contrarresta cualquier evidencia bíblica acerca de lo dicho. Es esta: ‘La Nueva Jerusalén no puede contaminarse, de forma que no necesita purificación, por lo tanto la Nueva Jerusalén no es el santuario’. Lo anterior es un proceso muy sumario de deducción por inferencia, especialmente para aquellos que tanto han dicho sobre la insuficiencia de un testimonio meramente basado en lo que se infiere. A quienes así razonan les recomendamos revisar el fundamento de su fe, y ver cuántos argumentos poseen y de cuánta solidez, para identificar el santuario con la tierra de Palestina, y cuántas objeciones para ubicar el santuario del nuevo pacto allí donde está su Sacerdote, que no sean meramente inferencias; y entonces, en lugar de sus inferencias les invitamos a aceptar y enseñar el claro testimonio de la Palabra. Pero ¿cómo se contaminaba el santuario?

El santuario del Antiguo Testamento, estando sobre la tierra, podía contaminarse y se contaminaba de varias maneras: Cuando una persona impura entraba en él: “Ninguna cosa santa tocará, ni vendrá al santuario, hasta que cumpla los días de su purificación” (Lev. 12:4). Podía ser profanado si el Sumo Sacerdote salía del santuario llevando sobre sí el aceite consagrado de la unción (Lev. 21:12). También quedaba contaminado por aquel que rehusaba purificarse (Núm. 19:20). Los príncipes de los sacerdotes y el pueblo lo contaminaban al proceder según las abominaciones de los paganos (2 Crón. 36:14). “Por haber profanado mi santuario con tus abominaciones (idolatría), yo te quebrantaré” (Eze. 5:11).

“Aún más hicieron, contaminaron mi santuario, y profanaron mis sábados. Pues, habiendo sacrificado sus hijos a sus ídolos, entraban en mi santuario el mismo día para contaminarlo” (Eze. 23:38 y 39). “Sus sacerdotes contaminaron el santuario, falsearon la Ley” (Sof. 3:4). Antíoco lo contaminó ofreciendo carne de cerdo en su altar, según cuenta 1 Macabeos 1:20-24, y 47. A partir de esos textos podemos ver claramente que a los ojos del Señor era la impureza moral, más bien que la física, lo que contaminaba el santuario. Es cierto que venían a ser físicamente impuros, pero esa impureza había de ser quitada antes de que pudiera efectuarse la expiación mediante la cual se obtenía la reconciliación o purificación (ver 2 Crón. 29). Y esa, hemos visto, era la ley de la purificación (Levítico, capítulos 14 y 15). El sujeto había de mostrarse limpio de forma visible, por así decirlo, a fin de que se lo pudiese considerar limpio, y estuviese así dispuesto para su purificación real por la sangre. Nadie supone que la Nueva Jerusalén sea impura, o que lo haya sido nunca, en el sentido en que lo fue el tipo [Jerusalén terrenal] cuando fue profanada por los soldados Asirios, Caldeos o Romanos, o cuando fue pisoteada por sacerdotes malvados. Si lo hubiera sido, el quitar una contaminación tal no constituiría la purificación que había de experimentar al final de los 2300 días. En cierto sentido el santuario estaba contaminado, de otro modo no habría necesitado purificación; y de alguna forma tiene que haber resultado contaminado a causa de los hombres. Apartado, tal como está el santuario celestial de entre los mortales, y siendo visitado únicamente por nuestro Precursor, Jesús, hecho Sumo Sacerdote, puede únicamente resultar contaminado por los mortales a través de Él, y ciertamente purificado en favor de ellos por Él mismo. Ya hemos examinado el proceso por el cual el santuario del tipo resultaba contaminado y purificado a través del sacerdote. Teniendo eso en nuestras mentes, vayamos al Nuevo Testamento. Pablo dice en Colosenses 1:19 y 20: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así lo que está en la tierra como lo que está en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”. Cuando se pone en contraste “lo que está en la tierra” con “lo que está en los cielos”, nadie puede entender que ambas cosas estén en el mismo lugar. Y “lo que está en los cielos” ha de ser reconciliado, tanto como “lo que está en la tierra”.

Si necesitaban reconciliación, es porque estaban irreconciliadas; por lo tanto, contaminadas en algún sentido a los ojos de Él. El medio es la sangre de Cristo; Cristo mismo. Él reconcilia con el Padre tanto las cosas del cielo como las de la tierra. En general se tiene la idea de que en el cielo a donde fue nuestro Salvador, todo es y fue siempre perfecto, sin posibilidad alguna de cambio o mejoramiento. Pero Cristo dijo: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si así no fuera, os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros”. Fue al cielo, y Pablo afirma que hay “un edificio celestial, una casa eterna, hecha no por manos humanas” (2 Cor. 5:1).

¿A qué fue a la casa de su Padre? “A preparar lugar para vosotros”. Por lo tanto, ese lugar no estaba antes preparado, y una vez que haya terminado su preparación, vendrá otra vez y nos tomará a sí mismo. Hebreos 9:23: “Fue, pues, necesario que la copia de las realidades celestiales fuese purificada con esos sacrificios. Pero las realidades celestiales mismas requieren mejores sacrificios que éstos”. ¿En qué consistía esa “copia”? En “el santuario y todos los objetos del culto” (vers. 21), o “santuario terrenal” (vers. 1). ¿En qué consisten las “realidades celestiales mismas”? En el santuario más grande y más perfecto donde Cristo ministra los bienes definitivos (vers. 11 y 12). Estos están en el cielo mismo. “Porque Cristo no entró en el santuario hecho por mano de hombre, que era sólo copia del santuario verdadero, sino que entró en el mismo cielo, donde ahora se presenta por nosotros ante Dios” (vers. 24). Pablo muestra aquí que era necesario purificar las cosas celestiales, tanto como lo era purificar la copia, las terrenales.

El chivo expiatorio

El evento siguiente en ese día, tras haber sido purificado el santuario, era poner todas las iniquidades y transgresiones de los hijos de Israel sobre la cabeza del chivo expiatorio y enviarlo a tierra deshabitada, que equivalía a separarlo. Muchos suponen que ese chivo expiatorio tipificaba a Cristo en alguna de sus funciones, y que el tipo halló su cumplimiento en la primera venida de Cristo. Pero esa opinión es inaceptable debido a lo siguiente: (1) Ese macho cabrío no era enviado sino hasta después que el Sumo Sacerdote hubiese terminado de purificar el santuario (Lev. 16:20 y 21); por lo tanto ese evento no pudo encontrar su antitipo [cumplimiento] sino hasta el final de los 2300 días. (2) Se lo enviaba fuera de Israel a la maleza, a una tierra desierta que lo recibía. Si nuestro bendito Salvador es su antitipo, ha de ser igualmente enviado afuera; no sólo su cuerpo, sino alma y cuerpo, ya que el macho cabrío era enviado vivo fuera del pueblo, no al pueblo ni con el pueblo. “Afuera” no puede ser el cielo, ya que éste ni es desértico, ni está deshabitado. (3) Recibía y retenía todas las iniquidades de Israel. En contraste, Cristo, vendrá “la segunda vez, sin relación con el pecado” (Heb. 9:28). (4) El macho cabrío recibía las iniquidades de manos del sacerdote, y éste lo enviaba afuera. Dado que Cristo es el Sacerdote, el macho cabrío ha de ser alguien distinto a Cristo, alguien a quien Cristo pueda enviar afuera. (5) Se trataba de uno de los dos machos de cabrío elegidos para ese día; uno era para el Señor y se lo ofrecía como ofrenda por el pecado, pero al otro no se lo llamaba “del Señor”, ni se lo ofrecía como sacrificio. Su función consistía sólo en recibir las iniquidades de manos del sacerdote una vez que este había purificado el santuario de ellas, llevándolas así a tierra despoblada, abandonando al santuario, al sacerdote y al pueblo, y dejándolos limpios de sus iniquidades (Lev. 16:7-10, 22). (6) El término hebreo para chivo expiatorio, tal como aparece en el versículo 8, es “Azazel”. Wm. Jenks, en su Comentario completo, dice a propósito de ese versículo: “(Chivo expiatorio): Ver Bochart para explicaciones alternativas. Spencer, siguiendo la más antigua opinión de hebreos y cristianos, piensa que Azazel es el nombre del diablo; así piensa también Rosenmire. El siríaco habla de Azazel, el ángel que se rebeló (Strongone)”. (7) Cuando Cristo venga, como enseña Apocalipsis 20, Satanás será encadenado y arrojado al abismo, circunstancia y lugar presentados en símbolos [en el servicio del santuario terrenal], cuando el sumo sacerdote enviaba al chivo expiatorio a un lugar apartado, deshabitado y desértico. (8) Así, disponemos de la Escritura, de la definición del nombre en dos lenguas antiguas que se hablaban contemporáneamente, y de la opinión histórica de los cristianos consistente en ver en el chivo expiatorio un tipo de Satanás. En la acepción común del término, lo solemos asociar siempre a algo ruin; llamamos chivos expiatorios a los más grandes villanos y huidos de la justicia. Sólo ignorando la ley y su significado, es posible suponer que el chivo expiatorio fuese un tipo de Cristo.

Debido a que Levítico 16:22 dice: “Ese macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra deshabitada” y Juan 1:29: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, algunos concluyen sin mayor reflexión que el primero era el tipo del segundo. Pero según lo establecido por la ley, los pecados eran traspasados del pueblo al sacerdote, y de éste al macho cabrío. Primeramente le eran impartidos a la víctima. En segundo lugar, el sacerdote los llevaba mediante la sangre de la víctima al santuario. En tercer lugar, después de haber purificado al pueblo de ellos en el día décimo del mes séptimo, los colocaba sobre el chivo expiatorio. Y por último, el chivo expiatorio los llevaba fuera del campamento de Israel, al desierto.

Ese era el proceso que la ley prescribía, y una vez realizado, el autor de los pecados los recibirá de nuevo sobre sí (mientras que los impíos llevarán sus propios pecados), y su cabeza habrá sido ciertamente herida por la simiente de la mujer; el hombre fuerte habrá resultado atado y vencido por otro más fuerte que él, y su casa (el sepulcro) despojada de sus bienes (los santos) (Mat. 12:29; Luc. 11:21 y 22; Lev. 16:21 y 22). Habrán comenzado mil años de prisión para Satanás, y los santos habrán entrado en el reino milenario con Cristo.

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El santuario ha de ser purificado antes que Cristo venga, ya que:

  1. Cristo “fue ofrecido una sola vez, para quitar [llevar] los pecados de muchos. Y la segunda vez, sin relación con el pecado, aparecerá para salvar a los que lo esperan” (Heb. 9:28). Dado que su última labor como portador de los pecados consiste en llevarlos fuera del santuario una vez que lo ha purificado, y puesto que no “aparecerá” sin haber quitado antes los pecados de muchos, y puesto que lo hará “sin relación con el pecado”, queda claro que el santuario ha de ser purificado antes de que él aparezca.
  2. El ejército sigue en su indignación [ultrajado], una vez que el santuario ha sido purificado (Daniel 8). Tanto el santuario como el ejército fueron pisoteados. “Hasta dos mil trescientos días de tarde y mañana. Entonces el santuario será purificado [justificado]”. Este es el primer punto en la explicación. Después de eso, Daniel aún “trataba de comprenderla” (Dan. 8:14 y 15) y Gabriel vino “y dijo: ‘Voy a explicarte lo que ha de venir al fin de la ira [indignación]'”. En la explicación que sigue, no dice nada sobre el santuario, puesto que eso ya había sido explicado por Aquel que revela los misterios. Se refiere ahora al ejército, sobre quien queda aún por venir “el fin de la ira [indignación]”, tras haber sido purificado el santuario.

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“El fin de la ira” se refiere sin duda a las fieras persecuciones, y a la severa y amarga prueba que aguarda al pueblo de Dios, tras haber sido purificado el santuario, y antes de que llegue el fin de la ira en la destrucción del “cuerno pequeño”, fruto y sucesor de Asiria (Dan. 8:25; Isa. 10:12). Es necesario que el santuario sea purificado antes de la resurrección, ya que el Señor da un mensaje de ánimo a su pueblo, asegurándole que ha sido consumado: “Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios–. Hablad al corazón de Jerusalén, decidle a voces que el tiempo de su milicia [o su tiempo señalado] ha terminado, que su pecado está perdonado, que ha recibido de la mano del Eterno el doble por todos sus pecados” (Isa. 40:1 y 2).

Se cita aquí a Jerusalén y al pueblo de Dios, de forma paralela a como se citan el santuario y el ejército en Daniel 8. Su pueblo, tras haberse cumplido el tiempo señalado para Jerusalén, está siendo atribulado, y necesita al consuelo de saber que su iniquidad le ha sido perdonada. Tiene que referirse a la Nueva Jerusalén, ya que jamás existió un tiempo señalado para perdonar la iniquidad de la antigua Jerusalén. Siendo así, la Nueva Jerusalén tiene que haber llevado iniquidad de una cierta clase y con un cierto origen, ya que en caso contrario no podría ser perdonada de ella. El hecho de que el Señor ha ordenado que se consuele a su pueblo asegurándole que la iniquidad de Jerusalén es perdonada, es prueba inequívoca de que tuvo iniquidad, y de que será quitada antes de que su pueblo sea liberado y entre en ella con cantos y gozo perdurable. El mensaje es similar al de Isaías 52:9. Después de haber proclamado las nuevas de paz y gozo, diciendo a Sión: “Tu Dios reina”, leemos la afirmación: “El Señor ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido” (vers. 8 y 10). Jerusalén había estado, pues, con anterioridad, en un estado del que necesitaba ser redimida, y eso antes de tener lugar la resurrección, ya que el versículo siguiente declara: “Todos los términos de la tierra verán la salvación de nuestro Dios”

¿Un número simbólico o literal?

literalosimbolicoVersículo de memoria

“Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel” Apocalipsis 7:4.

Un Número Bien Definido

1. ¿Qué importante hecho oyó y vio Juan en visión? Apocalipsis 7:4; 14:1. 

“Juan vio un Cordero sobre el monte de Sión, y con Él 144.000 que tenían el nombre de su Padre escrito en sus frentes” (Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 988).

“Y ese residuo no sólo es perdonado y aceptado, sino honrado. Una ‘mitra limpia’ es puesta sobre su cabeza. Han de ser reyes y sacerdotes para Dios. Mientras Satanás estaba insistiendo en sus acusaciones y tratando de destruir esta hueste, los ángeles santos, invisibles, iban de un lado a otro poniendo sobre ellos el sello del Dios viviente. Ellos han de estar sobre el monte de Sión con el Cordero, teniendo el nombre del Padre escrito en sus frentes” (Hijos e Hijas de Dios, pág. 371).

2. ¿Qué declaración en las Escrituras nos ayuda a entender que los 144.000 son un número literal? ¿Qué declaran los escritos inspirados en cuanto a los 144.000? Apocalipsis 14:3.

“En el mar de vidrio, los 144.000 formaban un cuadrado perfecto” (Primeros Escritos, pág. 16).

“Con el Cordero en el monte de Sión, ‘teniendo las arpas de Dios,’ están en pie los ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los hombres; se oye una voz, como el estruendo de muchas aguas y como el estruendo de un gran trueno, ‘una voz de tañedores de arpas que tañían con sus arpas.’ Cantan ‘un cántico nuevo’ delante del trono, un cántico que nadie podía aprender sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil. Es el cántico de Moisés y del Cordero, un canto de liberación. Ninguno sino los ciento cuarenta y cuatro mil pueden aprender aquel cántico, pues es el cántico de su experiencia -una experiencia que ninguna otra compañía ha conocido jamás” (El Conflicto de los Siglos, pág. 707).

Otra Evidencia Inspirada

3. ¿Qué labor de Jesús concluirá cuando se complete el número de los 144.000? Apocalipsis 22:11. 

“Vi ángeles que iban y venían de uno a otro lado del cielo. Un ángel con tintero de escribano en la cintura regresó de la tierra y comunicó a Jesús que había cumplido su encargo, quedando sellados y numerados los santos. Vi entonces que Jesús, quien había estado oficiando ante el arca de los Diez Mandamientos, dejó caer el incensario, y alzando las manos exclamó en alta voz: ‘Consumado es’…

“En aquel terrible momento, después de cesar la mediación de Jesús, a los santos les toca vivir sin intercesor en presencia del Dios santo” (Primeros Escritos, págs. 279, 280).

“Cada caso ha sido fallado para vida o para muerte. Cristo ha hecho propiciación por su pueblo y borrado sus pecados. El número de sus súbditos está completo” (El Conflicto de los Siglos, pág. 671).

4. Si únicamente 144.000 personas son selladas bajo el tercer mensaje angélico, ¿no es un número muy limitado? ¿Qué declaran los Testimonios al respecto? Mateo 24:37; 1 Pedro 3:20. 

“El pueblo de Dios, simbolizado por una mujer pura y sus hijos, fueron presentados como una ínfima minoría. En los últimos días sólo existirá un remanente. De los que lo forman Juan habla como de aquellos que ‘guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo’” (Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 983).

“Todo el cielo se había unido a Jesús al oír las terribles palabras: ‘Hecho está. Con­sumado es.’ El plan de salvación estaba cumplido, pero pocos habían querido aceptarlo. Y al callar la dulce voz de la misericordia, el miedo y el horror invadieron a los malvados. Con terrible claridad oyeron estas palabras: ‘¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!’” (Primeros Escritos, pág. 281).

Esfuérzate por Entrar

5. ¿Por qué muchos observadores del sábado que conocieron el triple mensaje angélico no reciben el sello de Dios? Efesios 2:5, 8; Romanos 3:24; Apocalipsis 3:15, 16.

“La gran masa de llamados cristianos sufrirán un amargo desengaño en el día de Dios. No tienen sobre sus frentes el sello del Dios viviente. Tibios e irresolutos, deshonran a Dios mucho más que los incrédulos declarados. Van a tientas en las tinieblas, cuando podrían estar caminando en la luz meridiana de la Palabra bajo la conducción de Aquel que nunca yerra” (Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 981).

“O juntamos por Cristo, o dispersamos contra Él. Somos cristianos decididos y de todo corazón, o no lo somos en absoluto. Dice Cristo: ‘¡Ojalá fueses frío, o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’” (Testimonios Selectos, tomo 3, pág. 21).

6. ¿Cuál sería nuestra actitud si estuviéramos numerados con los 144.000? Lucas 13:24; Mateo 11:12; Salmo 119:58; Jeremías 29:13.

“‘El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan’. Esa violencia implica todo el corazón. Ser indeciso es ser inestable. Se requieren resolución, abnegación y esfuerzo consagrado para efectuar la obra de preparación. Pueden unirse la comprensión y la conciencia; pero fracasaremos si la voluntad no se pone en acción. Cada facultad y cada sentimiento deben emplearse. El ardor y la oración ferviente deben ocupar el lugar del descuido y de la indiferencia. Tan sólo mediante fervientes y determinados esfuerzos y fe en los méritos de Cristo podemos vencer y ganar el reino del cielo. Nuestro tiempo para trabajar es corto. Pronto Cristo vendrá por segunda vez” (Comentario Bíblico Adventista, tomo 1, pág. 1110).

Privilegios
7. ¿Cuán profundamente serán probados y purificados los 144.000? ¿Qué privilegios serán suyos en la nueva Jerusalén? Malaquías 3:1, 2; Apocalipsis 7:15. 

“Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal. Mientras se prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras que los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del santuario, debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra” (El Conflicto de los Siglos, pág. 478).

8. ¿Qué preparación es necesaria para poder estar en el Monte de Sión con el Cordero y entonar el nuevo himno? Apocalipsis 14:3-5.

“Aquellos a quienes el Cordero guiará a las fuentes de aguas vivas y de cuyos ojos borre toda lágrima, serán los que ahora reciban el conocimiento y la comprensión que se revelan en la Biblia, la Palabra de Dios… No debemos imitar a ningún ser humano. No hay ningún ser humano suficientemente sabio para ser nuestro modelo. Debemos contemplar al Hombre Cristo Jesús, que es completo en la perfección de justicia y santidad. Él es el Autor y Consumador de nuestra fe. Es el Hombre modelo. Su vida es la medida de la vida que debemos alcanzar. Su carácter es nuestro modelo, por lo tanto, despejemos nuestra mente de perplejidades y de las dificultades de esta vida y fijémosla en Él, para que con­templándolo podamos ser cambiados a su semejanza. Podemos contemplar a Cristo con un buen propósito. Podemos estar seguros mirándolo porque es omnisapiente. Al contem­plarlo y al pensar en Él, Él se formará en nuestro interior, la esperanza de gloria.

“Esforcémonos con todo el poder que Dios nos ha dado para estar entre los ciento cuarenta y cuatro mil” (Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 981).

Repaso y Meditación

  • ¿Qué evidencia inspirada revela que los 144,000 son un número literal?
  • ¿Qué sucederá cuando se complete el número de aquellos que están sellados?
  • ¿Cuál será la actitud de aquellos que reciben el sello celestial?

Preguntas Sobre el Mensaje del Sellamiento

I ¿Cuándo obtuvieron los adventistas la luz sobre el mensaje del sellamiento?
II ¿Cuándo comenzó la obra del sellamiento?
III Cualquiera que haya muerto en la fe desde 1848,
Cuando el mensaje fue recibido, ¿será contado con
los 144.000?
_________

También
Un Sueño Impresionante y una Descripción de un Tribulum con explicaciones, etc.
1916
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J. N. L O U G H B O R O U G H
Impreso en los E.E.U.U.

Dedicación 

John_Norton_LoughboroughA aquellos que, creyendo sólo en la ayuda divina, están procurando obtener la condición descrita en Apoc.14:5, “En sus bocas no fue hallada mentira, pues son sin mancha delante del trono de Dios”, se dedican las siguientes páginas.

Como fue reimpreso por LEAVES-OF-AUTUMN BOOKS Payson, Arizona Diciembre de 1988.

PREFACIO

La presentación de las páginas siguientes a nuestro pueblo, juzgo que están en armonía con lo que está declarado en los Testimonies for the Church volumen 7, página 288: “Como aquellos que han gastado sus vidas en el servicio de Dios al acercarse al fin de su historia terrenal, serán impresionados por el Espíritu Santo para relatar la experiencia que ellos han tenido en relación con su obra. El registro de sus maravillosos cuidados para con su pueblo”, etc.

Del beneficio que se deriva de traer tales cosas a la atención de nuestro pueblo, leemos de la pluma de la hermana E. G. White, en el South African Missionary de 20 de febrero de 1911, “No tenemos nada que temer del futuro, excepto que olvidemos la manera como el Señor nos ha conducido, y sus enseñanzas en nuestra historia pasada”.

En referencia al tema tratado en este libro — Los 144.000 sellados — He sido movido grandemente por el Espíritu de Dios a escribir y publicar los hechos de como el mensaje del sellamiento fue obtenido — no sólo de la Biblia, sino por instrucción directa en las visiones de E. G. de White; así también cómo el mensaje fue recibido y enseñado por nuestros ministros y pueblo antes del año 1894, cuando la teoría de “la nueva luz” halló su defensor en uno que después de todo apostató de la fe, y murió sin ver el cumplimiento de su expectación, de que él viviría hasta el fin del tiempo, y de esta manera sería uno de los 144.000. Su pretensión era que testimonios posteriores de la hermana White, enseñaron que todos los 144.000 estarían compuestos de aquellos que nunca murieron.

Cuando encontré que algunos estuvieron enseñando que “todos los 144.000, que serán sellados están viviendo ahora”, pensé que es el momento de que alguien deba hablar, y mostrar que ésta no es la manera de los profetas de Dios, de hacer declaraciones positivas en un tiempo, y después enseñar lo completamente contrario a ello. Este no fue seguramente el curso de los profetas bíblicos. El conjunto de esta “nueva luz” se produce por tomar palabras fuera de sus contextos, y lejos de las cosas de las cuales ellas están hablando, y dándole una aplicación general, como ustedes verán cuando empecemos el análisis del asunto.

Yo presenté la esencia de este tratado en dos discursos en el campamento de Stockton. Aquellos que escucharon los discursos solicitaron que debían ser publicados, de modo que ellos pudiesen tener las disertaciones de ellos. Como el tema es uno de los cuales hay alguna controversia, pensé que nuestros publicadores no desearían imprimir el tema en sus periódicos, o llevar la responsabilidad de publicarlos de cualquier forma. Así he decidido presentarlos como un libreto que se pueda obtener del autor, por correo.

Primero pensé, podría hacerlo en un folleto de cinco centavos; pero desde su revisión para ser impreso, y ampliado, encontré que cinco centavos no pagarían los gastos de impresión y correo. Así he establecido el precio de diez centavos, con la promesa al Señor de que todo lo que pueda recaudar de las ventas, después de diezmadas, sería dividido entre la obra en las ciudades del Este y las misiones extranjeras. Quiera el Señor hacer de la lectura de este libro una bendición, así como la pesquisa de la copia del mismo, como ha sido para el autor, en los meses pasados.

J. N. Loughborough
Lodi, California, Julio 1, 1916.

“No está lejano el tiempo cuando la prueba vendrá a toda alma. La marca de la bestia será
impuesta sobre nosotros… Muchas estrellas que hemos admirado por su brillo, entonces
se sumergirán en las tinieblas. El tamo será aventado por el viento, aún de los lugares
donde sólo vemos suelo de ricos trigales”. Testimonies for the Church, vol. 5, p. 81.

El Mensaje del Sellamiento

Delante de mí están las tres preguntas a las cuales se me ha solicitado que responda: Primera: ¿Cuándo obtuvieron los adventistas la luz sobre el mensaje del sellamiento? Segunda: ¿Cuándo comenzó la obra del sellamiento? Tercera: Cualquiera, del pueblo de Dios, que ha muerto desde 1848 en el mensaje, ¿será contado con los 144.000?

De la primera pregunta, notamos que en 1845, algunos de los adventistas empezaron el estudio del mensaje del tercer ángel de Apoc. 14:9-12. Ellos vieron claramente que la observancia del séptimo día de sábado estaba incluida en la observancia de todos los mandamientos, como se expone en ese mensaje. Del estudio del mensaje, leemos en una declaración de la hermana E. G. de White, en Testimonies for the Church, vol. 1, páginas 78, 79. La declaración que relata la situación en 1846, y en adelante, y leemos:

“Cuando empezamos a presentar la luz de la cuestión del sábado, no teníamos una idea clara y definida del mensaje del tercer ángel de Apoc. 14:9-12. La carga de nuestro testimonio cuando íbamos delante del pueblo era, que el gran movimiento adventista era de Dios, que los mensajes primero y segundo se habían dado, y que el tercero debía ser proclamado. Vimos que el mensaje del tercer ángel finaliza con las palabras: ‘Aquí está la paciencia de los santos: aquí están los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús.’ Y tan claramente como vimos, vemos ahora (el ahora era en 1868, cuando el volumen 1 fue publicado por primera vez), que estas palabras proféticas sugirieron la reforma del sábado; pero lo que era la adoración de la bestia mencionada en el mensaje, o lo que era la imagen y la marca de la bestia, no teníamos una posición definida.

“Dios por su Espíritu Santo permitió que la luz brillase sobre sus siervos, y el tema fue abierto gradualmente a nuestras mentes. Requirió mucho estudio y ansioso cuidado escudriñarlo, línea tras línea. Con cuidado, ansiedad, e incesante labor la obra ha avanzado hasta las grandes verdades de nuestro mensaje, claro, relacionado, y un todo perfecto, ha sido dado al mundo”.

Aunque, antes del año 1848, nuestro pueblo tuvo luz clara sobre los diferentes aspectos del mensaje del tercer ángel, su atención no había sido especialmente llamada al mensaje del sellamiento. Ellos no creían que, de acuerdo a Apoc. 14:1-5, habrían 144.000 en pie, redimidos, sobre el Monte de Sión. Esta compañía fue también mencionada por la hermana White en su primera visión, página 15. Pero ellos no habían estudiado todavía la luz sobre el sellamiento de los 144.000.

Como veremos, fue la época del conflicto de las naciones de Europa, en los primeros meses de 1848, que la luz al respecto del mensaje del sellamiento vino a este pueblo. En una breve consideración de ese conflicto, su causa y desarrollo, veremos como la luz sobre el mensaje fue obtenida. En el Library of Universal Knowledge, página 536, leemos de ese conflicto en 1848: “La revolución fue provocada por el pueblo francés, demandando una forma de gobierno republicano bajo Luis Felipe I; y por un tiempo, hubo forma de gobierno republicana, la contagiosa revolución se esparció temporalmente sobre la mayor parte del continente europeo”.

Desde el tiempo del régimen del Terror en Francia, el deseo de las masas fue, asegurar para el pueblo un gran control del gobierno, y satisfacer las ansias del pueblo de una vida nacional — de hecho, tener un verdadero gobierno del pueblo, para el pueblo, y por el pueblo. A través de la obra del papado, un Borbón, Luis Felipe I, había sido puesto sobre el trono, y parecía ser una imposibilidad inducir al papa a someterse a cualquier gobierno sino aquel de sus propias ideas. Ver el Western Europe de Robinson.

La situación causó animosidad no sólo contra Luis Felipe I, sino también contra el papa, que era apoyado por las reglas del Borbón. Al fin, los sentimientos reprimidos estallaron en un conflicto, tan repentino en su desarrollo como el estallido de un volcán. De los hechos declarados en la prensa pública de la época, parecía que Luis no estaba enterado de la intensidad de los sentimientos en contra de su gobierno; pues el veintiuno de febrero de 1848, él dijo a su gabinete: “Yo nunca estuve más firmemente establecido en el imperio de Francia de lo que lo estoy esta noche”. Al día siguiente él pasó revista a sus soldados. Después de la parada militar, los soldados, con los fusiles amontonados, estaban descansando en el suelo, cuando un chico pequeño con una bandera tricolor en sus manos subió sobre un cañón. El ondeó la bandera en el aire, gritando: “¡Abajo el papa! ¡ABAJO EL PAPA!”. Probablemente esto fue lo que él escuchó, que fue hablado en su casa. Los soldados se contagiaron de lo mismo, lo cual, con vigor creciente, pasó arriba y abajo de la formación, y finalmente con la adición, “y abajo el rey”.

Concerniente el repentino estallido de esa rebelión, leemos en el Western Europe, de Robinson, capítulo cuarenta:

“El congregado descontento, y la demanda de una reforma, repentinamente mostró su plena fortaleza y extensión. Pareció, por un momento como si todo el oeste de Europa estaba cerca de sumergirse en una completa revolución como la que Francia experimentó en 1789. Con un acuerdo, y como obedeciendo a una señal previamente acordada, los partidos liberales en Francia, Italia, Alemania, y Austria, durante los primeros meses de 1848, destronaron u obtuvieron el control del gobierno, y procedieron a llevar adelante sus programas de reforma en la misma forma cabal en la cual la Asamblea Nacional en Francia hizo su obra en 1789. El movimiento general afectó casi a todos los estados centrales de Europa.

“El 24 de febrero de 1848, el populacho atacó la Tuileries. El rey abdicó en favor de su nieto. Pero fue muy tarde. La multitud invadió la asamblea, así como en el régimen del Terror, gritando: ‘¡Abajo los Borbones, viejos y jóvenes!, ¡viva la república!’ ”. De esta revolución en 1848, y su repentina comprobación, Horacio Greeley dijo, en el New York Tribune: “Fue una gran sorpresa para nosotros, los políticos, que esa gran confusión en Europa comenzara tan repentinamente; pero mayor sorpresa fue que se detuviera repentinamente”.

Yo tengo una copia de un testimonio dado a la hermana White en 1852, en el cual se hace referencia a la guerra de 1848. Este fue hallado entre los papeles del hermano Bates, después de su muerte. En el están estas palabras: “Que el deseo fue, destronar reyes; pero eso no podía ser, porque los reyes deben reinar hasta que Cristo comience su reino. Vi en Europa, justo como las cosas se movieron para ejecutar sus designios, habría una inactividad por una o dos veces. Así, el corazón de los impíos sería muy afectado. Pero la obra no estará concluida (sólo parecía), para la mente de sus reyes y legisladores que estuvieron intentando derrocarse uno al otro, y las mentes del pueblo obteniendo dominio. Vi todas las mentes buscando y espaciando sus pensamientos en la crisis inminente delante de ellos”.

Hubo una recesión después de la revolución de 1848. En la presente guerra, que comenzó en 1914, es manifiesto todavía en una mayor escala la determinación de derrocar reyes y gobernadores, y todavía con una mayor intensidad a la espera de la oportunidad, que en aquella revolución de 1848. El testimonio parece indicar una segunda recesión antes de que venga el conflicto final de las naciones. De aquel estallido en París, ya hemos leído que Luis Felipe y su familia entera huyeron de Francia. La furia de la turba fue tal que temieron por sus vidas, y realizó su fuga poniendo a su familia en un coche, mientras él mismo se disfrazó de cochero, y en las penumbras, pasó irreconocido a través de las puertas de París, de esta forma efectuaron su fuga a Inglaterra.

De un panfleto titulado The Seal of the Living God, publicado por el pastor José Bates, con fecha del 1o. de enero de 1849, obtenemos algunos hechos como ese de la revolución de 1848, y la recepción de aquella luz sobre el mensaje del sellamiento. En la página 45 leemos, “La prensa pública ha declarado que el veintidós de febrero pasado, Francia se desorganizó, depuso su rey, e incendió su trono, y él mismo y su familia huyó a Inglaterra en búsqueda de seguridad”. En la página 49, leemos de la furia de aquel conflicto. “Visto que tumultos y luchas han estado y están sucediendo entre los pueblos para derrocar a los potentados de Europa; nombrados: Prusia, Hanover, Sicilia, Nápoles, Venecia, Lombardía, Tuscany, Roma, etc. Ver el relato del Boston Times, del 28 de octubre de 1848, acerca de la fuga del emperador de Austria desde Viena, la capital de sus vastos dominios, y de la insurrección y el cerco de aquella ciudad por ocho días, desde el nueve de octubre; como ellos, en su obra de exterminio, cuando se tornaron victoriosos, destrozaron vías férreas, demolieron puentes, para detener además toda comunicación. Ver también el estado similar de cosas en Berlín, bajo el rey de Prusia”.

Esto nos proporciona alguna idea de la revuelta que estalló en el continente europeo el 22
de febrero de 1848. En el mes de marzo del mismo año, en Hydesville, Condado de Wayne, New York, los golpes de espíritus empezaron en la casa de las familias Fox y Fish, las cuales se habían mudado a Rochester, New York, para una investigación más pública. Por un tiempo, estos golpes fueron llamados “los golpes de Rochester”. Los adventistas del primer día entonces dijeron, con gran celo: “Este conflicto en Europa culminará en la batalla de Armagedón, y el Señor está cerca en venir. Estos golpes de los espíritus son los espíritus de demonios, que van a reunir a las naciones para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso”. Así como nuestro pueblo tuvo la luz del mensaje del tercer ángel y el Sábado, y estuvieron seguros de que esta verdad debía ser proclamada al mundo, no podían aceptar la fe afirmada por los adventistas del primer día, de que el Señor estaba a punto de venir. Aquellas personas dirían a los guardadores del sábado: “Sería mejor que ustedes desistan de su mensaje del sábado. Están muy retrasados con él. Sígannos en advertir al mundo que se prepare para la venida inmediata de Cristo”.

Tal fue la situación en el verano de 1848. Esto guió a los adventistas de séptimo día al sincero estudio con oración en búsqueda de luz. El Señor dirigió sus mentes a la retención de los vientos (las guerras) y la obra del sellamiento, con una determinación de encontrar el significado de la situación. Ellos encontraron, en sus estudios de las Escrituras, que el sábado del séptimo día era la señal del Dios vivo, y el sello de su ley. Esta luz nuevamente recibida de la Palabra de Dios dio aún mayor fuerza al mensaje del sábado, y doblemente les aseguró que esto, como el mensaje del sellamiento, debía ser proclamado al mundo antes de la actual venida de Cristo [proclamada por los Adventistas del primer día].

En el libro del hermano Bates, él se refiere a una reunión celebrada en la casa del hermano Otis Nichols, en Dorchester, cerca de Boston, Massachusetts, el 18 de noviembre de 1848, y dice: “Un pequeño grupo de hermanos y hermanas estuvieron congregados en una reunión cerca de Boston, Massachusetts… Nosotros habíamos hecho la manera de publicar el mensaje el tema de oración en la conferencia de Topsham reunidos un poco antes, y la manera de publicar no aparecía clara, nosotros ahora resolvimos unánimemente, por lo tanto, referirle todo a Dios. Después de dedicar un tiempo a la oración en procura de luz e instrucción, Dios dio una visión a la hermana White”.

Entonces él dio las palabras que ella habló en la visión, las cuales él copió abajo lo que ella les habló. De esas palabras citamos lo siguiente: “Él (Dios) se agradó cuando su ley comenzó a levantarse en fortaleza. Esa verdad (la verdad del Sábado) se levanta, y está en aumento, más fuerte y más fuerte. ¡Es el sello! ¡Está viniendo! Se levanta, viniendo del nacimiento del sol, como el sol, primero frío, crece más cálido, y envía sus rayos. Cuando esa verdad se levantó, hubo una pequeña luz en ella; pero ha estado creciendo. ¡Oh, el poder de estos rayos!”

En seguida vinieron palabras que inutilizaron las afirmaciones de los adventistas del primer día de que “los ángeles no retenían más los vientos de la guerra y la lucha, sino los estaban dejando soplar”. Las palabras habladas en la visión fueron: “Los ángeles están reteniendo los vientos. Es Dios que retiene los poderes. Los ángeles no los han soltado, porque los santos no están todos sellados. El tiempo de angustia ha comenzado. Empezó. La razón por la cual los cuatro vientos no se han soltado, es porque los santos no están todos sellados. (La angustia) va en aumento más y más; nunca finalizará hasta que la tierra sea librada de los impíos. Porque, ellos (los vientos) están listos para soplar. Hay una cubierta puesta, porque los santos no están todos sellados. Sí, publica las cosas que has visto y escuchado, y la bendición de Dios les acompañará”.

Después de salir de esta visión, la hermana White dijo a su marido: “Jaime, tengo un mensaje para ti. Comienza a imprimir un pequeño periódico, pequeño al principio. Envíalo gratis. Los lectores te enviarán dinero para imprimirlo. Será un éxito desde el principio. Vi que este pequeño inicio, fue como rayos de luz que han rodeado claramente al mundo”.

En una visión dada a la hermana White en Rocky Hill, Connecticut, el 5 de Enero de 1859, ella tuvo otra visión de la obra del sellamiento. Esta visión, escrita por ella misma, está en Primeros Escritos, páginas 37, 38, y se lee lo siguiente: “Vi cuatro ángeles que habían de hacer una labor en la tierra y andaban en vías de realizarla. Jesús vestía ropas sacerdotales. Miró compasivamente al pueblo remanente, y alzando las manos exclamó con voz de profunda compasión: ‘¡Mi sangre, Padre, mi sangre, mi sangre, mi sangre!’; entonces vi que de Dios, sentado en el gran trono blanco, salía una luz en extremo refulgente que derramaba sus rayos en derredor de Jesús. Después vi un ángel comisionado por Jesús para ir rápidamente a los cuatro ángeles que tenían una determinada labor que cumplir en la tierra, y agitando de arriba abajo algo que llevaba en la mano, clamó en alta voz: ‘¡Retened! ¡Retened! ¡Retened! hasta que los siervos de Dios estén sellados en la frente’ ”.

La explicación dada a ella por su ángel asistente fue “que Dios era quien refrenaba las potestades y que encargaba a sus ángeles de todo lo relativo a la tierra; que los cuatro ángeles tenían poder de Dios para retener los cuatro vientos, y que estaban ya a punto de soltarlos, pero mientras aflojaban las manos y cuando los cuatro vientos iban a soplar, los misericordiosos ojos de Jesús vieron al pueblo remanente que todavía no estaban todos sellados, y alzando las manos hacia su Padre intercedió con él, recordándole que había derramado su sangre por ellos. En consecuencia se le mandó a otro ángel que fuera velozmente a decir a los cuatro que retuvieran los vientos hasta que los siervos de Dios fuesen sellados en la frente con el sello de Dios”.

Siendo fortificados así con la luz de las escrituras, y el testimonio del Espíritu de Dios, aquellos que tuvieron la luz del mensaje del tercer ángel fueron protegidos de estas afirmaciones de los adventistas del primer día, con su “mensaje del nuevo tiempo”, y fueron llenos de energía para continuar imprimiendo el mensaje del tercer ángel, estando seguros de que el Dios en quien ellos confiaban esclarecería el camino para esto, el último mensaje al mundo, para cumplir su propósito.

SEGUNDA PREGUNTA

¿CUANDO COMENZÓ LA OBRA DEL SELLAMIENTO?

Los testimonios ya citados acerca de la recepción del mensaje del sellamiento por los adventistas del séptimo día es también una buena prueba, al respecto del tiempo cuando el sellamiento comenzó. Los cuatro vientos de guerra estuvieron a punto de soplar cuando aquella conmoción entre las naciones de Europa estalló. Los cuatro ángeles tuvieron la comisión de retener esos vientos de guerra, para que la obra del sellamiento no fuera obstruida. “Una cubierta fue puesta”, de modo que el sellamiento pudiese avanzar.

Tomaremos nota de otros testimonios mostrando que la obra del sellamiento estaba ocurriendo en aquel tiempo. En Experiencias y visiones, “Primeros escritos”, edición antigua, página 43, hablando de qué estaba ocurriendo entonces, leemos: “En este tiempo de sellamiento Satanás está valiéndose de todo artificio para desviar de la verdad presente el pensamiento del pueblo de Dios y para hacerlo vacilar. Vi una cubierta que Dios extendía sobre su pueblo para protegerlo en tiempo de aflicción; y toda alma que se hubiese decidido por la verdad y fuese de corazón puro había de ser cobijada por la cubierta del Todopoderoso”.

Del mismo testimonio, en la página PE 44, leemos: “Vi que Satanás obraba así para enajenar, engañar y desviar a los hijos de Dios precisamente ahora en el tiempo del sellamiento… Satanás probaba cada una de sus artes para sujetarlos donde estaban hasta que hubiese pasado el sellamiento, hasta que la cubierta se hubiese corrido sobre el pueblo de Dios, y ellos hubiesen quedado sin refugio que los protegiera de la ira ardiente de Dios en las siete últimas plagas. Dios ha comenzado a correr esta cubierta sobre su pueblo, y será extendida sobre todos los que han de tener refugio en el día de la matanza”.

Citaré de un tratado publicado en 1852, una visión dada a la hermana White, en el hogar del hermano Harris, en Centerport, New York, el 24 de agosto de 1850: “Vi que Satanás obrará ahora con mayor poder que antes, porque él sabe que este tiempo es corto, y que el sellamiento pronto culminará. Y él obrará ahora con toda insinuación para conseguir que los santos desistan de su vigilancia, y hacerlos dudar, y dormir acerca de la verdad presente, de manera de evitar así, que ellos sean sellados con el sello del Dios vivo”. Leemos en Primeros escritos, Experiencias y visiones, página 49, edición antigua:

“El tiempo del sellamiento es muy corto, y pronto terminará. Ahora, mientras los cuatro ángeles están reteniendo los cuatro vientos, es el momento en que debemos asegurar nuestra vocación y elección”.

Fue por causa de estas claras declaraciones, que nuestros ministros y nuestro pueblo, antes de 1894, creyeron y enseñaron que la obra del sellamiento había comenzado desde 1848, y que los 144.000 estaban siendo sellados. No puedo ver como podríamos extraer cualquier otra idea, de los testimonios que hemos citado, sino que la obra del sellamiento ha empezado en 1848-1850.

TERCERA PREGUNTA

EL QUE HA MUERTO EN LA FE DESDE 1848, CUANDO ESE MENSAJE FUE RECIBIDO, ¿SERÁ CONTADO CON LOS 144.000?

Algunas personas, más especialmente desde 1894, han afirmado que ninguno será contado entre los 144.000, sino aquellos que vivieron hasta la segunda venida de Cristo; y que esto debe ser así, pues de acuerdo con Apoc. 14:3, 4, ellos son “redimidos de entre los hombres”, y “de la tierra”. De acuerdo con Daniel 12, hay una resurrección parcial en el “tiempo de angustia”, justo antes de la segunda venida de Cristo. Leemos: “En aquel tiempo se levantará Miguel… Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”.

Seguramente aquellos que se levantan para vida eterna estarán vivos y “entre los hombres”, cuando Cristo venga. Si en 1848—1850 personas estuvieron siendo selladas, esperaríamos naturalmente que ellos sean de aquellos levantados para vida eterna, y así estar con los 144.000. De esta resurrección leemos en Primeros escritos, Spiritual Gifts, edición antigua, página 285: “Pero había un claro de persistente esplendor de donde salía la voz de Dios como el sonido de muchas aguas estremeciendo los cielos y la tierra. Sobrevino un tremendo terremoto. Abriéronse los sepulcros y los que habían muerto teniendo fe en el mensaje del tercer ángel y guardando el sábado se levantaron, glorificados, de sus polvorientos lechos para escuchar el pacto de paz que Dios iba a hacer con quienes habían observado su ley”.

En Spiritual Gifts, páginas 145, 146, leemos: “Al declarar Dios el día y la hora de la venida de Jesús y conferir el sempiterno pacto a su pueblo, pronunciaba una frase y se detenía mientras las palabras de la frase retumbaban por toda la tierra. El Israel de Dios permanecía con la mirada fija en lo alto, escuchando las palabras según iban saliendo de
labios de Jehová y retumbaban por toda la tierra con el estruendo de horrísonos truenos. Era un espectáculo pavorosamente solemne. Al final de cada frase los santos exclamaban: ‘¡Gloria! ¡Aleluya!’ Estaban sus semblantes iluminados por la gloria de Dios, y refulgían como el rostro de Moisés al bajar del Sinaí. Los malvados no podían mirarlos porque los ofuscaba el resplandor. Y cuando Dios derramó la sempiterna bendición sobre quienes le habían honrado santificando el sábado, resonó un potente grito de victoria sobre la bestia y su imagen”.

De lo mismo leemos en Testimonies for the Church, volumen 1, página 59: “Pronto oímos la voz de Dios como el sonido de muchas aguas, dándonos el día y la hora de la venida de Jesús. Los santos vivos, en número de 144.000 (recuerde que los observadores del sábado resucitados, están entonces entre los santos vivos), conocieron y entendieron la voz, mientras que los impíos pensaron que era el sonido de truenos y terremoto. Cuando Dios pronunció el tiempo, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, y nuestros rostros comenzaron a iluminarse y a brillar con la gloria de Dios, como Moisés cuando descendió del Monte Sinaí.

“Los 144.000 estaban todos sellados y perfectamente unidos. En sus frentes estaban las palabras ‘Dios, Nueva Jerusalén’, y una estrella gloriosa conteniendo el nuevo nombre de Jesús. En nuestro feliz y santo estado, los impíos estaban enfurecidos, y se precipitarían violentamente a colocar las manos sobre nosotros para introducirnos en prisión, cuando extendimos hacia delante las manos en el nombre del Señor, y ellos cayeron desvalidos en la tierra”.

Si es afirmado que ninguno será numerado entre los 144.000 sino aquellos que viven hasta la segunda venida de Cristo, sin probar la muerte, ¿qué podemos decir acerca de aquellos observadores del sábado que en 1848 a 1850 estaban siendo sellados? Ahora no hay una media docena de aquellos, vivos, que estuvieron entonces guardando el sábado. Si entonces ellos fueron sellados, estarán entre aquellos que serán resucitados para vida eterna a la voz de Dios. Hay algunas cosas relacionadas con la hermana White que tienen una relación sobre la cuestión de los 144.000. Ella está en el descanso ahora.

Pero como informó en su primera visión, Experiences and Views, es un recuento de lo que ocurre en el reino: “El monte de Sión estaba delante de nosotros, y sobre el monte había un hermoso templo. Lo rodeaban otros siete montes donde crecían rosas y lirios.

Los pequeñuelos trepaban por los montes o, si lo preferían, usaban sus alitas para volar hasta la cumbre de ellos y recoger inmarcesibles flores. Toda clase de árboles hermoseaban los alrededores del templo: el boj, el pino, el abeto, el olivo, el mirto, el granado, y la higuera doblegada bajo el peso de sus higos maduros, todos embellecían aquel paraje. Cuando íbamos a entrar en el santo templo, Jesús alzó su melodiosa voz y dijo: ‘Únicamente los 144.000 entran en este lugar’. Y exclamamos: ‘¡Aleluya!’ ”. Parece, sin embargo, que en esta visión de las cosas que ocurren en la nueva tierra, ella entró en aquel templo; porque dijo: “Este templo estaba sostenido por siete columnas de oro transparente, con engastes de hermosísimas perlas. No me es posible describir las maravillas que vi… Vi tablas de piedra en que estaban esculpidos en letras de oro los nombres de los 144.000. Después de admirar la gloria del templo, salimos y Jesús nos dejó para ir a la ciudad”. De esto concluimos con seguridad que en la nueva tierra, la hermana White será una de los 144.000.*

En la página 33 de Experiencias y visiones, edición antigua, ella habla de lo que el ángel le dijo mientras estaba viendo Saturno: “Supliqué a mi ángel acompañante que me dejara permanecer allí. No podía sufrir el pensamiento de volver a este tenebroso mundo. El ángel me dijo entonces: ‘Debes volver, y si eres fiel, tendrás, con los 144.000, el privilegio de visitar todos los mundos y ver la obra de las manos de Dios’ ”. Seguramente parece que algunos de los 144.000 son de aquellos que han sido levantados de los muertos.

A pesar de estos hechos en los testimonios presentados, es instado todavía por algunos, que lo que se dice en El conflicto de los siglos, página 707, muestra que los 144.000 estarán compuestos completamente de aquellos que nunca han muerto. Vamos a ver lo que es dicho, y la condición bajo la cual la declaración mencionada ocurre. Aquí está: “Habiendo sido trasladados de la tierra, de entre los vivos, son contados por ‘primicias para Dios y para el Cordero’. (Los guardadores del sábado resucitados para vida eterna estarán seguramente entre los vivos en la segunda venida de Cristo.) ‘Estos son los que han venido de grande tribulación;’ han pasado por el tiempo de angustia cual nunca ha sido desde que ha habido nación”. Esa angustia de las naciones será bajo la sexta plaga; y es en ese tiempo, de acuerdo con Dan. 12:1, que la resurrección parcial ocurrirá, sacando de sus tumbas los observadores del sábado sellados.* Esto será cuando la séptima plaga está a punto de venir. De la situación de aquel tiempo, leemos en Expirience and Views, página 29: “Estas plagas enfurecieron a los malvados contra los justos, pues los primeros pensaron que habíamos atraído los juicios de Dios sobre ellos, y que si podían raernos de la tierra las plagas se detendrían. Se promulgó un decreto para matar a los santos, lo cual los hizo clamar día y noche por su libramiento. Este fue el tiempo de la angustia de Jacob. Entonces todos los santos clamaron en angustia de ánimo  y fueron libertados por la voz de Dios. Los 144.000 triunfaron. Sus rostros quedaron iluminados por la gloria de Dios”. Ya hemos visto que esta glorificación con los observadores del sábado resucitados, así como también con aquellos que no han muerto, será cuando Dios pronuncia el pacto sempiterno sobre aquellos que le han honrado guardando su santo sábado.

De esta escena leemos en Spiritual Gifts, página 143: “Vi un edicto del que se repartieron ejemplares por distintas partes de la tierra, el cual ordenaba que si dentro de determinado plazo no renunciaban los santos a su fe peculiar y prescindían del sábado para observar el primer día de la semana, quedaría la gente en libertad para matarlos… Satanás quería tener el privilegio de exterminar a los santos del Altísimo; pero Jesús ordenó a sus ángeles que velaran por ellos. Dios tendría a honra hacer un pacto con quienes habían guardado su ley a la vista de los paganos circundantes; y Jesús recibiría honra al trasladar sin que vieran la muerte a los fieles expectantes que durante tanto tiempo le habían aguardado”. Guardando la ley “a la vista de los paganos”, era a la vista de estos inquisidores que tenían el decreto de hacerlos morir, y no morir en un sentido ordinario, bajo calmadas condiciones.

Es de este testimonio, “sin que vieran la muerte”, que la exposición ha sido hecha de que ninguno estará entre los 144.000 sellados, sino aquellos que viven hasta la actual segunda venida de Cristo. Vemos que la muerte de la cual ellos son salvados es la muerte permitida por el “edicto del que se repartieron ejemplares”. Tened en mente que los observadores del sábado resucitados están incluidos entre los pactantes. Así ellos deben ser trasladados en la segunda venida de Cristo, sin sufrir la amenaza de muerte. Por este decreto, entran en “el tiempo de angustia de Jacob”. Su angustia fue la noticia de que Esaú venía con cuatrocientos hombres armados. A menos que el Señor le hubiera ayudado, pareció que perecería él y toda su familia.

Hay otro testimonio del Conflicto de los siglos, en la página 707, usado por aquellos que sostienen que ninguno que haya muerto en el mensaje estará entre los 144.000: “Ellos han permanecido…” Esto es lo que se dice de todos los 144.000, y en parte será verdadero de los guardadores del sábado resucitados; ellos enfrentan el tiempo de angustia de Jacob, son levantados bajo la sexta plaga,* y ven el derramamiento final de los juicios de Dios bajo la séptima plaga, y están entre aquellos librados de este decreto de muerte.

En Spiritual Gifts, páginas 146, 147, todavía leemos más de lo que ocurrirá con los observadores del sábado resucitados y con los guardadores del sábado que están vivos, después de que la voz de Dios declara el pacto sempiterno, cuando los malvados estaban enfurecidos contra ellos: “Pronto apareció la gran nube blanca sobre la que venía sentado el Hijo del hombre. Al vislumbrarse a la distancia, parecía muy pequeña. El ángel dijo que era la señal del Hijo del hombre. Cuando se acercó a la tierra, pudimos contemplar la excelsa gloria y majestad de Jesús al avanzar como vencedor… Su aspecto era tan brillante como el sol de mediodía, sus ojos como llama de fuego, y sus pies parecían de fino bronce. Resonaba su voz como un concierto armónico de instrumentos músicos. La tierra temblaba delante de él; los cielos se apartaron como arrollado pergamino; y las montañas e islas se descuajaron de su asiento… Los que poco antes hubieran exterminado de la tierra a los fieles hijos de Dios, presenciaban ahora la gloria de Dios que sobre éstos reposaba. Y en medio de su terror, los impíos oían las voces de los santos que en gozosas estrofas decían: ‘He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará.’ La tierra se estremeció violentamente cuando la voz del Hijo de Dios llamó a los santos que dormían, quienes respondieron a la evocación y resurgieron revestidos de gloriosa inmortalidad, exclamando: ‘¡Victoria! ¡Victoria! sobre la muerte y el sepulcro. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?’

Entonces los santos vivientes y los resucitados elevaron su voces en un prolongado grito de triunfo. Aquellos cuerpos que habían bajado a la tumba con los estigmas de enfermedad y la muerte resucitaron inmortalmente sanos y vigorosos. Los santos vivientes fueron transmutados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, y arrebatados con los salidos del sepulcro, fueron todos juntos a encontrar a su Señor en el aire. ¡Oh! ¡cuán glorioso encuentro fue ese! Los amigos separados por la muerte volvieron a unirse para no separarse más”.

Si todavía hay alguna duda de que los observadores del sábado resucitados son numerados con los 144.000, considere las palabras siguientes de la hermana White en 1909. En la  Asociación General en 1909, el anciano Irwin portaba un estenógrafo en una visita a la hermana White. El deseaba hacerle algunas preguntas, y tener una copia exacta de las palabras de las preguntas, y las palabras exactas de las respuestas. Entre otras preguntas estaba ésta: “¿Estarán entre los 144.000 aquellos que han muerto en el mensaje?” En respuesta, la hermana White dijo: “Oh, sí, aquellos que han muerto en la fe estarán entre los 144.000. Estoy clara en ese asunto”. Estas fueron las palabras exactas de  la pregunta y de la respuesta, como el hermano Irwin me las permitió copiar del reporte de su estenógrafo. 

EL NÚMERO DE LOS SELLADOS

La pregunta puede levantarse ahora: “Si el mensaje del sellamiento ha de ir a todo el mundo con un poder pentecostal, y la tierra será iluminada con su gloria, y si, como lo declaró recientemente el hermano _______, resultará en ‘millones’ que serán preparados para la segunda venida de Cristo, ¿no son los 144.000 un número pequeño a ser sellado?

Es solamente una fracción de un millón”. En su palabra el Señor ha hablado de aquellos que han de ser salvos en su venida como una “manada pequeña”. Lucas 12:32. Son también un pueblo que ha estado sujeto a una prueba muy severa. El profeta Daniel habla de ellos: “muchos serán lavados, y emblanquecidos y purificados”. Dan. 12:10. Algunos traducen esto como “completamente probados”. Debe ser verdad en este caso, “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos”. Mat. 22:14. En Joyas de los testimonios, tomo 2, página 31, leemos: “Muchos de aquellos que ahora parecen ser sinceros y fieles resultarán ser vil metal”. En la página 68, del mismo libro, leemos: “No todos los que profesan observar el sábado serán sellados. Aun entre los que enseñan la verdad a otros hay muchos que no recibirán el sello de Dios en sus frentes. Tuvieron la luz de la verdad, conocieron la voluntad de su Maestro, comprendieron todo punto de nuestra fe, pero no hicieron las obras correspondientes… Por su falta de devoción y piedad, por no haber alcanzado una alta norma religiosa, contribuyen a que otras almas se conformen con su situación… Ninguno de nosotros recibirá jamás el sello de Dios mientras nuestros caracteres tengan una mancha. Nos toca a nosotros remediar los defectos de nuestro carácter, limpiar el templo del alma de toda contaminación. Entonces la lluvia tardía caerá sobre nosotros como cayó la lluvia temprana sobre los discípulos en el día de Pentecostés”.

En la página 31 del mismo tomo leemos: “Pronto los hijos de Dios serán probados por intensas pruebas, y muchos [en el original inglés: ‘la gran proporción’] de aquellos que ahora parecen ser sinceros y fieles resultarán ser vil metal. En vez de ser fortalecidos y confirmados por la oposición, las amenazas y los ultrajes, se pondrán cobardemente del lado de los opositores”. En Spirit of Prophecy, vol. 4, p. 426, leemos:

“Conforme vaya acercándose la tempestad, una clase numerosa que profesaron fe en el mensaje del tercer ángel, pero que no fueron santificados por la obediencia a la verdad, abandonarán su fe, e irán a engrosar las filas de la oposición. Uniéndose con el mundo y participando de su espíritu, llegarán a ver las cosas casi bajo el mismo aspecto; así que cuando llegue la hora de prueba estarán preparados para situarse del lado más fácil y de mayor popularidad. Hombres de talento y de elocuencia, que se gozaron un día en la verdad, emplearán sus facultades para seducir y descarriar almas”. Lo mismo se lee en El conflicto de los siglos, p. 666.

En Joyas de los testimonios, tomo 2, pág. 71, leemos: “El sello de Dios no será nunca puesto en la frente de un hombre o una mujer que sean impuros. Nunca será puesto sobre la frente de seres humanos ambiciosos y amadores del mundo. Nunca será puesto sobre la frente de hombres y mujeres de corazón falso o engañoso. Todos los que reciban el sello deberán estar sin mancha delante de Dios y ser candidatos para el cielo”. En Maranata: el Señor viene!, pág. 198, leemos: “Más de una estrella que hemos admirado por su brillo, se apagará entonces en las tinieblas. Como una nube, el tamo será llevado por el viento, aun en lugares donde vemos sólo eras de rico trigo”.

En ¡Maranata: el Señor viene!, pág. 200, leemos: “A medida que nos apremien las pruebas, se efectuará en nuestras filas una obra de separación y también de unión. Algunos que en la actualidad están dispuestos a tomar armas de guerra, en tiempos de verdadero peligro pondrán de manifiesto que no han edificado sobre un fundamento sólido: Cederán a la tentación. Los que han tenido gran luz y disfrutado de inestimables privilegios pero no los han perfeccionado, se apartarán de nosotros justificándose con diversos pretextos. Al no haber recibido el amor de la verdad, aceptarán los errores del enemigo. Prestarán atención a espíritus seductores y doctrinas de demonios y se apartarán de la fe”.

Cualquiera que pueda ser la verdad a respecto de los millones que escucharán el mensaje del tercer ángel, los 144.000 parecen ser un grupo peculiar, con características peculiares, reunidos en grupos de 12,000, llevando los nombres de las doce tribus del Israel espiritual, “y en sus bocas no fue hallada mentira”, “sin mancha delante del trono de Dios”. Ellos no son todos americanos, ni todos usuarios de la lengua inglesa; pero son “sin mancha ni arruga ni cosa semejante”.

Si lo expresado anteriormente por el anciano_____, de que la predicación del mensaje “prepara a millones para ser salvos en la venida de Cristo”, y el Señor en su compasión perdona los pecados de ignorancia en los paganos convertidos que no tuvieron las oportunidades de aquellos más iluminados, que su nombre sea alabado. Eso no nos excusa, a quienes hemos tenido gran luz y que debemos alcanzar uno de los doce grupos de los 144.000 sellados.

En ¡Maranata: el Señor viene!, en la pág. 209, la hermana White dice: “De aquí a poco todo hijo de Dios llevará su sello. ¡Oh, si pudiéramos recibirlo en nuestra frente! ¿Quién puede soportar la idea de ser pasado por alto por el ángel que sale para sellar a los siervos de Dios en sus frentes?’ Entre las faltas de la parte de los profesos guardadores del sábado, leemos en Testimonios para los ministros, en la pág. 312: “Se pronuncia una maldición sobre todos los que retienen sus diezmos. Dios dice: ‘¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa…’ Dios nos ayude a arrepentirnos. ‘Volveos a mí — dice él — y yo me volveré a vosotros’. Los hombres que quieran cumplir su deber lo encuentran expresado con toda claridad en este capítulo. Nadie puede dar excusas para no volver su diezmo y dar sus ofrendas al Altísimo”. Acerca de los que no pagan los diezmos leemos en Testimonies for the Church, volumen 2, página 199:

“Ellos están reteniendo, y robando a Dios… Esta es una razón por la cual, como pueblo, somos muy enfermizos, y muchos están descendiendo a sus sepulturas. El codicioso está entre nosotros”. En Joyas de los testimonios, volumen 1, en la pág. 378, leemos: “Sólo unos pocos consideran las obligaciones que Dios les ha impuesto de hacer que su principal ocupación consista en suplir las necesidades de su causa, y de atender sus propios deseos en último término. Son pocos los que invierten dinero en la causa de Dios en proporción a sus recursos”.

“Pero”, tu puedes decir, “hace algún tiempo que esos testimonios fueron escritos.  ¿No se han corregido estos asuntos desde aquel tiempo?” Durante el año 1915, cuando a  los tesoreros de la iglesia se les preguntó: “¿Qué proporción de vuestros miembros paga los diezmos?” (La respuesta fue, “No más que la mitad”.) ¿Concluiremos ahora que la mitad no tiene ninguna cosa durante todo el año, o son ellos como un granjero rico que me dijo, “Cuando halla cercado y pagado mi granja, sufragado los gastos de mi familia, halla comprado una segadora nueva y una máquina de trillar nueva; no habrá quedado mucho sobre lo cual pague los diezmos”. En respuesta a esto, un hermano que se había convertido de la infidelidad a la verdad, y que pensaba “bien” del sistema del diezmo, dijo: “Ustedes los granjeros trabajarán la granja por la mitad o por un tercio de la cosecha por el uso de la tierra. Ahora que tienes vida, tierra, y todo, de parte del Señor, a quien pertenecen tu mismo y todas las cosas, piensas que una décima parte de tus ingresos es un impuesto pesado. Ustedes deben ser unos arrendatarios muy pobres”. ¿Esperaremos que aquellos que retienen los diezmos, a quienes el Señor dice “me robáis”, tengan el sello del Dios vivo puesto sobre ellos?

UN SUEÑO IMPRESIONANTE

La primera obra del anciano D. T. Bordeau y yo en California, en 1868 y 1869, fue en Petaluma, Windsor, y en el Distrito de Piner, ocho kilómetros al oeste de Santa Rosa. Los ministros predicaban contra nosotros en todos esos lugares. Finalmente un notable ministro cristiano desafiantemente nos retó para un debate sobre la cuestión del sábado. Este debate ocurrió el 29 de marzo de 1869, en Piner.

Nosotros habíamos estado muy ansiosos de empezar la obra en Santa Rosa, la localidad del distrito en el condado de Sonoma, y oramos encarecidamente para que el debate pudiera abrir el camino. El primer día del debate, hubo una asistencia a la feria de la ciudad, pero el segundo día, como fue declarado por el redactor del Sonoma Democrat, “todas las cosas que podrían ir sobre ruedas fueron al debate”. Después del primer día del debate, el hermano Bordeau y yo tuvimos un tiempo serio de oración para que el Señor nos hiciese hablar poderosamente, al día siguiente, en favor de su causa en California. Y así fue. En la noche del veintinueve, le agradó al Señor darme un sueño muy impresionante. En el sueño nos parecía estar escalando para atravesar una montaña, y estuvimos haciendo algunos progresos en el ascenso. Tras haber andado algunos cientos de metros del valle, estuvimos confrontados con un levantamiento abrupto de altas rocas ante nosotros, de aparentemente quince metros de alto, y tan recto como el lado de una casa. Vimos de una vez que no había forma de escalar la obstrucción. Miramos hacia la izquierda. Había una pendiente inclinada, pero muy lisa y vidriosa, concluimos que si intentábamos ir por ese camino sería un duro emprendimiento, y un fracaso. Justo después un mensajero apareció, y nos informó que habíamos alcanzado la altura que debíamos ascender, y que encontraríamos un sendero a la vuelta de esta dificultad y que descenderíamos al valle por el cual deseábamos ir.

Seguimos las orientaciones, y encontramos que la roca perpendicular era como una pared alta a nuestra izquierda, extendiéndose alrededor de la roca, y que a nuestra derecha había un profundo precipicio. El sendero sobre el cual debíamos ir, a la vez que descendía gradualmente, se tornaba más estrecho y todavía más estrecho a medida que avanzábamos, demandando cuidado constante y vigilancia para no dar un paso errado, y así ser sumergidos dentro del abismo a nuestra derecha. También parecía haber una nube brumosa delante de nosotros, la cual imposibilitaba nuestra mirada más de quince metros

al frente. Así como avanzábamos, la nube se movía, de manera que nuestro camino
inmediato era claro y nuestro progreso tranquilo.

Poco a poco, como es el caso frecuentemente en un sueño, hubo un repentino cambio en el escenario. Estábamos abajo en el valle, y la brumosa nube estaba sobre la montaña, sobre el camino por el cual habíamos venido. Cuándo y cómo pasamos a través de la nube, no lo supe; pero la interpretación dada a nosotros fue, que el Señor había venido, y su pueblo había sido resucitado. Había una vasta compañía de personas en el valle, y estuvieron abordando un largo tren de coches, en los cuales todo el armazón parecía ser de la más brillante placa de níquel, más hermoso que cualquier coche de millonario que jamás había visto.

Nuestro tren se deslizó gentilmente fuera del valle con su feliz carga de pasajeros. Habíamos recorrido solamente una distancia corta cuando llegamos a un valle más extenso, un ferrocarril con cuatro vías. Sobre tres de esos carriles habían trenes que se extendían tan lejos como los ojos podían alcanzar, cargados de personas cuyos rostros brillaban con la gloria del Señor. Los trenes estaban muy cerca juntos de manera que uno podría caminar de un tren a otro mientras pasaban, pues todos ellos se mantenían exactamente uno con el otro. Vi al hermano y a la hermana White pasando desde un tren a otro, saludando a los santos redimidos de diferentes estados. Así como nuestro tren se balanceó al entrar en el cuarto carril, y en línea con los otros, el hermano White exclamó:

“¡Y aquí viene el tren de California! ¡Todos vamos a la ciudad!” En ese momento desperté, emocionado de los pies a la cabeza por el pensamiento de que esta fue una señal de victoria para California. No fue únicamente aquel debate el punto decisivo en nuestros esfuerzos en California, pero desde que las enfermedades de la edad me sobrecogieron, han habido muchos pensamientos acerca de lo que fue mencionado por el hermano Bordeau y yo yendo inconscientemente a través de aquella nube, y viniendo del lado de la resurrección.

Ahora, una pequeña historia de mi caso: Dos años atrás, estuve bajo los cuidados  de doctores y enfermeras por cinco días aquejado con neumonía; el año pasado con neumonía otra vez, bajo los cuidados de doctores y enfermeras once días, este año, con un ataque severo de la gripe, bajo los cuidados de doctores y enfermeras cinco semanas, y quedé en una condición tan endeble que me aventuré a asistir sólo a una reunión campal este año, la que justo pasó, en Stockton.

Un día en el campamento, una hermana vino a mí, diciendo: “Usted vivirá hasta la venida del Señor; pues una hermana me dijo que en una ocasión, cuando la hermana White estaba hablando en el tabernáculo de Battle Creek, Michigan, un número de ministros estaban en la plataforma, y usted entre ellos, cuando la hermana White dijo, ‘Algunos de ustedes, ministros, vivirán hasta la venida del Señor,’ y señalándole, dijo, ‘Y usted, hermano Loughborough, será uno de ellos’ ”. Respondí a la hermana, “Es la primera vez que lo escucho”. Ella se retiró diciendo, “¡Oh, estos chismosos!” Frecuentemente me vienen a la mente las palabras que la hermana White me habló en el verano de 1858. El hermano White tenía un carruaje de dos asientos y una envergadura de caballos que él usó en sus visitas a las iglesias de Michigan. Él estuvo detenido necesariamente por deberes en la oficina de la Review and Herald, y me dijo, “Toma el carruaje y los caballos, y tu esposa y la mía, y visita las iglesias en Michigan”.

Así que viajamos de lugar en lugar, hubo oportunidad para muchas conversaciones religiosas. En un momento, la conversación fue sobre la situación cuando la guerra contra los observadores del sábado sería tal que tendrían que esconderse lejos en lugares desolados. Ella me miró seriamente por un minuto o más, y después dijo, “Hermano Juan, el Señor me ha mostrado que estos obreros pioneros (refiriéndose a los ministros) que han trabajado y se han sacrificado por la edificación de la causa todos serán llevados al descanso antes de ese tiempo, cuando la gente tendrá que huir”, o palabras para ese efecto.

Desde entonces todos los ministros ya yacen en sus sepulcros, excepto J. N. Loughborough. Cuando pienso que “todos” no significa todos menos uno, y recuerdo la seria mirada que ella me dio cuando hablaba esas palabras, parece desprenderse la idea de que viviré a través de los decretos que serán dictados contra los observadores del sábado. Sin embargo, espero estar entre aquellos que serán levantados para vida eterna (Dan. 12:2), y verán al Señor venir, según lo expuesto en este pequeño libro.

EL TIEMPO DE LAS PLAGAS

Se hace la pregunta: “¿Cuánto tiempo duran las siete postreras plagas?” La fe y las enseñanzas de los adventistas del séptimo día siempre ha sido que sería por espacio de un año. Ellos basaron su fe en tales textos de Apoc. 14:19, 20, donde esto es semejante a una bodega de vino prensado, comparando esto con el lagar como está expuesto en Isa. 61:2; 63:3, 4. Es llamado allí “el día de la venganza” y el año de los redimidos. Tomando la regla conocida, el día sería un año. Algunas personas toman la posición de que el derramamiento de las plagas cubrirá un período de varios años. Esto parece ser refutado por el hecho de que bajo la quinta plaga, la gente todavía está sufriendo los dolores de la primera plaga. Apoc. 16:10, 11.

Durante el tiempo de estas plagas, de acuerdo con Apoc. 15:6-8, no hay intercesor en el templo celestial. La condición del pueblo de Dios en aquel tiempo es tal como está expuesta en El conflicto de los siglos, página 678: “En el tiempo de angustia, si el pueblo de Dios conservase pecados aún inconfesos cuando lo atormenten el temor y la angustia, sería aniquilado; la desesperación acabaría con su fe y no podría tener confianza para rogar a Dios que le librase. Pero por muy profundo que sea el sentimiento que tiene de su indignidad, no tiene culpas escondidas que revelar. Sus pecados han sido examinados y borrados en el juicio; y no puede recordarlos”. Difícilmente parecería que la gracia del Señor proceda con su pueblo sujetándolos a un tal estado por una serie de años. La hermana White relaciona este período sin intercesor con aquellos textos que hablan de ello como el día y el año; y frecuentemente, en sus exhortaciones a nosotros, ella ha hablado del año en que debemos permanecer sin intercesor.

EL TRIBULUM

Hemos dicho que la palabra “tribulación” es derivada de la palabra “tribulum”, un instrumento para trillar el grano, algo así como un mayal. Cuando he escuchado que la palabra “mayal” usa en conexión con textos tales como 2 Cor. 1:3, 4, “Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”.

Y relacionado con el golpear de un hombre con un mayal, conocí lo que justo deseaba, lo que era un tribulum. El veinticuatro de agosto de 1909 vi dos de esos antiguos instrumentos. Estuve asistiendo a la reunión campal francesa en Vergese, veinticuatro kilómetros al oeste de Nimes, Francia.

Así como el hermano Bond y yo estuvimos caminando hacia el lado de la villa, llegamos a una pieza circular de tierra muy pulida, de algunos quince metros de diámetro. El dijo, “Ese es un antiguo suelo de trillar, preservado todavía aunque no utilizado”. En el suelo yacía una piedra, como el granito, de algunos cerca de 1.2 metros de largo, perfectamente circular en toda su extensión. El fin de una era cerca de 60 centímetros de diámetro, la otra finalizaba probablemente 70 centímetros menos en tamaño. El hermano Bond dijo, “Eso es un tribulum”. Había un hueco profundo en cada final de la piedra, en donde habían estado adheridos los hierros conectados con la lengüeta para hacerlos girar alrededor del suelo de trillar, como lo mostrado en la fotografía. Un final de la piedra siendo más largo que el otro provocaría que la piedra gire en círculo cuando pasa sobre el terreno. Yendo a otra parte de las inmediaciones del pueblo, vi una segunda piedra, similar a la primera; pero el antiguo suelo de trillar era un terreno cultivado. Así no pienso más del Señor como yendo tras los cristianos con un mayal. Un hombre podía ser amarrado de pies y manos, de tal manera bajo el tribulum, y no ser herido por un golpe con un mayal.

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