¿Cuál es nuestra condición espiritual natural?

Qué hay dentro de nosotros que nos lleva a pecar?

“Porque el ocuparse de la carne es muerte . . . Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:6-8; comparar con Tito 1:15; Isaías 55:7-8).

Como seres humanos, preferimos hacer las cosas a nuestra manera. A consecuencia de ello, fácilmente podemos adquirir, ya sea conscientemente o no, un resentimiento hacia la autoridad de Dios sobre nosotros (Colosenses 1:21). Esto es especialmente cierto cuando sus instrucciones nos prohíben hacer lo que queremos.

Es fácil, generalmente sin darnos cuenta, convertir estos resentimientos —nuestra hostilidad subyacente hacia lo que podemos percibir como una injerencia desconsiderada de Dios en nuestros asuntos— en una resistencia activa contra sus mandamientos. Simplemente comenzamos a hacer caso omiso de algunas de sus leyes o a reinterpretarlas de tal forma que se ajusten a nuestra propia perspectiva. Así es cómo funciona nuestra naturaleza pecaminosa,más comúnmente llamadanaturaleza humana. Estas actitudes erróneas comienzan en nuestra mente.

Generalmente nuestras actitudes de resentimiento o desobediencia pasan inadvertidas para nosotros hasta el punto en que nos engañamos diciéndonos que no existen. Jeremías comentó: “Nada hay tan engañoso y perverso como elcorazón humano. ¿Quién es capaz de comprenderlo?” (Jeremías 17:9, Versión Popular). Fácilmente nos engañamos y creemos que no estamos haciendo nada malo. Esto es lo que las Escrituras nos dicen: “Cada hombre tiene ante sí un amplio y agradable camino que parece bueno, pero que termina en muerte” (Proverbios 14:12, La Biblia al Día). Nos cegamos ante la gravedad de nuestros propios pecados.

Cada uno de nosotros tiene que enfrentarse con el problema de una mente pecaminosa y engañosa. No hay excepciones. La resistencia a las instrucciones de Dios comienza en nuestros pensamientos y actitudes. Todos hemos pecado. Todos somos culpables.

¿Reconoció Pablo su naturaleza pecaminosa?

“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:14-17).

Pablo entendía muy bien su naturaleza humana y lo engañosa que podía ser. Siendo judío, desde niño se le había enseñado a hacer lo que era correcto. Era consecuente con la educación que había recibido. Sin embargo, cuando Jesucristo le abrió el entendimiento para que se viera a sí mismo como era en realidad, reconoció que estaba engañado con respecto a su propia justicia. Podía ver que había pecado en muchas formas, tanto en acción como en actitud.

Así que concluyó: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (vv. 18-21).

Pablo no se había propuesto pecar deliberadamente. Sin embargo, podía mirar hacia atrás en su vida y reconocer que muchas cosas que había hecho eran de verdad pecaminosas, aunque en aquel tiempo no había entendido que eran erróneas y contrarias a la voluntad de Dios. Al describir su ceguera ante sus propias acciones pecaminosas y su debilidad para resistir al pecado, también estaba describiendo a cada uno de nosotros.

¿Debemos reconocer nuestros pecados y afrontarlos?

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8-10; comparar con Santiago 1:13-15).

Una de nuestras grandes dificultades es reconocer que nuestras actitudes y acciones con frecuencia no son correctas a los ojos de Dios. Podemos convencernos que nuestros propios caminos son buenos y justos. Pero para convertirnos verdaderamente —volvernos a Dios con todo el corazón— debemos examinar cuidadosa y concienzudamente nuestros verdaderos motivos. Debemos reconocer que todos somos susceptibles a deseos que encuentran cabida en nuestro pensamiento y nos incitan al pecado.

Jesús explicó que lo que es más importante para nosotros es lo que suele determinar nuestras acciones. Para dar un ejemplo habló acerca de la codicia: “Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él. Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:13-15).

Lo que más apreciamos determina la forma en que nos comportamos. Cuando nuestro juicio está errado tratamos de justificar nuestra perspectiva y comportamiento, engañándonos a nosotros mismos (Santiago 1:22-24).

¿Cuál es una forma común de autoengaño?

“Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres . . . Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (Marcos 7:6-9; comparar con Colosenses 2:8).

Las tradiciones que no están sólidamente afirmadas en los principios y las leyes de Dios, con frecuencia nos dan excusas para pecar. Ya que parece que todos los demás las practican, tendemos a preguntarnos: ¿Cómo pueden ellos estar equivocados?

Pero en muchas ocasiones sí están equivocados. Jesús mostró que las tradiciones religiosas más populares, que bien pueden tener apariencia justa, pueden realmente disimular el pecado. “Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mateo 15:4-6).

Una de las razones por las cuales murió Jesucristo por nosotros fue para pagar la pena que merecíamos por seguir tradiciones contrarias a las Escrituras. El apóstol Pedro lo confirma: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados devuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:17-19). Es importante que examinemos las tradiciones que seguimos para que estemos seguros de que no están en conflicto con la palabra de Dios.