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Lucas 16:16: ¿La ley terminó con Juan?

El texto dice: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reíno de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él”. En realidad, este texto no afirma que terminaron o dejaron de tener valor “la ley y los profetas”. Quiere decir que esos escritos eran los únicos documentos que contenían, hasta ese entonces, lo revelado por Dios respecto de su reino. Para anunciarlo y convencer a los hombres de su realidad, eran necesarias las enseñanzas y las profecías irrebatibles ofrecidas en “la ley y los profetas”. ¿Qué fuerza podía tener esa prédica sin los profetas?
Al recordar solamente algunas expresiones de Jesús, entendemos que para él “la ley y los profetas”, lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento, no pudieron haber terminado. Indicó su permanencia cuando ordenó escudriñar las Escrituras, porque ellas daban testimonio de El (Juan 5: 39).
Afirmó que la ignorancia de las Escrituras era la causa del error (Mat. 22: 29). Reiteró su importancia cuando dijo, citando a Deuteronomio 8: 3: “No de solo pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4: 4). Para explicar el Evangelio a dos discípulos preocupados, y luego a los once, “les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Véase Luc. 24: 25-47).
Los apóstoles recomendaron el estudio del as Escrituras y declararon su utilidad (2 Tim. 3: 15-17); afirmaron que fueron escritas para nuestra enseñanza (Rom. 15: 4). Sostuvieron que la palabra profética era una antorcha a la que había que estar atentos (2 Ped. 1: 16-21). En fin, “la ley y los profetas” eran escrituras tan importantes que se las cita 280 veces en el Nuevo Testamento. Por lo dicho, queda claro que esa expresión de Jesús significaba que la “ley y los profetas” era todo lo que hasta entonces había sido revelado tocante al reino de Dios.

La santa Ley de Dios

Hace muchos siglos, Dios escribió su ley en tablas de piedra, ¡y todavía esa ley está vigente! Es absolutamente cierto que desobedecer cualquier parte de esa ley siempre tendrá consecuencias negativas. Ante la ola de criminalidad que nos azota, pensamos que obedecer las leyes del país ayudaría al mantenimiento de la paz y el orden. ¡El mismo principio se puede también aplicar a la observancia de la Ley de Dios—los Diez Mandamientos—en nuestras vidas! Por algo no se los llama las diez sugerencias, las diez recomendaciones, o las diez ideas más brillantes. Ya que hay tanto en juego, usted debería tomar unos minutos para considerar seriamente sus obligaciones.

“Y las tablas eran la obra de Dios”.

1. ¿En realidad escribió Dios mismo los Diez Mandamientos?

“Y dio Dios a Moisés dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios”. “Y las tablas eran obra de Dios y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas” (Éxodo 31:18; 32:16).

Respuesta:   Sí, el gran Dios del cielo escribió los Diez Mandamientos con su propio dedo en tablas de piedra.

2. ¿Cómo define Dios el pecado?

“El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

Respuesta:   El pecado es la infracción o el quebrantamiento de la ley divina de los Diez Mandamientos. Y puesto que la ley de Dios es perfecta (Salmos 19:7) abarca todo pecado concebible. Es imposible cometer un pecado que no esté condenado a lo menos por uno de los Diez Mandamientos de Dios.

3. ¿Por qué nos dio Dios los Diez Mandamientos?

“El que guarda la ley es bienaventurado [feliz]” (Proverbios 29:18). “Tu corazón guarde mis mandamientos; tus días seran largos y los años de vida serán llenos de paz y te aumentarán” (Proverbios 3:1-2).

Respuesta:   A. Como una guía para tener una vida feliz y abundante.
Dios creó al hombre para que gozara de felicidad, paz y larga vida. La ley de Dios es el mapa que señala los caminos verdaderos que deben seguirse para encontrar la felicidad auténtica y suprema.

“Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). “Yo no conocí el pecado sino por la ley porque tampoco conociera la codicia si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7).

B. Para mostrar la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto.
Los Diez Mandamientos de la ley de Dios son el perfecto código de ética y moralidad para esta hora de perplejidad y confusión. La ley de Dios es como un espejo (Santiago 1:23-25). Señala la mala conducta de mi vida, así como un espejo señala la suciedad de mi cara. La única manera en que una persona puede saber que está pecando es sometiendo su vida al escrutinio de la ley, mirándose en el espejo de la ley.

“Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos [mandamientos]… para que nos vaya bien” (Deuteronomio 6:24). “Sosténme y seré salvo [estaré seguro]. Y me regocijaré siempre en tus estatutos. Hollaste a todos los que se desvían de tus estatutos” (Salmos 119:117-118).

C. Para protegerme de todo peligro y tragedia.
La ley de Dios se puede comparar a una fuerte jaula, como las que hay en el zoológico para protegernos de las fieras que podrían causarnos daño. La ley de Dios nos protege de la impureza, la falsedad, el asesinato, la idolatría, el robo y muchos otros males destructores de la vida, la paz y la felicidad. Todas las buenas leyes protegen, y la ley de Dios no es la excepción.

Nota Especial: Estos eternos principios de la ley de Dios fueron escritos profundamente en la naturaleza de cada persona por Dios que nos creó. Cuando decidimos ignorarlos, el resultado es siempre desgracia, tensión, desasosiego y tragedia, así como ignorar las reglas para conducir nuestro automóvil nos trae serios problemas.

4. ¿Por qué la ley de Dios es sumamente importante para mí como persona?

“Así hablad y así haced como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad” (Santiago 2:12).

Respuesta:   !Porque los Diez Mandamientos son la norma por la cual Dios examinará a los hombres en el juicio celestial. ¿Qué relación tiene usted con la ley? ¡Es un asunto de vida o muerte!

5. ¿Podrá la ley de Dios (los Diez Mandamientos) ser cambiada o abolida?

“Más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley” (Lucas 16:17). “No olvidaré mi pacto, ni me retractare de lo que ha salido de mis labios” (Salmos 89:34). “Fieles [seguros] son todos sus mandamientos, afirmados eternamente y para siempre” (Salmos 111:7-8).

Respuesta:   ¡Absolutamente no! La Biblia es muy clara en este punto. Si la ley hubiera podido ser cambiada, Dios habría hecho ese cambio inmediatamente cuando Adán y Eva pecaron. En vez de eso envió a su propio Hijo a morir en lugar del pecador a fin de pagar la penalidad de la ley quebrantada. Pero el cambio de la Ley era imposible porque los mandamientos no eran leyes similares a las que los hombres promulgan, sino principios eternos reveladores del santo carácter de Dios, principios que estarán siempre vigentes mientras Dios exista.

Note en el cuadro superior que Dios y su ley tienen las mismas características. ¿Comprende lo que esto significa? La ley de Dios (los Diez Mandamientos) es el carácter de Dios expresado mediante una fórmula escrita, de manera que podamos comprenderlo. Es tan imposible cambiar la ley de Dios como bajar a Dios desde su morada para hacer que él cambe. Jesús vino para mostrarnos lo que es la ley (que es la pauta para una vida santa) cuando se la reduce a términos humanos. El carácter de Dios no puede cambiar, tampoco puede cambiar su ley, porque ésta es el carácter de Dios expresado en palabras.

DIOS ES LA LEY ES
BUENO S. Lucas 18:19 1 Timoteo 1:8
SANTO Isaías 5:16 Romanos 7:12
PERFECTO S. Mateo 5:48 Salmos 19:7
PURO 1 Juan 3:2,3 Salmos 19:8
JUSTO Deuteronomio 32:4 Romanos 7:12
VERDAD S. Juan 3:33 Salmos 19:9
ESPIRITUAL 1 Corintios 10:4 Romanos 7:14
JUSTICIA Jeremíass 23:6 Salmos 119:172
FIEL 1 Corintios 1:9 Salmos 119:86
AMOR 1 Juan 4:8 Romanos 13:10
INMUTABLE Santiago 1:17 Mateo 5:18
ETERNO Génesis 21:33 Salmos 111:7, 8
6. ¿Abolió Jesús la ley de Dios mientras vivía aquí en la tierra?

“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:17-18).

Respuesta:   ¡Por cierto que no! Jesús específicamente aseguró que él no vino para destruir la ley, sino a cumplirla o sea, a guardarla. En lugar de descartar la ley, Jesús amplió su significado o sea, la magnificó (lsaías 42:21), mostrando que ella es una guía perfecta para la vida. Ella abarca todo pecado. Por ejemplo, Jesús señaló que el mandamiento “No matarás” condena el enojo sin control (Mateo 5:21-22) y el odio (1 Juan 3:15), y que los pensamientos impuros son adulterio (Mateo 5:27-28). El dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

7. ¿Pueden salvarse las personas que a sabiendas insisten en violar aunque sea uno de los Diez Mandamientos?

“La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, es hecho culpable de todos” (Santiago 2:10).

Respuesta:   ¡No! Se perderán. La ley de los Diez Mandamientos es la guía que debemos usar para encontrar el camino hacia Dios y a una vida santa. Si ignoro uno de los mandamientos, estoy descuidando una parte del divino patrón o plan maestro. La Biblia dice que cuando quebrantamos a sabiendas cualquier mandamiento de Dios, estamos pecando (Santiago 4:17), porque ello equivale a rechazar su voluntad para nosotros. Sólo aquellos que hacen su voluntad podrán entrar en el reino de los cielos. Los pecadores se perderán.

La salvación que proviene de Jesús es un don tan real como los obsequios que se reciben en alguna fecha especial o cumpleaños. Es gratuita, preparada especialmente para nosotros por Jesús.

8. ¿Puede alguien salvarse por guardar la ley?

“Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él [de Dios]” (Romanos 3:20). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

Respuesta:   ¡No! La respuesta es demasiado sencilla para no entenderla. Nadie puede salvarse por guardar la ley. La salvación se recibe solamente por gracia, como un don gratuito de Cristo Jesús. Recibimos este dón gratuito por la fe y no debido a nuestras obras. La ley sirve únicamente como un espejo para señalar el pecado en nuestras vidas. La limpieza o el perdón del pecado se recibe sólo de Cristo.

Nuestras propias normas nunca son<br /><br /> seguras. No puedo saber si soy un<br /><br /> pecador a menos que me mire cuidadosamente en la norma perfecta<br /><br /> de Dios: su ley es un espejo.

9. ¿Por qué, entonces, la ley es esencial para perfeccionar un carácter cristiano?

“Teme a Dios y guarda sus mandamientos: porque esto es todo para el hombre” (Eclesiastés 12:13). “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

Respuesta:   Porque la pauta o norma total, “el todo del hombre”, o sea, la suma del deber humano para una vida cristiana, está contenida en la ley.Recordamos a un niño de seis años que hizo su propia regla de medir, se midió a sí mismo y le dijo a su madre que él tenía 4 metros de altura. Asimismo nuestras propias normas nunca son seguras. Yo no puedo saber si soy pecador a menos que me compare cuidadosamente con la norma perfecta: la ley de Dios, que es un espejo espiritual. Millones de personas que han echado demonios, han profetizado y han realizado muchos y maravillosos milagros en el nombre de Jesús se perderán (Mateo 7:21-23) porque no se molestaron en comparar su vida con el gran modelo o pauta de la ley. “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos” (1 Juan 2:3).

Cuando Jesús vive al corazón, el pasado oscuro y desagradable es reemplazado por su victoriosa presencia.

10. ¿Qué es lo que capacita a un cristiano verdaderamente convertido para seguir la norma de la ley de Dios?

“Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (Hebreos 8:10). “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Respuesta:   Cristo no sólo perdona a los pecadores arrepentidos, sino que también restaura en ellos la imagen de Dios poniéndolos en armonía con su ley mediante el poder de su presencia en el corazón. “No harás” se convierte entonces en una promesa de que el cristiano no robará, no mentirá, no matará. Esto se entiende porque Jesús vive dentro de él y domina sus palabras y sus actos. Dios no podía cambiar su ley, pero hizo una bendita provisión por medio de Jesús para cambiar al pecador de manera que pudiera estar a tono con la ley..

El indulto de un gobernador perdona a<br /><br /> un prisionero, pero no le da la libertad<br /><br /> para quebrantar ninguna ley.

11. ¿Es cierto que el cristiano que tiene fe y vive bajo la gracia, ha sido liberado de la observancia de la ley?

“El pecado no se enseñoreará de vosotros: pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera” (Romanos 6:14-15). “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (Romanos 3:31).

Respuesta:   ¡No! La gracia es como el perdón que otorga un gobernador o presidente a un reo. Lo perdona, pero no le da la libertad de violar una sola ley del código. La persona perdonada, que vive bajo la gracia, tiene una doble obligación de cumplir la ley. La persona que rehúsa guardar la ley y dice que vive bajo la gracia está equivocada.

12. ¿Están los diez mandamientos de Dios reafirmados en el Nuevo Testamento?

Respuesta:   Sí, y en forma muy clara. Examine con cuidado lo que sigue.

LA LEY DE DIOS EN EL NUEVO TESTAMENTO LA LEY DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
1. “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” Mateo 4:10. 1. “No tendrás dioses ajenos delante de mí” Exodo 20:3.
2. “Hijitos, guardaos de los ídolos” 1 Juan 5:21. “Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, o escultura de arte y de imaginación de hombres” Hechos 17:29. 2. “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra no te inclinarás a ellas, ni las honrarás porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen y que hago misericordia a millares, a los que me aman, y guardan mis mandamientos” Exodo 20:4-6..
3. “Que no sea blasfemado el nombre de Dios” 1 Timoteo 6:1.. 3. “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” Exodo 20:7..
4. “Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día”. “Por lo tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo [el de Dios], también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas” Hebreos 4:4,9-10.. 4. “Acuértate del día de reposo para santificarlo, seis días trabajarás, y harás toda tu obra mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día para tanto Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” Exodo 20:8-11..
5. “Honra a tu padre y a tu madre” Mateo 19:19. 5. “Honra a tu padre y a tu madre, por que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” Exodo 20:12..
6. “No matarás” Romanos 13:9. 6. “No matarás” Exodo 20:13..
7. “No adulterarás” Mateo 19:18.. 7. “No cometerás adulterio” Exodo 20:14..
8. “No hurtarás” Romanos 13:9. 8. “No hurtarás” Exodo 20:15..
9. “No dirás falso testimonio” Romanos 13:9.. 9. “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” Exodo 20:16..
10. “No codiciarás” Romanos 7:7. 10. “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” Exodo 20:17.

Los sacrificios ceremoniales y los ritos prefiguraban el futuro sacrificio de Jesús.

13. ¿Es la ley de Dios y la ley de Moisés una misma ley?

Respuesta:   No. No es la misma. Estudie las siguientes notas y compárelas cuidadosamente.

Nota: La ley de Moisés fue una ley temporal y ceremonial del Antiguo Testamento que regulaba entre otros, el sacerdocio, los sacrificios, el ritual, las ofrendas de comidas y bebidas. Todo esto prefiguraba la cruz. Los ritos y ceremonias de la ley de Moisés señalaban de antemano el sacrificio de Cristo. Cuando él murió, esta ley caducó. Pero los Diez Mandamientos la ley de Dios permanecen para siempre jamás. Véase Salmos 111:7-8. El hecho de que existan dos leyes aparece muy claro en Daniel 9:10-11.

Nota Especial: Tome nota de que la ley de Dios ha existido por lo menos todo el tiempo en que ha existido el pecado porque la Biblia dice que “donde no hay ley, tampoco hay transgresión [o pecado]” Romanos 4:15. De manera que la ley de los Diez Mandamientos de Dios existió desde el principio. Los seres humanos violaron esa ley. Debido al pecado, o sea a la violación de la ley, la ley de Moisés fue dada, o “añadida” Gálatas 3:16, 19 hasta que Cristo viniera y muriera. Entonces se trata de dos leyes: la ley de Dios y la ley de Moisés.

LEY DE MOISÉS
LEY DE DIOS
Llamada la “ley de Moisés” Lucas 2:22. Llamada la “ley de Jehová” Isaías 5:24.
Llamada “la ley … en orden a ritos” Efesios 2:15. Llamada la “ley real” Santiago 2:8.
Escrita por Moisés en un libro 2 Crónicas 35:12. Escrita por Dios sobre piedra Exodo 31:18 32:16.
Colocada a un lado del arca Deuteronomio 31:26. Colocada dentro del arca Exodo 40:20.
Terminó en la cruz Efesios 2:15. Permancecerá para siempre S. Lucas 16:17.
Añadida por causa del pecado Gálatas 3:19. Señala el pecado Romanos 7:7 3:20.
Contraria a nosotros Colosenses 2:14. No es penosa 1 Juan 5:3.
No juzga a nadie Colosenses 2:14-16. Juzga a todo el mundo Santiago 2:10-12.
Carnal Hebreos 7:16. Espiritual Romanos 7:14.
No perfeccionó a nadie Hebreos 7:19. Perfecta Salmos 19:7.

14. ¿Qué siente el diablo con respecto a los que guardan los Diez Mandamientos?

“El dragón [el diablo] se llenó de ira contra la mujer [la verdadera iglesia], y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios” (Apocalipsis 12:17). “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12).

Respuesta:   El diablo odia a los que respetan la Ley de Dios, porque ésta es la pauta para una vida recta. Si usted resuelve seguir la norma presentada en la Ley de Dios, sentirá la ira del diablo. No es de sorprenderse que el diablo odie y se oponga a los que sostienen la ley de Dios. Pero resulta sorprendente y pasmoso oír a dirigentes de religión que niegan la vigencia de los Diez Mandamientos y menosprecian o disminuyen su importancia mientras al mismo tiempo respetan las tradiciones de los hombres. No es extraño que Cristo dijera: “¿Por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestras tradiciones?” (Mateo 15:3, 9). Y David dijo: “Tiempo es de actuar, oh Jehová, porque han invalidado tu ley” (Salmos 119:126). Es hora de que la sociedad restaure la ley de Dios al lugar que le corresponde. Es insensato que esta generación indisciplinada presuma que puede violar impunemente la ley de Dios.


Preguntas Para Meditar

1. ¿No dice la Biblia que la ley era (o es) “defectuosa”?
No. La Biblia explica que el pueblo era el que tenía defectos (Hebreos 8:7, 8). Y en Romanos 8:3 dice que la ley “era débil por la carne”. Siempre el problema es el mismo. La ley es perfecta, pero el pueblo tenía defectos o debilidades. De manera que Dios hizo posible que su Hijo habitara en sus hijos, “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros” (Romanos 8:4), a través de la presencia de Cristo en nuestras vidas.

2. Gálatas 3:13 dice que somos redimidos de la maldición de la ley. Explique en qué forma se produce esaredención.
La maldición de la ley es la muerte (Romanos 6:23). Cristo gustó la muerte por todos (Hebreos 2:9). Por lo tanto, él nos redimió de la maldición de la ley (la muerte), y en su lugar nos proporciona vida eterna.

3. ¿No nos enseñan Colosenses 2:14-17 y Efesios 2:15, que la ley de Dios quedó abolida en la cruz?
No. Estos dos pasajes se refieren a la ley “de los decretos” o de las “ordenanzas” o sea la ley de Moisés, que era la ley ceremonial que gobernaba el sistema de sacrificios y el sacerdocio. Todas estas ceremonias y este ritual prefiguraban la cruz y dejaron de tener vigencia en ocasión de la muerte de Cristo, pues Dios había añadido la ley de Moisés “hasta que viniese la simiente [Cristo]” (Gálatas 3:19, 16). Aquí no podía estar envuelta la ley de Dios, pues Pablo habló de ella como santa, justa y buena, muchos años después de la cruz (Romanos 7:7, 12).

4. La Biblia dice: “El cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). Además, en Mateo 22:37-40 se nos ordena amar a Dios y a nuestro prójimo, y termina con las palabras: “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”. ¿No reemplazan estos preceptos a los Diez Mandamientos?
No. Los Diez Mandamientos dependen de estos dos mandamientos como nuestros diez dedos cuelgan de nuestras manos. Son inseparables. El amor a Dios hace que la observancia de los primeros cuatro mandamientos (que se refieren a nuestra relación con Dios) sea un placer. Y el amor a nuestro prójimo hace que observar los últimos seis (que conciernen a nuestros semejantes), sea un gozo. Cuando en realidad amamos a una persona, cumplir con sus órdenes nos resulta un gozo. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Es imposible amar al Señor y no guardar sus mandamientos, porque la Biblia dice: “Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (l Juan 2:4).

5. ¿No dice 2 Corintios 3:7, que la ley grabada en piedra “habrá de perecer”?
El pasaje dice que lo que había de perecer es la gloria del rostro de Moisés, y no la ley grabada en piedra. Vuelva a leer con cuidado todo el pasaje de 2 Corintios 3:3-9. El tema del contexto no es la anulación o el establecimiento de la ley, sino el cambio de ubicación de la ley, que debe ser transferida de las tablas de piedra a las tablas del corazón. Bajo el ministerio de Moisés, la ley estaba en tablas. Bajo el ministerio del Espíritu Santo, por medio de Cristo, la ley es escrita en el corazón (Hebreos 8:10). La ministración que Cristo hace de la ley es eficaz, porque él transfiere esa ley al corazón del cristiano. Así, la observancia de la ley llega a ser una delicia y una manera gozosa de vivir, porque el cristiano tiene verdadero amor tanto hacia Dios como hacia el hombre.

6. Romanos 10:4 dice que “el fin de la ley es Cristo”. Quiere decir que la ley ha tenido su fin, ¿no es así?
“Fin”, en este versículo, quiere decir “propósito” u “objeto, objetivo”, así como en Santiago 5:11. El significado es claro: conducir a los hombres a Cristo—donde encuentran justicia—este es el objetivo, el propósito, o fin de la ley.

7. ¿Por qué tantas personas niegan la vigencia de la ley de Dios y de sus requisitos?
“Por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:7-9).

8. ¿Las personas justas del Antiguo Testamento, se salvaron por guardar la ley ?
No. Nadie se ha salvado por guardar la ley. Todos los que se salvaron través de las edades, se salvaron por gracia. Esta “gracia… nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Timoteo 1:9). La ley sólo señala el pecado. Solamente Cristo puede salvar. Noé encontró gracia (Génesis 6:8). Moisés halló gracia (Éxodo 33:17). Los israelitas en el desierto hallaron gracia (Jeremías 31:2), Abel, Enoc, Abrahán, Isaac, Jacob, José, y muchos otros conocidos personajes del Antiguo Testamento fueron salvados por la fe, de acuerdo con Hebreos capítulo 11. Se salvaron porque miraron hacia el futuro y pusieron su fe y esperanza en la cruz. Nosotros nos salvamos al mirar hacia atrás, a la cruz. La ley es necesaria porque, como un espejo, revela la “suciedad” en nuestra vida. Sin ella, las personas siguen siendo pecadoras, pero no lo advierten. La ley no tiene poder salvador. Sólo puede señalar el pecado. Sólo Jesús puede salvar a una persona de sus pecados. Esto ha sido siempre cierto, aun en los días del Antiguo Testamento (Hechos 4:12; 2 Timoteo 1:9).

9. ¿Por qué preocuparse por la ley? ¿No es la conciencia una guía segura?
¡No! La Biblia habla de una mala conciencia, una conciencia contaminada, una conciencia cauterizada, y ninguna de éstas es segura. “Hay camino que al hombre parece derecho, empero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12). Dios dice: “El que confía en su propio corazón es necio” (Proverbios 28:26).

Apocalipsis 4: El trono de Dios

  • Apocalipsis 4:1. Una puerta abierta en el cielo- El primer departamento en el santuario celestial.
  • Apocalipsis 4:2. En espíritu – en condición espiritual para recibir la visión.
  • Apocalipsis 4:3. Esto indica un monarca con vestiduras reales, el Regente todopoderoso y absoluto: Dios.

Arco iris- Él observa el pacto.

  • Apocalipsis 4:44. Los 24 ancianos prestan asistencia a Cristo, el Sumo Sacerdote.

Vestiduras blancas – han aceptado la justicia de Cristo.

  • Apocalipsis 5:9, 10. Redimido por la sangre – Fueron redimidos de esta tierra y llevados al cielo antes de la gran multitud. (Mateo 27:52, 53; Efesios 4:8.
  • Apocalipsis 4:5. Siete lámparas de fuego – tipo del candelero de oro en el primer departamento del santuario terrenal. Espíritus de Dios – el Espíritu Santo.
  • Apocalipsis 4:6. Mar de vidrio semejante al cristal – Una amplia extensión semejante al vidrio transparente.

Cuatro bestias – Seres celestiales que trabajan junto con Dios ministrando a la iglesia en la tierra. (Apocalipsis. 5:8-10)

  • Apocalipsis 4:7.
  • La primera semejante a un león (el estandarte de Judas) símbolo de poder y justicia.
  • La segunda semejante a un becerro (estandarte de Efraín) – símbolo de servicio y fuerza.
  • La tercera con el rostro de hombre (estandarte de Rubén) – símbolo de sensibilidad, inteligencia y sentimientos.
  • La cuarta semejante a un águila volando (estandarte de Dan) – símbolo de vista aguda, rapidez y cuidado protector.
  • Apocalipsis 4:8. Se regocijan continuamente, alaban y dan gloria a Dios.
  • Apocalipsis 4:9, 10. Estos 4 seres vivientes y los 24 ancianos adoran ante el trono de Dios con gran emoción.
  • Apocalipsis 4:11. Dios es glorificado como el Creador y Sustentador de todo.

Las leyes ceremoniales en el santuario se acaban en la cruz

  • Levítico 1:1, 2. Las leyes ceremoniales fueron pronunciadas por Moisés.
  • Deuteronomio 31:9, 24. Fueron escritas por Moisés en un libro.
  • Deuteronomio 31:26. Fueron colocadas al lado del arca y llamadas «el libro de la ley.»
  • Malaquías 4:4; Hechos 15:5. También eran llamadas la ley de Moisés.
  • Colosenses 2:14-17. Señalaban el sacrificio de Cristo.
  • Hebreos 10:1. Eran una sombra (réplica) de las cosas por venir.
  • Efesios 2:15. Cristo las abolió.
  • Colosenses 2:14. Las clavó en la cruz.
  • Hebreos 9:8-10. Las leyes ceremoniales tenían que ver con cosas materiales –carne, bebidas y lavamientos.
  • Gálatas 5:2-6. Si observamos ahora estas leyes del santuario demuestra que no tenemos fe en Jesucristo.

HABÍAN SIENTE SÁBADOS CEREMONIALES:

Levítico 23:7, 8 –

  1. el día 15 del mes de Abib (fiesta de los panes sin levadura)
  2. el 23 de Abib

Levítico 23:21

  1. Pentecostés

Levítico 23:24

  1. el primer día del séptimo mes (fiesta de las trompetas)

Levítico 23:27

  1. el décimo día del séptimo mes (día de la expiación)

Levítico 23:32-36

  1. el decimoquinto día del séptimo mes

( fiesta de los tabernáculos )

  1. el día 22 del séptimo mes.

Estos eran sábados anuales. Como siempre eran el mismo día del mes, sólo ocasionalmente caían en el séptimo día de la semana. Eran adicionales al «sábado del Señor.» (Levítico 23:3)

  • Colosenses 2:16. Estos sábados ceremoniales eran concernientes a cosas materiales: carne, bebidas, lavamientos.
  • Colosenses 2:17. Eran una sombra de las cosas por venir.
  • Colosenses 2:14. Fueron clavados a la cruz.

«Después de que Cristo murió en la cruz como una ofrenda por el pecado, la ley ceremonial no podía tener fuerza. Sin embargo, estaba relacionada con la ley moral y era gloriosa. El conjunto llevaba el sello de la divinidad y expresaba la santidad, la justicia y la rectitud de Dios. Y si la ministración de la dispensación que iba a abolirse era gloriosa, ¿cuánto más gloriosa debía ser la realidad, cuando Cristo fuera revelado impartiendo su Espíritu que da vida y santifica a todos los que creen?» Mensajes Selectos, tomo 1, pág. 281.

La ley de Dios: Los diez mandamientos

  • Jeremías 10:6, 7. Dios es el Rey y Gobernante de las naciones.
  • Salmo 103:19. Él es el Regente del universo.
  • Salmo 89:14. La justicia y el amor son el fundamento de su trono.

LA LEY DE DIOS ERA EVIDENTE EN SINAÍ

  • Génesis 2:16, 17; 3:1, 4, 6. Eva codició y robó la fruta prohibida.
  • Génesis 4:8, 9. Caín mató a su hermano y mintió para encubrir su culpa.
  • Génesis 39:16-19. José se negó a cometer adulterio y a pecar contra Dios.
  • Génesis 2:1, 3. Éxodo 16:22-30. Se observaba el sábado.

DIOS PROCLAMÓ SU LEY

  • Éxodo 19:16-19. El hecho más espectacular en toda la historia fue cuando Dios declaró su ley desde el monte Sinaí.
  • Deuteronomio 5:22. El público más grande que se haya registrado jamás fue cuando Dios declaró los diez mandamientos y no agregó nada más.
  • Éxodo 12:37, 38. El público llegaba a las 600.000 hombres a lo que se sumaban las mujeres y los niños; una multitud heterogénea.
  • Deuteronomio 4:12, 13. Dios escribió los diez mandamientos.
  • Éxodo 31:18; Deuteronomio 9:12. Consistían en dos tablas de testimonios escritos con el dedo de Dios.
  • Deuteronomio 9:11. Dios dio a Moisés las dos tablas de la ley.
  • Éxodo 32:7, 15, 16, 19. Las primeras dos tablas del testimonio escritas por Dios fueron rotas por Moisés.
  • Deuteronomio 10:1-4. Moisés preparó las segundas dos tablas y por segunda vez Dios escribió los Diez Mandamientos con su propio dedo.
  • Deuteronomio 10:5. Las dos tablas fueron colocadas dentro del arca del pacto.
  • 1 Reyes 20:2-17. Las dos tablas estaban en el arca.

CARACTERÍSTICAS DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS

  • Éxodo 20:2-17; Deuteronomio 5:6-21. La lista con los diez mandamientos.
  • Romanos 7:12. La ley es santa y justa.
  • Romanos 7:14. Es una ley espiritual.
  • Santiago 2:8. Es llamada la ley real.
  • Santiago 1:25. Es llamada la perfecta ley de la libertad.
  • Santiago 111:7, 8. La ley existirá siempre.

«La muerte del amado Hijo de Dios en la cruz revela la inmutabilidad de la ley de Dios.» Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 218.

RELACIÓN DEL HOMBRE CON LA LEY DE DIOS

  • Santiago 2:10. La transgresión de un mandamiento corresponde a la transgresión de todos.
  • 1 Juan 2:4. El hombre es un mentiroso si declara conocer a Dios pero no observa sus mandamientos.
  • Mateo 7:21. No todos los que dicen «Señor, Señor» entrarán en el reino, sino el que hace la voluntad de Dios.
  • Mateo 5:17-19. Cristo magnificó la ley. En Mateo 5:21-48 se ve cómo lo hizo.
  • Juan 14:15. Si amamos a Cristo observaremos sus mandamientos.
  • Juan 15:10. Cristo permaneció en el amor del Padre observando sus mandamientos.
  • Romanos 3:31. La fe establece la ley.
  • Eclesiastés 12:13, 14. El deber del hombre: temer a Dios y observar sus mandamientos.
  • Romanos 2:12, 13. Si un hombre peca sin la ley perecerá sin la ley; si peca conociendo la ley, será juzgado según la ley.
  • Daniel 3. Los tres jóvenes hebreos obedecían la ley de Dios.
  • Hechos 5:29. El cristiano debe obedecer a Dios ante que a los hombres.
  • Hechos 4:18-20. Hablamos lo que hemos visto y oído.
  • Mateo 22:21. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
  • Apocalipsis 12:17. La última iglesia de Dios observará su ley durante la persecución.

«El pueblo remanente de Dios, los que se destacan delante del mundo como reformadores, deben demostrar que la ley de Dios es el fundamento de toda reforma permanente… » Patriarcas y Profetas, pág. 502.

«Siendo la ley del amor el fundamento del gobierno de Dios, la felicidad de todos los seres inteligentes depende de su perfecto acuerdo con los grandes principios de justicia de esa ley. Dios desea de todas sus criaturas el servicio que nace del amor, de la comprensión y del aprecio de su carácter. No se halla placer en una obediencia forzada, y otorga a todos libre albedrío para que puedan servirle voluntariamente.» Patriarcas y Profetas, pág. 13, 14.

  • Éxodo 20:8. Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

«Se me mostró que la ley de Dios permanecerá inalterable por siempre y regirá en la nueva tierra por toda la eternidad. Cuando en la creación se echaron los cimientos de la tierra, los hijos de Dios contemplaron admirados la obra del Creador, y la hueste celestial prorrumpió en exclamaciones de júbilo. Entonces se echaron también los cimientos del sábado. Después de los seis días de la creación, Dios reposó el séptimo, de toda la obra que había hecho, y lo bendijo y santificó, porque en dicho día había reposado de toda su obra, El sábado fue instituido en el Edén antes de la caída, y lo observaron Adán y Eva y toda la hueste celestial. Dios reposó en el séptimo día, lo bendijo y lo santificó. Vi que el sábado nunca será abolido, sino que los santos redimidos y toda la hueste angélica lo observarán eternamente en honra del gran Creador.» Primeros Escritos, pág. 218.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS COMO FUERON DADOS POR DIOS

Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.

I

No tendrás dioses ajenos delante de mí.

II

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo enla tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

III

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

IV

Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

V

Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

VI No matarás.

VII

No cometerás adulterio.

VIII

No hurtarás.

IX

No hablarás contra tu prójimo  falso testimonio.

X

No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

Éxodo 20:2-17.

COMO FUERON CAMBIADOS POR EL HOMBRE

I

Yo soy Jehová tu Dios; no tendrás dioses ajenos delante de mí.

II

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano.

III

Santificarás las fiestas. (Así lo aprendí yo de niña en la iglesia católica, no como dice en este libro)

IV

Honra a tu padre y a tu madre.

V

No matarás.

VI

No cometerás adulterio.

VII

No hurtarás.

VIII

No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

IX

No codiciarás a la mujer de tu prójimo.

X.

No codiciarás los bienes de tu prójimo.

Catequismo Convert de la doctrina católica., ed. 1921, pág. 37.

La justicia de Dios

“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33).

La justicia de Dios, dice Jesús, es lo primero a buscar en esta vida. El alimento y la vestimenta son asuntos menores en comparación con aquella. Dios los dará por añadidura, de manera que no es necesario preocuparse ni entregarse a la congoja; el reino de Dios y su justicia debieran ser el objeto principal de la vida.

En 1ª de Corintios 1:30 leemos que Cristo nos fue hecho tanto justificación como sabiduría; y puesto que Cristo es la sabiduría de Dios, y en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, es evidente que la justicia que él fue hecho por nosotros, es la justicia de Dios. Veamos en qué consiste esa justicia:

En el Salmo 119:172, el salmista interpela de esta manera al Señor: “Mi lengua canta tu Palabra, porque todos tus mandamientos son justicia”. Los mandamientos son justicia, no solo justicia en abstracto, sino que son la justicia de Dios. Para comprenderlo leamos lo siguiente:

“Alzad al cielo vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra; porque el cielo se desvanecerá como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir. De la misma manera perecerán sus habitantes. Pero mi salvación será para siempre, y mi justicia no será abolida. Oídme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi Ley. No temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus reproches” (Isa. 51:6 y 7).

¿Qué nos enseña lo anterior? -Que quienes conocen la justicia de Dios son aquellos en cuyos corazones está su ley, y por lo tanto, que la ley de Dios es la justicia de Dios.

Esto se puede demostrar también de esta otra forma: “Toda injusticia -mala acción- es pecado” (1 Juan 5:17). “Todo el que comete pecado, quebranta la Ley, pues el pecado es la transgresión de la Ley” (1 Juan 3:4). El pecado es la transgresión de la ley, y es también injusticia; por lo tanto, el pecado y la injusticia son idénticos. Pero si la injusticia es la transgresión de la ley, la justicia debe ser la obediencia a la ley. O, expresándolo en forma de ecuación:

injusticia = pecado (1 Juan 5:17)

transgresión de la ley = pecado (1 Juan 3:4)

De acuerdo con el axioma de que dos cosas que son iguales a una tercera, son iguales entre sí, concluimos que:

injusticia = transgresión de la ley

Y enunciado la misma igualdad en términos positivos, resulta que:

justicia = obediencia a la ley

¿Qué ley es aquella con respecto a la cual la obediencia es justicia, y la desobediencia pecado? Es la ley que dice: “No codiciarás”, puesto que el apóstol Pablo afirma que esa fue la ley que lo convenció de pecado (Rom. 7:7). La ley de los diez mandamientos, pues, es la medida de la justicia de Dios. Siendo que es la ley de Dios, y que es justicia, tiene que ser la justicia de Dios. No hay ciertamente ninguna otra justicia.

Puesto que la ley es la justicia de Dios -una trascripción de su carácter- es fácil ver que temer a Dios y guardar sus mandamientos es todo el deber del hombre (Ecl. 12:13). No piense nadie que su deber vendrá a resultar acotado y circunscrito al confinarlo a los diez mandamientos, porque estos son “inmensos” (Sal. 119:96). “La ley es espiritual”, y abarca mucho más de lo que el lector común puede discernir a primera vista. “Porque el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios, porque le son necedad; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14). Solamente pueden comprender su inmensa amplitud aquellos que meditan en la ley de Dios con oración. Unos pocos textos de la Escritura bastarán para mostrarnos algo de su inmensidad.

En el sermón del monte, Cristo dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás. El que mata será culpado del juicio. Pero yo os digo, cualquiera que se enoje con su hermano, será culpado del juicio; cualquiera que diga a su hermano: Imbécil, será culpado ante el sanedrín. Y cualquiera que le diga: Fatuo, estará en peligro del fuego del infierno” (Mat. 5:21 y 22). Y otra vez: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo, el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (vers. 27 y 28).

Esto no significa que los mandamientos “No matarás” y “No cometerás adulterio” sean imperfectos, o que Dios requiera ahora de los cristianos un mayor grado de moralidad del que requirió de su pueblo cuando se les llamaba Judíos. Requiere lo mismo de todo ser humano, en todo tiempo. Lo que hizo el Salvador fue simplemente explicar estos mandamientos, y mostrar su espiritualidad. A la acusación tácita de los Fariseos de que él ignoraba y denigraba la ley moral, contestó diciendo que él vino con el propósito de establecer la ley, y que no podía ser abolida; y después explicó el verdadero significado de la ley en una manera en que los convenció de estarla ignorando y desobedeciendo. Mostró que aun una mirada o un pensamiento pueden ser una violación de la ley, y que ésta discierne en verdad los pensamientos y las intenciones del corazón.

Cristo no reveló con ello una verdad nueva, sino que sacó a la luz y descubrió una antigua verdad. La ley significaba tanto cuando él la proclamó desde el Sinaí, como cuando la explicó en aquel monte de Judea. Cuando, en tonos que sacudieron la tierra, dijo: “No matarás”, significaba: “No cobijarás ira en el corazón; no consentirás en la envidia, la contención, ni ninguna cosa que esté, en el más mínimo grado, emparentada con el homicidio”. Todo esto y mucho más está contenido en las palabras “No matarás”. Y así lo enseñó la Palabra inspirada del Antiguo Testamento. Salomón mostró que la ley tiene que ver tanto con las cosas invisibles como con las visibles, al escribir:

“El fin de todo el discurso, es éste: Venera a Dios y guarda sus Mandamientos, porque éste es todo el deber del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, incluyendo toda cosa oculta, buena o mala” (Ecl. 12:13 y 14).

Este es el argumento: el juicio alcanza a toda cosa secreta; la ley de Dios es la norma en el juicio; es decir, determina la calidad de cada acto, sea bueno o malo; por lo tanto, la ley de Dios prohíbe la maldad tanto en los pensamientos como en los actos. Así pues, concluimos que los mandamientos de Dios contienen todo el deber del hombre.

Dice el primer mandamiento: “No tendrás otros dioses fuera de mí”. El apóstol se refiere en Filipenses 3:19 a algunos cuyo “dios es el vientre”. Pero la glotonería y la intemperancia son homicidio contra uno mismo; y así vemos que el primer mandamiento se extiende hasta el sexto. Hay más, también nos dice que la codicia es idolatría (Col. 3:5). No es posible violar el décimo mandamiento sin violar el primero y el segundo. En otras palabras, el décimo mandamiento converge con el primero, y resulta que el decálogo viene a ser un círculo cuya circunferencia es tan abarcante como el universo, y que contiene dentro de sí el deber moral de toda criatura. En suma, es la medida de la justicia de Dios, quien habita la eternidad.

Es pues evidente la pertinencia de la declaración: “los hacedores de la ley serán justificados”. Justificar significa hacer justo, o demostrar la justicia de alguien. Es evidente que la obediencia perfecta a una ley justa constituiría a uno en una persona justa. El designio de Dios era que todas sus criaturas rindieran una obediencia tal a la ley, y así es como la ley fue ordenada para dar vida (Rom. 7:10).

Pero para que uno fuese juzgado como “hacedor de la ley” sería necesario que hubiese guardado la totalidad la ley en cada momento de su vida. De no alcanzar esto, no se puede decir que haya cumplido la ley. Nadie puede ser un hacedor de la ley si la ha cumplido sólo en parte. Es un hecho triste, pero cierto, que no hay en la raza humana un sólo hacedor de la ley, porque los Judíos y los Gentiles están “todos bajo pecado; pues está escrito: No hay justo ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, se echaron a perder. No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (Rom. 3:9-12). La ley habla a todos los que están dentro de su esfera; y en todo el mundo no hay uno que pueda abrir su boca para defenderse de la acusación de pecado que pesa contra él. Toda boca queda enmudecida, y todo el mundo resulta culpable ante Dios (vers. 19), “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (vers. 23).

Por lo tanto, aunque “los hacedores de la ley serán justificados”, es de todo punto evidente que “por las obras de la Ley ninguno será justificado delante de él; porque por la Ley se alcanza el conocimiento del pecado” (vers. 20). La ley, siendo “santa y justa y buena”, no puede justificar al pecador. Es decir, una ley justa no puede declarar que el que la viola es inocente. Una ley que justificara a un hombre malo, sería una ley mala. No hay nada que criticar en el hecho de que la ley no pueda justificar a los pecadores. Al contrario: eso la exalta. El hecho de que la ley no declarará justos a los pecadores -no dirá que los hombres la han guardado, siendo que la han violado–, es en sí evidencia suficiente de que es una ley buena. Los hombres aplauden a un juez terrenal incorruptible, uno que no puede ser sobornado, y que no declara inocente al hombre culpable. Por lo mismo, debieran glorificar la ley de Dios, que no presta falso testimonio. Es la perfección de la justicia, y por lo tanto está forzada a manifestar el triste hecho de que nadie de la raza de Adán ha cumplido sus requerimientos.

Más aun, el hecho de que cumplir la ley sea precisamente el deber del hombre implica que tras no haberlo alcanzado en un punto particular, no haya ya recuperación posible. Los requerimientos de cada precepto de la ley son tan amplios -toda la ley es tan espiritual-, que un ángel no podría rendir más que simple obediencia. Además, la ley es la justicia de Dios, una trascripción de su carácter, y puesto que su carácter no puede ser diferente de lo que es, resulta que ni Dios mismo puede ser mejor que la medida de bondad que su ley demanda. Él no puede ser mejor de lo que es, y la ley declara lo que él es. ¿Qué esperanza hay entonces para uno que ha fallado, aunque sea en un precepto? ¿Cómo podría añadir suficiente bondad como para recobrar la medida completa? Aquel que intenta hacer eso se entrega a la absurda pretensión de ser mejor de lo que Dios requiere: Sí, ¡aun mejor que Dios mismo!

Pero no es simplemente en un particular donde el ser humano han fallado. Ha errado en todo particular. “Todos se desviaron, se echaron a perder. No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno”. Y no sólo eso, sino que es imposible para el hombre caído, con su poder debilitado, hacer ni un sólo acto que esté a la altura de la norma perfecta. Lo anterior no necesita más prueba que volver a recordar el hecho de que la ley es la medida de la justicia de Dios. De seguro no hay nadie tan presuntuoso como para reclamar que ningún acto de su vida haya sido o pueda ser tan bueno como si hubiera sido hecho por el Señor mismo. Todos deben decir con el salmista, “Fuera de ti no hay bien para mí” (Sal. 16:2).

Este hecho está implícito en claras declaraciones de la Escritura. Cristo, quien “no necesitaba que nadie le dijera nada acerca de los hombres, porque él sabía lo que hay en el hombre” (Juan 2:25), dijo: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricias, maldades, engaños, vicios, envidias, chismes, soberbia, insensatez; todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre” (Mar. 7:21-23). En otras palabras, es más fácil hacer el mal que hacer el bien, y las cosas que una persona hace de forma natural, son maldad. La maldad yace en lo íntimo, es parte del ser. Por lo tanto, dice el apóstol: “La mente carnal [o natural] es contraria a Dios, y no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. Así, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Rom. 8:7 y 8). Y en otro lugar: “Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne. Los dos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais” (Gál. 5:17). Puesto que la maldad es parte de la misma naturaleza del hombre, siendo heredada por cada individuo según una larga línea de antecesores pecadores, es evidente que cualquier justicia que proceda de él debe consistir solamente en “trapos de inmundicia” (Isa. 64:6) al ser comparada con la ropa inmaculada de la justicia de Dios.

El Salvador ilustró la imposibilidad de que las buenas obras procedan de un corazón pecaminoso en términos tan inequívocos como estos: “No hay buen árbol que dé mal fruto, ni árbol malo que dé buen fruto. Cada árbol se conoce por su fruto. No se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El buen hombre, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno. Y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Luc. 6:44 y 45). Es decir, un hombre no puede hacer el bien hasta no haber sido primeramente hecho bueno. Por lo tanto, los actos realizados por una persona pecaminosa no tienen posibilidad alguna de hacerlo justo; al contrario, proviniendo de un corazón impío, son actos impíos, añadiéndose así a la cuenta de su pecaminosidad. Sólo maldad puede venir de un corazón malo, y la maldad multiplicada no puede resultar en un solo acto bueno; por lo tanto, es vana la esperanza de que una persona mala pueda venir a ser hecha justa por sus propios esfuerzos. Primero debe ser hecha justa, antes de que pueda hacer el bien que se le requiere, y que desearía hacer.

El asunto queda pues así: (1) La ley de Dios es perfecta justicia, y se demanda perfecta conformidad con ella a todo aquel que quiera entrar al reino de los cielos. (2) Pero la ley no tiene una partícula de justicia que poder dar a hombre alguno, porque todos son pecadores e incapacitados para cumplir con sus requerimientos. Poco importa cuán diligentemente o con cuánto tesón obre el ser humano, nada de lo que puede hacer es suficiente para colmar la plena medida de las demandas de la ley. Es demasiado elevada como para que él la alcance; no puede obtener justicia por la ley. “Por las obras de la Ley ninguno será justificado -hecho justo- ante él”. ¡Qué condición tan deplorable! Debemos obtener la justicia que es por la ley, o no podemos entrar al cielo. Y sin embargo, la ley no tiene justicia para ninguno de nosotros. No premiará nuestros esfuerzos más persistentes y enérgicos con la más pequeña porción de esa santidad que es imprescindible para ver al Señor.

¿Quién, entonces, puede ser salvo? ¿Puede existir una cosa tal como personas justas? –Sí, porque la Biblia habla con frecuencia de ellas. Habla de Lot como “aquel hombre justo”. Leemos: “Decid al justo que le irá bien, porque comerá del fruto de sus acciones” (Isa. 3:10), indicando de esta manera que habrá personas justas que recibirán la recompensa; y se declara llanamente que habrá por fin una nación justa: “En aquel día cantarán este canto en tierra de Judá: Fuerte ciudad tenemos. Salud puso Dios por muros y antemuro. Abrid las puertas, y entrará la gente justa, guardadora de verdades”. (Isa. 26:1 y 2). David dijo: “Tu ley es la verdad” (Sal. 119:142). No es solamente verdad, sino que es la suma de toda la verdad. En consecuencia, la nación que guarda toda la verdad será una nación que guarda la ley de Dios. Estará formada por hacedores de su voluntad, y entrarán en el reino de los cielos (Mat. 7:21).

Cristo, el Legislador

“Porque el Eterno es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Eterno es nuestro Rey; él mismo nos salvará” (Isa. 33:22).

Consideremos ahora a Cristo en otro aspecto distinto, aunque en realidad no sea realmente diferente. Se trata de la consecuencia natural de su posición como Creador, porque el que crea -de crear- debe ciertamente tener autoridad para guiar y controlar. Leemos en Juan 5:22 y 23 las palabras de Cristo: “El Padre a nadie juzga, sino que confió todo el juicio al Hijo; para que todos honren al Hijo como honran al Padre”. Tal como Cristo es la manifestación del Padre en la creación, así es también la manifestación del Padre legislando y ejecutando la ley. Unos pocos textos de la Escritura bastarán para probarlo.

En Números 21:4-6 tenemos el relato parcial de un incidente sucedido mientras los hijos de Israel estaban en el desierto. Es éste: “Después partieron del monte Hor, camino del Mar Rojo, para rodear el país de Edom. Y el pueblo se impacientó por el camino. Y hablaron contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para morir en este desierto, donde no hay pan ni agua? Ya estamos cansados de este pan tan liviano. Y el Eterno envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo y murió mucha gente de Israel”. El pueblo habló en contra de Dios y en contra de Moisés, diciendo: ‘¿Por qué nos has traído al desierto?’ Encontraron defecto en su dirigente. Es por ello que fueron atacados por las serpientes. Ahora leamos las palabras del apóstol Pablo referentes al mismo evento:

“Ni tentéis a Cristo, como algunos de ellos lo tentaron, y perecieron por las serpientes” (1 Cor. 10:9). ¿Qué prueba esto? -Que Cristo era el dirigente contra quien estaban murmurando. Eso queda aún más claro por el hecho de que Moisés se puso del lado de Israel, rehusando ser llamado el hijo de la hija del Faraón, y estimó el reproche de Cristo mayor riqueza que los tesoros de Egipto (Heb. 11:26). Lee también 1 Cor. 10:4, donde Pablo dice que los padres “todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la Roca espiritual que los seguía, y la Roca era Cristo”. Así pues, Cristo era el dirigente de Israel desde Egipto.

El tercer capítulo de Hebreos da fe del mismo hecho. Allí se nos invita a considerar al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús, quien fue fiel en toda su casa, no como un sirviente, sino como Hijo sobre su propia casa (vers. 1 al 6). Se nos dice a continuación que nosotros somos su casa, si retenemos nuestra confianza firme hasta el fin. Por lo tanto, el Espíritu Santo nos exhorta a oír su voz y a no endurecer nuestros corazones, tal como hicieron los padres en el desierto. “Porque hemos llegado a ser participantes de Cristo, si retenemos firme el principio de nuestra confianza hasta el fin. Entre tanto que se dice: ‘Si hoy oís su voz, [la de Cristo], no endurezcáis vuestro corazón como en la provocación’”. ¿Quienes fueron los que, habiendo oído, lo provocaron? ¿No fueron todos los que habían salido de Egipto con Moisés? ¿Con quiénes estuvo Dios [Cristo] enojado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? (vers. 14 al 17). Se presenta aquí nuevamente a Cristo como el dirigente y comandante de Israel en sus cuarenta años de peregrinación por el desierto.

Vemos lo mismo en Josué 5:13 al 15, donde leemos que aquel hombre a quien Josué vio cerca de Jericó blandiendo una espada desenvainada en su mano, en respuesta a la pregunta de Josué, “¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?”, dijo: “No. Yo Soy el Príncipe del ejército del eterno, que he venido.” En verdad, nadie se atreverá a discutir que Cristo fue el auténtico dirigente de Israel, aunque invisible. Moisés, el dirigente visible de Israel, “se sostuvo como quien ve al Invisible”. Fue Cristo quien comisionó a Moisés a ir y libertar a su Pueblo. Leamos ahora Éxodo 20:1 al 3:

“Entonces Dios habló estas palabras: ‘Yo Soy el Eterno tu Dios, que te saqué de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás otros dioses fuera de mí'”. ¿Quién habló estas palabras? -Aquel que los sacó de Egipto. Y ¿quién era el dirigente de Israel desde Egipto? Era Cristo. Entonces, ¿quién pronunció la ley desde el Sinaí? -Cristo, el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su ser real, quien es la manifestación de Dios al hombre. Fue el Creador de todo cuanto haya sido creado, y Aquel a quien se encomendó todo el juicio.

Hay otra forma de llegar a la demostración de este punto: Cuando el Señor venga, será con aclamación (1 Tes. 4:16). Su voz penetrará las tumbas y resucitará a los muertos (Juan 5:28 y 29). “El Eterno bramará desde lo alto, desde su santa morada dará su voz. Bramará con fuerza contra su tierra. Canción de lagareros cantará contra todos los habitantes de la tierra. El estruendo llegará hasta el fin de la tierra; porque el Eterno tiene juicio contra las naciones. Él es el Juez de toda carne, y entregará a los impíos a espada -dice el Eterno” (Jer. 25:30 y 31). Comparando esto con Apocalipsis 19:11 al 21, donde Cristo como Comandante de los ejércitos celestiales, el Verbo de Dios, Rey de reyes, Señor de señores, sale a pisar el lagar del vino del furor de la ira del Dios Todopoderoso, destruyendo a todos los impíos, reconocemos que es Cristo quien “brama” desde su morada contra todos los habitantes de la tierra, al entrar en controversia con las naciones. Joel añade algo más, al decir, “El eterno bramará desde Sión, tronará desde Jerusalén, y temblarán el cielo y la tierra” (Joel 3:16).

A partir de estos textos, a los que cabría añadir otros, vemos que en la venida del Señor a libertar a su pueblo, él habla con una voz que hace temblar la tierra y el cielo: “vacilará la tierra como un borracho, será removida como una choza” (Isa. 24:20), y “los cielos desaparecerán con gran estruendo” (2 Ped. 3:10). Leamos ahora Hebreos 12:25 y 26:

“Mirad que no desechéis al que habla. Porque si aquellos que desecharon al que hablaba en la tierra, no escaparon; mucho menos nosotros, si desecháramos al que habla desde el cielo. En aquel entonces, su voz sacudió la tierra. Pero ahora prometió: Aún una vez, y sacudiré no sólo la tierra, sino aun el cielo”.

La ocasión en la que la voz sacudió la tierra fue al promulgar la ley al pie del Sinaí (Éx. 19:18-20; Heb. 12:18-20), un acontecimiento sobrecogedor sin paralelo hasta hoy, y que no lo tendrá hasta que el Señor venga con todos los ángeles del cielo a salvar a su pueblo. Pero observemos: la misma voz que entonces sacudió la tierra, sacudirá en el tiempo venidero, no solamente la tierra sino también el cielo; y hemos visto que es la voz de Cristo que atronará hasta el punto de hacer temblar el cielo y la tierra, en el desenlace de su controversia con las naciones. Por lo tanto, queda demostrado que fue la voz de Cristo la que se hizo oír en el Sinaí, proclamando los diez mandamientos. Esto coincide exactamente con la conclusión lógica de lo ya comentado a propósito de Cristo como Creador y Hacedor del sábado.

En efecto, el hecho de que Cristo sea parte de la divinidad, poseyendo todos los atributos de ella, igual al Padre a todo respecto como Creador y Legislador, es la razón básica del poder de la expiación. Solamente así es posible la redención. Cristo murió “para llevarnos a Dios” (1 Ped. 3:18); pero si le hubiera faltado un ápice para ser igual a Dios, no nos hubiera podido traer a Dios. La divinidad significa la posesión de los atributos de la Deidad. Si Cristo no hubiese sido divino, entonces habríamos tenido solamente un sacrificio humano. Poco importa que se conceda el que Cristo fuese la más grande inteligencia creada en el universo; en ese caso hubiera sido meramente un ser en obligación de lealtad a la ley, sin posibilidad de mayor virtud que la de cumplir su propio deber. No habría podido tener justicia que impartir a otros. Hay una distancia infinita entre el más exaltado ángel que jamás haya sido creado, y Dios; por lo tanto, el ángel más exaltado que quepa imaginar no podía levantar al hombre caído y hacerlo partícipe de la naturaleza divina. Los ángeles pueden ministrar, pero sólo Dios puede redimir. A Dios sean dadas gracias por salvarnos “por la redención que hay en Cristo Jesús,” en quien habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y quien es en consecuencia capaz de salvar hasta lo sumo a los que vienen a Dios por él.

Esta verdad contribuye a un más perfecto entendimiento de la razón por la que se denomina a Cristo “el Verbo de Dios”. Es por medio de él como la voluntad y el poder divinos se dan a conocer a los hombres. Él es –por así decirlo– el portavoz de la divinidad, la manifestación de Dios. Es él quien declara –da a conocer– a Dios al hombre. Plugo al Padre que en él morara toda plenitud; y así, el Padre no es relegado a una posición secundaria, como algunos imaginan, cuando Cristo es exaltado como Creador y Legislador; ya que la gloria del Padre brilla precisamente a través del Hijo. Siendo que Dios se da a conocer solamente a través de Cristo, es evidente que el Padre no puede ser honrado como debiera serlo, por aquellos que dejan de exaltar a Cristo. Como él mismo dijo, “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió” (Juan 5:23).

Te preguntas cómo puede Cristo ser el Mediador entre Dios y el hombre, y también el Legislador. No hemos de explicar el cómo, sino aceptar el relato de las Escrituras de que es así. Y el que sea así es lo que da solidez a la doctrina de la expiación. La garantía que tiene el pecador del perdón completo y gratuito, descansa en el hecho de que el Legislador mismo, Aquel contra quien se ha rebelado y ha desafiado, es el que se dio por nosotros. ¿Cómo es posible que alguien ponga en duda la honestidad del propósito de Dios, o su voluntad perfecta para con los hombres, cuando se dio a sí mismo por su redención? Porque no hay que imaginar que el Padre y el Hijo estuviesen separados en esta obra. Fueron Uno en esto, como en todo lo demás. El consejo de paz fue entre los dos (Zac. 6:12 y 13), y aun estando aquí en la tierra, el Hijo unigénito estaba en el seno del Padre.

¡Qué maravillosa manifestación de amor! El Inocente sufrió por el culpable; el Justo por el injusto; el Creador por la criatura; el Hacedor de la ley, por el transgresor de la ley; el Rey, por sus súbditos rebeldes. Puesto que Dios no eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas? El Amor infinito no pudo encontrar mayor manifestación de sí. Bien puede decir el Señor, “¿Que más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho?”

¿Qué es el pecado?

Texto de meditación: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La ley de Dios define la diferencia entre el bien y el mal, entre el pecado y la justicia. Como Pablo lo explicó, “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

¿Cuál es el meollo de la ley de Dios?

“Y [Dios] escribió en las tablas . . . los diez mandamientos que el Eterno os había hablado en el monte de en medio del fuego, el día de la asamblea; y me las dio el Eterno” (Deuteronomio 10:4).

Todos los mandamientos y otras leyes de las Escrituras están basados en los principios que se encuentran en el Decálogo, y éste a su vez está basado en dos grandes principios de amor que reflejan el carácter de Dios (Mateo 22:37-40; comparar con 1 Juan 4:8, 16; Romanos 13:9-10).

Cometer pecado es comportarse de una manera que no muestra amor por Dios o por el prójimo. Daña a otros, así como a nosotros mismos. (Si desea una explicación más detallada acerca del daño que causa quebrantar los mandamientos de Dios, y los beneficios que podemos cosechar cuando los guardamos, no vacile en solicitarnos un ejemplar gratuito del folleto Los Diez Mandamientos; o si prefiere, puede descargarlo directamente de nuestro portal en Internet.)

Para llegar a ser convertidos, ¿qué es lo que tenemos que hacer primero?

“Mas el impío, si se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todos mis estatutos e hiciere según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá” (Ezequiel 18:21).

Para convertirnos —volvernos del pecado y recibir el perdón de Dios y su santo Espíritu— debemos dejar de transgredir sus leyes y empezar a cultivar el hábito de la justicia por medio de la obediencia. “Y cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; si él se convirtiere de su pecado, e hiciere según el derecho y la justicia, si el impío restituyere la prenda, devolviere lo que hubiere robado, y caminare en los estatutos de la vida, no haciendo iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá. No se le recordará ninguno de sus pecados que había cometido; hizo según el derecho y la justicia; vivirá ciertamente” (Ezequiel 33:14-16).

¿Cuán extendido está el pecado?

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12; comparar con v. 23).

La Biblia dice que todos hemos cedido a los deseos y sentimientos egocéntricos de la naturaleza humana y hemos violado las leyes de Dios.

Analicemos ahora cómo la Biblia describe varios aspectos del pecado, y al mismo tiempo nos explica por qué pecamos.

¿Son más obvios algunos pecados que otros?

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Casi cualquier persona entiende que un comportamiento extremadamente hostil, agresivo o desenfrenado es algo dañino. Pero no todos reconocen tan claramente cuál es el origen de semejante comportamiento. Por lo tanto, algunos aspectos del pecado no son tan obvios como aquellos que Pablo describe en su carta a los gálatas.

¿En dónde comienza el pecado?

“Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos . . .” (Mateo 15:18-19).

El pecado comienza en la mente; comienza con pensamientos, actitudes y deseos nocivos. Pablo nos dice que “todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3; comparar con Romanos 1:28-32; Gálatas 5:24; Colosenses 3:5-9).

¿Dio Jesús ejemplos claros de esa clase de pecados?

“Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:22).

“Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6).

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

La desobediencia a las leyes de Dios siempre comienza en la mente. Para ilustrar este principio Jesús citó los peligros de la ira, la hipocresía y la lujuria. El apóstol Pedro también entendió que el pecado es el producto del pensamiento corrompido. Cuando reprendió a Simón el mago, lo exhortó: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón”(Hechos 8:22; comparar con Salmos 81:11-13).

¿Es pecado obrar en contra de nuestra conciencia?

“Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:5).

“. . . Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14:23).

Nuestra conciencia es simplemente lo que creemos que está bien o mal, ya sea cierto o no. Cuando obramos en contra de nuestra conciencia hacemos algo que pensamos que no deberíamos hacer, y así nos acomodamos a lo que pensamos que está mal. Pablo dice que hacer esto también es pecado.

Enfatizamos que nadie tiene discernimiento innato del bien y del mal. Como hemos visto en este curso, el verdadero entendimiento del bien y del mal proviene del conocimiento de la ley de Dios. Este conocimiento se convierte en parte de nuestra conciencia. Si actuamos de manera contraria a este conocimiento, bien sea en el espíritu o en la letra, pecamos. Pablo también nos advirtió: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:1-2). Si continuamos pecando después de conocer y entender la verdad, corremos el riesgo de “cauterizar” nuestra conciencia volviéndonos insensibles al pecado y endureciéndonos hacia Dios.

¿Es posible que pensemos que somos más justos de lo que somos?

“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros . . .”(Lucas 18:9).

En la parábola que comienza en el versículo siguiente, Jesús describe a dos hombres, cada uno de los cuales se veía a sí mismo de una manera diferente. Jesús muestra lo fácil que es creerse justo cuando en realidad no lo es. “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (vv. 10-13).

El fariseo, miembro de una respetada institución religiosa, guardaba los requerimientos externos de la ley. Parecía justo ante los demás, pero no captaba el propósito fundamental de las leyes de Dios: amar y respetar al prójimo. En su corazón aún despreciaba a otras personas. Señalaba su obediencia externa para exaltarse sobre los demás, en lugar de cultivar el amor genuino hacia ellos.

En cambio, el publicano, quien ejercía una profesión despreciada que era notoria por engañar a la gente, podía entender que era pecador. Vino delante de Dios arrepentido, buscando su misericordioso perdón de tal forma que pudiera comenzar una nueva vida. Jesús concluyó la parábola diciendo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (v. 14). Sólo aquellos que se humillan lo suficientemente como para reconocer sus actitudes, deseos y motivos pecaminosos pueden encontrar el arrepentimiento verdadero. Aquellos que se consideran justos ante sus propios ojos seguirán espiritualmente ciegos.

¿Se cambió en el Nuevo Testamento el sábado por el domingo?

No hay evidencia en el Nuevo Testamento de que el sábado haya sido cambiado por el domingo. Hay en cambio una evidencia consistente de la continuidad del séptimo día, el sábado.

 

Desde el principio de la creación (Génesis 2:1-3), el sábado fue establecido como un día especial en beneficio de toda la humanidad. Dios descansó en el séptimo día de la semana y lo santificó (lo apartó para un propósito divino) como una bendición para el mundo entero. Más tarde, el sábado fue confirmado por Dios como parte de su pacto con el pueblo de Israel (del cual los judíos eran tan solo una tribu), lo cual se relata en Éxodo 20:8-11 y Deuteronomio 5:12-15.

En Mateo 5:17-18, Jesús dijo que no vino a la tierra “para abrogar [disolver, deponer o echar abajo] la ley o los profetas”. Jesús dijo que venía para cumplir su propósito de convertirse en nuestro Salvador y no para cambiar o anular ninguna de las leyes que regulan nuestra relación con Dios y nuestra convivencia unos con otros. Es más, Cristo enfatizó en que ni siquiera una letra de la ley (jota o tilde) pasaría antes de que su plan se cumpliese.

En Marcos 2:27, Jesús se refirió nuevamente a la creación del sábado, diciéndoles a los fariseos: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo”. Es claro que el sábado fue hecho (creado o establecido) para el beneficio de toda la humanidad, no sólo para los judíos. Y ya que el sábado fue hecho para el hombre, mientras haya seres humanos, el sábado seguirá siendo parte de la creación y de nuestra conexión con Dios.

El versículo 28 dice: “Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo [sábado]”. En otras palabras, el sábado es el verdadero “Día del Señor”.

Lucas 4:16 demuestra que Jesús acostumbraba (era su hábito o costumbre) observar el sábado. A pesar de las constantes acusaciones de los fariseos por lo que hacía en sábado, Cristo nunca dejó de guardar el día de reposo, ni manifestó la necesidad o intención de cambiar su observancia al domingo.

El Nuevo Testamento cubre seis décadas de la Iglesia después de la muerte de Jesús. No menciona por ninguna parte que se hubiera cambiado el día de adoración para el primer día de la semana.

Los seres humanos no tienen autoridad para “santificar” un día, ni para determinar qué día es santo; sólo Dios puede hacer esto. Y, según las Sagradas Escrituras, el único día apartado por Dios para descansar y adorarle es el séptimo día de la semana (Génesis 2:2-3).

Ejemplo de Pablo predicando en sábado

El apóstol Pablo viajaba constantemente a lo largo del mundo gentil predicando el Evangelio. Debido a esto, a menudo se encontraba con judíos y gentiles y les instruyó sobre el Evangelio de Cristo los días sábado.

En Hechos 13 encontramos un ejemplo de esto. “Ellos [Pablo y sus compañeros, v. 13], pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad. Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dijo: Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd” (vv. 14-16). Luego, Pablo les predicó a cerca de Jesucristo (vv. 17-41).

Note el versículo 42: “Cuando salieron ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo [sábado] les hablasen de estas cosas”. Si la Iglesia del Nuevo Testamento guardaba el domingo en lugar del sábado, ¿por qué Pablo no les dijo que podían reunirse al día siguiente, que era domingo (el primer día de la semana), en lugar de esperar una semana? Claramente, el apóstol Pablo seguía respetando la observancia del séptimo día, sábado, aun entre los gentiles. El versículo 44 relata que “El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios”. Por lo tanto, este pasaje no presenta evidencia de que Pablo quisiera cambiar el día de reposo a domingo, lo cual es consistente en referencias similares.

Otros relatos de Pablo predicando en la sinagoga en día sábado se encuentran en Hechos 14:1; 17:2, 10 y 18:4. Algunas personas dicen que Pablo iba a la sinagoga porque la gente se reunía ahí para adorar a Dios, y están en lo correcto. Sin embargo, el apóstol seguía asistiendo a las reuniones en sábado. Además, no existe evidencia de que Pablo enseñara que ya no era necesario observar el sábado y que en adelante tendrían servicios en el primer día de la semana.

No obstante, hay algunos pasajes bíblicos que a menudo se usan como supuesta prueba de que el día de adoración fue cambiado a domingo.

Sabado o domingo: ¿qué podemos decir de Hechos 20:7?

“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche”.

Con frecuencia se piensa que este versículo detalla una reunión de comunión de la Iglesia llevada a cabo en el primer día de la semana.

El significado de “partir el pan”

Lo primero que se asume es que “partir el pan” significa hacer una reunión de comunión. Pero, si bien el partimiento del pan es un acto relacionado con la Pascua (1 Corintios 10:16; 11:23-24), cuando se habla de “partir el pan” en las Escrituras, esto normalmente significa realizar una comida.

En Hechos 20:9-11, podemos leer que, durante esa comida en particular, un joven fue resucitado milagrosamente luego de haber caído por la ventana de un tercer piso. Luego vemos que Pablo, “Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió” (v. 11). Esto no significa que hizo otro servicio de comunión pocas horas después del primero, sino que volvió a comer luego de la primera comida que se relata en el versículo 7.

Otro ejemplo que ilustra el significado de “partir el pan” se encuentra en Hechos 27:27-37. En este episodio, Pablo se encontraba en un barco que pasó por una tormenta de dos semanas (v. 27) durante las cuales los marineros no comieron por tratar de mantener la nave a flote. Debido a esto, Pablo les aconsejó que comieran para reponer sus fuerzas:

“Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: Este es el decimocuarto día que veláis y permanecéis en ayunas, sin comer nada. Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud; pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá. Y habiendo dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer. Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también” (vv. 33-36).

“Partir el pan” significa participar de una comida, no realizar un servicio religioso. Pablo dio gracias, los hombres comieron y quedaron satisfechos.

No fue un servicio de adoración en domingo

Analicemos la hora en que se realizó la reunión relatada en Hechos 20. ¿Acaso el apóstol Pablo comenzó un servicio de adoración el domingo por la mañana y predicó hasta la media noche (v. 7)? Hay una respuesta más lógica que esta.

Según la tradición judía, un día comienza a la puesta de sol, por lo que la frase “primer día de la semana” podría referirse al comienzo de este día, o lo que nosotros conocemos como la noche del sábado. En el versículo 8, leemos que “había muchas lámparas en el aposento alto”, dado que estaba oscuro.

Pablo se reunió con ellos para comer todos juntos y, sabiendo que se iría del lugar a la mañana siguiente, aprovechó la oportunidad de hablar al grupo hasta la media noche. Luego de que el joven cayera del tercer piso (vv. 9-10), tomaron un descanso, volvieron a comer y Pablo siguió hablando con ellos hasta el amanecer del domingo. Posteriormente, inició su viaje (v. 11).

Es claro que esta reunión ocurrió entre un sábado y un domingo y no fue un servicio de comunión en domingo.

¿Se refiere al sábado Romanos 14?

Romanos 14 se utiliza con frecuencia para decir que la Iglesia del Nuevo Testamento enseñaba que el sábado era igual que cualquier otro día: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (v. 5). Un análisis cuidadoso de este capítulo demuestra que el apóstol Pablo no estaba reduciendo el estatus del sábado al de un día cualquiera de la semana.

En el versículo 1 se declara el tema principal de todo el capítulo, “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones”.

Tal como sucede en cualquier congregación, la Iglesia en Roma estaba compuesta tanto por personas experimentadas y fuertes en la fe como por personas menos experimentadas y más débiles. Pablo estaba instruyendo a las personas de más experiencia sobre ser pacientes y comprensivas con quienes eran más inmaduros espiritualmente. En este capítulo, el apóstol aborda tres temas que podían ser controversiales y los describe como “opiniones”. Pablo explica que las decisiones con respecto a estos eran de índole personal y advierte que no debían juzgar severamente a otros por diferencias de opinión.

El resto de este capítulo se desarrolla en el mismo contexto. En el versículo 10, Pablo escribe “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo”. Más adelante reitera, “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (v. 13). Y luego, en Romanos 15:1, continúa, “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos”.

El primer tema que el apóstol Pablo trata en este capítulo es qué comer y qué no en los días de ayuno (Romanos 14:2-3). Luego, Pablo se refiere a ciertos días que habían sido elegidos para realizar festividades o ayunar en base a razones personales o tradición (vv. 5-6). Es probable que algunos creyentes que habían sido fariseos en el pasado tuvieran la costumbre de ayunar una o dos veces a la semana (Lucas 18:12) y, aparentemente, había polémica con respecto a qué día era el más apropiado para festejar o ayunar. Pablo les explicó que esto también era un tema personal y no algo en lo que pudieran juzgarse entre sí. Este dilema tenía que ver solo con festejar o ayunar; el apóstol Pablo no menciona el día sábado en ningún momento.

El tercer debate estaba relacionado con el consumo de animales que habían sido sacrificados a los ídolos (v. 14). Sabiendo que era un tema delicado, Pablo se preocupaba de que los miembros no ofendieran a quienes pensaban que la carne de animales sacrificados a los ídolos era impura. También parece ser que algunas personas pensaban que no debían tomar vino (v. 21). Pablo recordó a quienes comprendían la trivialidad de estas cosas que no debían alardear de su entendimiento para no ofender a quienes no lo tenían. En el versículo 23, se habla de la importancia de una consciencia limpia “Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado”.

Las palabras de Pablo a lo largo de este capítulo advierten a la congregación sobre no juzgarse entre sí en cuanto a temas subjetivos. El día sábado, séptimo día de la semana, nunca es mencionado en el pasaje, pues se sabía que este era un mandamiento indiscutible.

¿Qué podemos decir de 1 Corintios 16:1-2?

“En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas”.

A menudo se piensa que estos versículos hablan de la recolección de ofrenda durante un servicio de adoración en domingo. Sin embargo, esta Escritura no hace referencia a un servicio de adoración.

En este pasaje vemos que el apóstol Pablo solicita a los miembros recolectar la ofrenda en el primer día de la semana, pero esta ofrenda no era para la Iglesia local, sino para “los santos” que tenían necesidad. La situación se describe en Hechos 11:28-30 “Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo”.

En Romanos 15:25-26, vemos otro ejemplo en que Pablo solicitó la recolección de ayuda, esta vez a la congregación de Macedionia y Acaya: “Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos. Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén”.

Un año después de haber pedido esta ofrenda de ayuda especial en Corinto, el apóstol Pablo instó a la Iglesia a seguir ayudando a quienes lo necesitaban:

“Cuanto a la ministración para los santos, es por demás que yo os escriba; pues conozco vuestra buena voluntad, de la cual yo me glorío entre los de Macedonia, que Acaya está preparada desde el año pasado; y vuestro celo ha estimulado a la mayoría. Pero he enviado a los hermanos, para que nuestro gloriarnos de vosotros no sea vano en esta parte; para que como lo he dicho, estéis preparados; no sea que si vinieren conmigo algunos macedonios, y os hallaren desprevenidos, nos avergoncemos nosotros, por no decir vosotros, de esta nuestra confianza. Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra” (2 Corintios 9:1-5).

Pablo nuevamente les pide preparar la ofrenda con anticipación para que pueda ser enviada.

Una vez que comprendemos el contexto de 1 Corintios 16, es claro que la Iglesia no realizaba servicios de adoración semanales en domingo ni recolección de ofrenda todas las semanas. Además, no existe ninguna instrucción para la Iglesia de hacer estas cosas.

El sábado no fue remplazado

Jesucristo guardó el séptimo día de la semana, el sábado, como día de reposo. Luego de su muerte, Sus discípulos y la Iglesia del Nuevo Testamento siguieron observándolo. No existe evidencia bíblica de que el día de adoración haya sido cambiado al domingo.

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