La victoria de la fe

La Biblia dice que “el justo vivirá por la fe”. La justicia de Dios es “revelada de fe en fe” (Rom. 1:17). Nada puede ilustrar mejor el obrar de la fe, que algunos ejemplos provistos para nuestra enseñanza, “para que por la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengamos esperanza” (Rom. 15:4). Consideremos primeramente un evento notable relatado en 2ª de Crónicas capítulo 20:

“Después de esto, los Moabitas y los Amonitas, con algunos Maonitas, vinieron en guerra contra Josafat. Avisaron a Josafat: ‘Viene contra ti una gran multitud de la otra parte del mar y de Siria. Ya están en Hasesón Tamar, que es Engadi'” (vers. 1 y 2).

Este gran ejército atemorizó tanto al rey como al pueblo, pero tomaron la sabia decisión de congregarse “para pedir socorro al Eterno. Vinieron de todas las ciudades de Judá” (vers. 3 y 4). Después vemos la oración de Josafat como dirigente de la congregación, y vale la pena estudiarla con detenimiento, puesto que fue una oración de fe, y contenía en ella misma el comienzo de la victoria:

“Entonces Josafat se puso en pie en la reunión de Judá y Jerusalén, en la casa del Eterno, ante el atrio nuevo. Y dijo: ‘O Eterno, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú el Dios que está en los cielos? Tú riges todos los reinos de las naciones. En tu mano están el poder y la fuerza, y no hay quien te resista'” (vers. 5 y 6).

Excelente comienzo para una oración. Empieza por reconocer al Dios del cielo. Así empieza la oración modelo: “Padre nuestro que estás en los cielos”. ¿Qué significa? –Que Dios, como Dios en el cielo, es el Creador. Conlleva el reconocimiento de su poder sobre todas los reinos del mundo, y también sobre los poderes de las tinieblas; el hecho de estar en el cielo, de ser el Creador, muestra que en su brazo hay poder y fortaleza que nadie puede resistir. El hombre que, en la hora de necesidad, empieza su oración con tal reconocimiento del poder de Dios, tiene ya la victoria de su parte. Observa: Josafat no solamente declaró su fe en el maravilloso poder de Dios, sino que reclamó la fortaleza de Dios apropiándose de ella: “¿No eres tú nuestro Dios?” Cumplió la condición de las Escrituras: “Porque el que se acerca a Dios, necesita creer que existe, y que recompensa a quien lo busca” (Heb. 11:6).

Josafat procedió entonces a rememorar cómo el Señor los había establecido en la tierra, y cómo, no habiéndoles permitido invadir Moab y a Amón, esas naciones habían comenzado a echarlos de la tierra que Dios les había dado en herencia (vers. 7-11). Y después concluyó: “¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros. No sabemos qué hacer, pero a ti volvemos nuestros ojos” (vers. 12). Para el Señor no representa problema alguno el prestar auxilio, sea al poderoso, o al que no tiene fuerzas (2 Crón. 14:11); y puesto que los ojos del Señor recorren toda la tierra para mostrar su fortaleza en favor de aquellos cuyos corazones están completamente entregados a él (2 Crón. 16:9), los que están en necesidad harán bien en confiar solamente en él. La posición de Josafat y su pueblo armonizaba con el mandato apostólico: “Fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2). Él es el principio y el fin, y en sus manos está todo el poder en el cielo y en la tierra.

Ahora, ¿cuál fue el resultado? -El profeta del Señor vino en el poder del Espíritu Santo y dijo: “Oíd, Judá todo, vosotros habitantes de Jerusalén, y tú, rey Josafat. El Eterno os dice así: No temáis ni os amedrentéis ante esta gran multitud; porque la guerra no es vuestra, sino de Dios” (vers. 15). Y entonces se dio la orden de salir de mañana para enfrentar al enemigo y ver la salvación del Señor, puesto que él estaría con ellos.

Viene ahora la parte más importante:

“Cuando se levantaron por la mañana, salieron por el desierto de Tecoa. Y mientras salían, Josafat se puso en pie, y dijo: Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén. Creed al Señor vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados. Y después de consultar con el pueblo, puso a algunos a cantar y alabar al Eterno, vestidos de sus ornamentos sagrados. Mientras el ejército salía, decían: ‘Dad gracias al Eterno, porque su amor es para siempre'” (vers. 20 y 21).

¡Extraña manera de salir al combate! Muy pocos ejércitos han ido alguna vez a la batalla encabezados por una vanguardia como esa. Pero ¿con qué resultado?

“Cuando empezaron a entonar cantos de alabanza, el Eterno puso contra los de Amón, de Moab y del monte Seir, las emboscadas de ellos mismos que habían puesto contra Judá, y se mataron unos a otros. Los de Amón y Moab se levantaron contra los del monte Seir, hasta matarlos y destruirlos. Y cuando acabaron con los del monte Seir, cada cual ayudó a destruir a su compañero. Y cuando los de Judá llegaron al alto que mira al desierto, vieron que la multitud yacía en tierra, todos muertos. Ninguno había escapado” (vers. 22-24).

Si pocos han salido a la batalla con una vanguardia como la del ejército de Josafat, es igualmente cierto que pocos ejércitos se han visto recompensados por una victoria tan grande como aquella. Y no estará de más prestar atención al hecho de la victoria de la fe, tal como ilustra el caso referido. Cuando el enemigo, asegurado en su superioridad numérica, oyó a los Israelitas salir esa mañana cantando y gritando, ¿qué debió deducir? -Que los Israelitas habían recibido refuerzos, y estaban tan fortalecidos que sería inútil enfrentarse a ellos. Fueron así presa del pánico, y cada cual percibió en su vecino a un enemigo.

¿Y acaso no era cierto que Israel había recibido refuerzos? -Desde luego que sí, porque dice el relato que “cuando empezaron a entonar cantos de alabanza, el Eterno puso contra los de Amón, de Moab y del monte Seir, las emboscadas de ellos mismos”. El ejército del Señor, en quien Josafat y su pueblo confiaron, peleó por ellos. Tuvieron refuerzos, y sin duda si sus ojos hubieran sido abiertos, habrían visto, como vio el siervo de Elías en una ocasión, que eran más los que estaban con ellos que los que estaban en su contra.

Pero el punto a destacar es que el Señor puso las emboscadas contra el enemigo cuando Israel empezó a cantar y alabar. ¿Qué significa eso? -Significa que su fe era real. Dieron tanto crédito a la promesa de Dios como al cumplimiento efectivo de la misma. Así, creyeron en el Señor, o más literalmente, edificaron en el Señor, y por lo tanto fueron establecidos o fortalecidos. Con ello dieron fe de la verdad de las palabras: “Y ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4).

Apliquemos ahora esta ilustración al caso del conflicto con el pecado. Somos poderosamente tentados a hacer algo que sabemos malo. Hemos vivido a menudo la dolorosa experiencia de sucumbir a la fuerza de la tentación, de forma que sabemos que no tenemos ningún poder para vencerla. Pero ahora nuestros ojos están puestos en el Señor, quien nos invita a venir con plena confianza al trono de la gracia, para obtener misericordia y oportuno socorro para el tiempo de la necesidad. Así que empezamos a pedir a Dios ayuda en oración. Oramos al Dios que la Biblia nos presenta como el Creador del cielo y la tierra. Empezamos, no con una lúgubre declaración de nuestra debilidad, sino con el gozoso reconocimiento del gran poder de Dios. Habiendo reconocido lo anterior, podemos aventurarnos a expresar nuestra dificultad y nuestra debilidad. Si expresamos nuestra debilidad y nuestra situación desalentadora en primer lugar, nos estamos colocando antes que Dios. Satanás magnifica entonces la dificultad, y nos rodea con sus tinieblas para que no podamos ver más allá de nuestra debilidad, y aunque nuestras súplicas y peticiones sean fervientes y agonizantes, serán en vano, porque carecerán del elemento esencial de creer que Dios existe, y que es todo lo que ha revelado que es. Pero cuando empezamos con el reconocimiento del poder de Dios, entonces podemos declarar nuestra debilidad sin correr ningún riesgo, porque estamos simplemente poniendo nuestra debilidad del lado de su poder, y ese contraste infunde valor.

Entonces, al orar, el Espíritu Santo trae a nuestra mente la promesa de Dios. Puede ser que no recordemos ninguna promesa especial que se adecue exactamente al caso; pero podemos recordar que “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim. 1:15); y que “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gál. 1:4); y podemos saber que esto abarca toda promesa, porque “el que no eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas?” (Rom. 8:32).

Recordamos entonces que Dios puede hablar de las cosas que no son, como si ya fueran. Es decir, si Dios da una promesa, es algo tan seguro como si ya se hubiese cumplido. Y así, sabiendo que nuestra liberación del mal está de acuerdo con la voluntad de Dios (Gál. 1:4), contamos ya la victoria como nuestra, y empezamos a agradecer a Dios por sus “preciosas y grandísimas promesas”. Mientras nuestra fe se aferra de estas promesas y las hace reales, no podemos dejar de alabar a Dios por su maravilloso amor; y mientras estamos haciendo esto nuestras mentes son totalmente apartadas del mal, y la victoria es nuestra. El Señor pone emboscadas contra el enemigo. Nuestra actitud de alabanza muestra a Satanás que hemos obtenido refuerzos; y como él ha “probado” ya la ayuda que se nos proporciona, sabe que no puede hacer nada contra ella, y huye de nosotros. Esto ilustra la fuerza del mandato apostólico:

“Por nada estéis afanosos [es decir, no os acongojéis por nada]; sino presentad vuestros pedidos a Dios en oración, ruego y acción de gracias” (Fil. 4:6).