Gálatas 3:25: No estamos bajo ayo

Las Escrituras dicen: “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él: porque por medio de Ja ley es el conocimiento del pecado” (Rom. 3: 20). La única misión de la ley, es enseñar qué es el pecado. La ilustración del apóstol es magnífica al decir que “la ley ha sido nuestro ayo -conductor-, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gál. 3: 24).
Un “ayo” es la persona encargada de criar y educar a niños y a jóvenes. Del mismo modo, la ley de Dios cumple su única y verdadera misión cuando nos enseña la voluntad de Dios. “Y conoces su voluntad (la de Dios), e instruido por la ley apruebas lo mejor” (Rom. 2: 18). Cuando la ley ha cumplido su definido y único cometido, o sea, enseñarnos la voluntad de Dios, entonces, nos lleva a Cristo, el único que puede perdonar todos nuestros pecados o desobediencias a la ley de Dios (1 Juan 3: 4).
“Mas venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál. 3: 25, 26). Al no estar bajo ayo, ¿significaría que ahora podemos desobedecer la ley de Dios? De ninguna manera, porque la fe no invalida la ley, sino la confirma (Rom. 3: 31; 1 Juan 3: 24; 5: 3).
Para hacerlo más claro, ejemplifiquemos la ilustración del apóstol. Tomemos a los jóvenes que asisten a una universidad con el fin de ser médicos. Se encuentran bajo ayos, sus profesores, quienes les enseñarán todo lo necesario para cumplir correctamente con esa profesión. Cuando los “ayos” comprueban, a través de años de rígidos exámenes y muchas prácticas, que el alumno aprendió medicina, lo gradúan. Este abandona aulas y ayos, porque ahora es doctor. Ya sabe lo que debe hacer y no necesita de sus ayos. ¿Significa eso que ahora podrá hacer lo que se le ocurra en medicina? Algunos lo han hecho y por ello perdieron su derecho a ejercer la profesión. No son más doctores. La rebeldía a la enseñanza de sus ayos, les costó su título.
Algo semejante sucede en relación con la ley de Dios. En calidad de “ayo” nos enseñó qué debíamos hacer para ser hijos de Dios pues no lo éramos. Para que podamos serlo, nos llevó a Cristo y “venida la fe, no estarnos más bajo ayo”. ¿Olvidaremos lo que nos enseñó el “ayo” por estar con Cristo? Porque recibimos el perdón de todos nuestros pecados, ¿nos sentiremos autorizados a desoír todo lo que nos enseñó el “ayo”?
De ninguna manera, porque si estamos con Cristo somos nuevas criaturas, las cosas viejas, nuestra vida de pecados, o desobediencias pasaron y todas las cosas son hechas nuevas (2 Cor. 5: l 7). Se realizó el milagro del nuevo nacimiento: pasamos de desobedientes a obedientes. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4: 13). El poder de Cristo en nosotros hace posible esa maravillosa realidad.