Mes: febrero 2016

Hebreos 4: Cristo es nuestro reposo

Debemos recordar que originalmente el sábado fue santificado y bendecido antes de que el hombre pecara (Gén. 2: 1-3). De modo que originalmente no pudo ser creado como símbolo de alguna experiencia relacionada con el pecado. Su razón de ser, era recordar a los seres humanos, por la eternidad, la obra maravillosa realizada por el Creador. Cuando en el Sinaí se dio por escrito el mandamiento del reposo semanal, se reiteró el motivo: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo … porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay … ” Exo. 20: 8-11). La observancia del sábado y el matrimonio son dos instituciones divinas establecidas antes de que el pecado entrara en el mundo, y por lo tanto son permanentes.
Sin embargo, encontramos que posteriormente a ambas instituciones se les dio un sentido espiritual: al reposo semanal el de reposo espiritual que encontramos en Cristo, y al matrimonio el de la unión de la iglesia con Cristo. Sobre lo primero escribe Pablo en la epístola a los hebreos (cap. 4). No lo hace para anular el reposo semanal (Heb. 4: 9), sino para ayudar a los hebreos a comprender que necesitaban de Cristo, única fuente de reposo espiritual. Este reposo lo alcanzamos en virtud del perdón de nuestros pecados que solamente Cristo puede dar. Esos pecados de los cuales recibimos perdón, los conocimos a través de la ley de Dios (Rom. 7: 7).

¿Sería razonable, entonces, hablar de reposo en Cristo, si insistiéramos en desobedecer uno de sus mandamientos? Y justamente el sábado, mandamiento dado para ayudarnos a fortalecer y mantener la fe en el Creador y Salvador. Y además cuando sabemos por la Palabra de Dios que faltar a uno es faltar a todos (Sant. 2: 10-12).

Para comprender que una aplicación simbólica que sugiere un mandamiento no anula la obediencia real del mismo, hagamos referencia al mandamiento que defiende la santidad del matrimonio: No cometerás adulterio. Adúltera es la persona que teniendo cónyuge a quien prometió amar y vivir fielmente en el estado de matrimonio, acepta luego a otra u otras personas en su intimidad. Cuando la Biblia hace una aplicación simbólica, indica que los que dicen amar a Dios pero aman al mundo son “almas adúlteras” (Sant. 4: 4).

La iglesia de Dios en todos los tiempos fue comparada muchas veces por los profetas como la esposa del Señor, de modo que su infidelidad a Dios fue considerada adulterio espiritual. Un ejemplo está en los tres primeros capítulos de Oseas. Otro en Apocalipsis 17. Pues bien, si nosotros no participamos del adulterio espiritual dado que vivimos fielmente la vida cristiana, ¿nos permitiría eso ser adúlteros físicamente? La respuesta es tan evidente que parecería innecesario darla.

Sin embargo, podría ser necesario insistir preguntando: ¿Qué es lo más grave, el adulterio espiritual o el físico? Ambos son igualmente graves, porque de no mediar la conversión y el arrepentimiento, son pecados cuya paga es la muerte. El adulterio físico nos hace adúlteros espirituales,o el adulterio espiritual nos prepara para ser adúlteros físicos.
Volviendo ahora al cuarto mandamiento, el del reposo: el hecho de que en Cristo disfrutamos reposo espiritual, ¿nos autoriza a anular el sentido físico que siempre tuvo el mandamiento? Como en el caso anterior, la respuesta es una sola: el sentido espiritual no anula el físico. Y en este caso, afirmaríamos que en mayor grado, desde que el descanso físico indicado en el mandamiento propende a fortalecer el reposo espiritual. Por esa razón, Jesús dijo: “El sábado por causa del hombre es hecho” (Mar. 2: 27). ¿Por causa de qué? Por causa de la vida espiritual del hombre.

Al dejar de lado sus trabajos, obligaciones y presiones de los seis días de la semana, el hombre disfruta de un día de reposo que alivia tensiones, preocupaciones y cansancio, y concede tiempo para el cultivo espiritual.

¿Qué quiso decir el Señor cuando ordenó: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”? Santificar quiere decir: “apartar algo para un uso sagrado”, con lo que se indica su propósito: actividades diferentes a las de los seis días de trabajo. Es el día que dedicamos a la atención de los valores espirituales, dejando de lado los materiales. Nuestra mente y acción se dirigen a lo que fortalece nuestro descanso espiritual. Concurrimos, como Jesús, a la casa de culto (Luc. 4: 16); al!i fortaleceremos la fe con oír su Palabra (Rom. 10: 17). Vivimos un dia sin presiones, porque con nadie tenemos compromisos comerciales o de trabajo. Es el día del Señor (Mar. 2: 28), y por lo tanto nuestros únicos compromisos los tenemos con El.

Al dedicar tiempo para actividades misioneras, atendiendo a enfermos o necesitados como lo hacía Jesús (Mat. 25: 35-40), estamos atendiendo al Señor mismo. Todo esto es posible porque al descansar espiritualmente en Cristo, aceptamos su mandato de descansar físicamente. La ganancia espiritual del sábado, al apartarlo para el Señor, nos prepara para una nueva semana de luchas, pero que con seguridad significarán nuevas victorias.

Cambios del calendario y el sábado

Hay que reconocer que se han producido varios cambios del calendario. ¿No sería posible que por ellos el sábado no sea el que corresponde a la realidad?

El calendario ha sido un instrumento para contar los años, meses y días, inventado por el hombre desde que tenemos conocimiento de su historia. El sol y la luna intervienen en la medición y el fraccionamiento del tiempo (Gén. 1: 14). La semana es una excepción, pues es un período de tiempo marcado por el acto creador realizado por Dios en siete días.

Creemos que no ha habido pérdidas en la cuenta del tiempo, dado que Jesús,  quien reprendió a los judíos por muchos errores o descuidos religiosos, nunca señaló que guardaban un sábado falso. El mismo lo santificó, teniendo por costumbre ir al lugar de adoración y culto cada sábado (Luc. 4: 16).

Poco antes de Jesús, el emperador Julio César (101-44 AC) tuvo que ajustar el calendario civil al astronómico. El llamado entonces calendario Pompiliano, se había atrasado 90 días del calendario astronómico. Dicho en otras palabras, el invierno según el calendario astronómico estaba adelantado en 90 días. Por eso Julio César, asesorado por el famoso astrónomo egipcio Sosigenes, en el año 47, antes de Cristo, le quitó esos 90 días al calendario civil y lo ajustó así al astronómico. Eso se hizo sin afectar o alterar el ciclo semanal. Ese calendario era usado por el Imperio Romano en los días de Jesús.

Unos 1.600 años después de Julio César, se hizo necesario otro cambio. Como el calendario juliano se basaba en un año de 365 días y 6 horas, en vez de la realidad que son 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, al llegar al siglo XVI, esos 11 minutos y algunos segundos, sumaron 11 días de diferencia con el calendario astronómico. Por ello Gregario VII, asesorado por el astrónomo Cristóbal Clavio, decidió seguir su consejo de omitir esos once días, lo que se hizo el jueves 4 de octubre de 1582 pasándose al viernes 15 de octubre. Tampoco en esca ocasión se alteró el ciclo semanal.

Por lo indicado, sabemos que no se ha alterado el ciclo semanal en todos los tiempos. Había razones fuertes para evitarlo, pues así como el pueblo conocedor del Dios verdadero santificaba el séptimo en honor del Dios vivo, el Creador, así los pueblos paganos tenían el primero en homenaje de su gran dios, el sol. De modo que ni para los paganos ni para los cristianos era aceptable despreciar su día sagrado.

En lsaías 1: 10-15 y Oseas 2: 11, ¿no se preanuncia que el sábado iba a ser abolido?

Si aceptáramos que en estos pasajes se preanuncia la abolición del sábado como día de reposo, lógicamente debemos aceptar que las demás cosas allí mencionadas iban a dejar de tener importancia. Además del sábado, Isaías incluye las fiestas, los sacrificios, las ofrendas, el incienso, las asambleas y la oración. Oseas hace una enumeración semejante, agregando que Dios haría cesar el gozo. ¿Es que también las asambleas, la oración y el gozo concluirían para el pueblo de Dios?

Sin duda que se ha llegado a una conclusión errónea, pues tal cosa no es admisible. Para interpretar correctamente un pasaje bíblico es necesario tener en cuenta el contexto; es decir, lo que se dice antes y después del texto. Con sabiduría se dice que “un texto sin su contexto, es apenas un pretexto”.
lsaías reclama a su pueblo por su vida pecaminosa. Lo señala como “cargado de maldad”, “generación de malignos”, “hijos depravados”.

Espiritualmente enfermos “desde la planta del pie hasta la cabeza” (vers .4, 6). Esa vida pecaminosa era la causa por la que Dios señaló la inutilidad de sacrificios, ofrendas, incienso, sábados y aun la oración. Oseas, contemporáneo de Isaías, encaró el mismo problema. Compara al pueblo de Dios con una ramera, adúltero espiritual, pues va detrás de dioses ajenos y vive en pecado pretendiendo ser pueblo de Dios.

¿Qué puede valer cualquier acto de adoración o culto de Dios, si se vive en pecado? ¿Cómo podríamos engañar a Dios ofreciéndole un culto hipócrita? Para que nuestras expresiones de adoración a Dios, inclusive en el día de reposo, sean aceptables, debemos reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y aceptar el perdón ofrecido (Isa. 1: 16-19). De le contrario, la duplicidad hipócrita colocará fuera de lugar aún lo correcto.

Todos los días son iguales

Sábado el séptimo díaEn un sentido todos los días parecen iguales, constan de 24 horas, tienen día y noche, y uno sigue al otro. Y por supuesto que cada día debemos manifestar una conducta cristiana, puesto que sería absurdo adorar a Dios en un día y en los otros vivir incorrectamente.
Sin embargo, la Santa Biblia nos enseña que hay diferencia. Dios mismo la señaló al bendecir y santificar el séptimo día, cuando concluyó la creación (Gén. 2: 1-3). BENDECIR significa “alabar, celebrar, ensalzar, ser colmado de bienes por la Providencia, consagrar al culto”. SANTIFICAR, significa “hacer santo, dedicar algo a Dios, apartar algo para un uso sagrado”. Por lo tanto, cuando Dios bendijo y santificó el séptimo día, lo hizo definidamente diferente de los demás días del ciclo semanal.
Quienes tenemos fe en Dios, ¿podemos despreciar la bendición y santificación dada a su día? ¿Puede ser lo mismo observar cualquier día y no el bendecido y santificado por Dios? Para los profetas y apóstoles existía esa diferencia, porque siempre llamaron al séptimo día shabbat, que quiere decir día de reposo. El mandamiento comienza pidiendo que nos acordemos de santificarlo, o sea, apartarlo para un uso sagrado. Los otros seis días son para hacer todas nuestras tareas, “mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios … Porque en seis días hizo Jehová … todas lascosas … y reposó el séptimo día; por tanto Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó (Exo. 20: 8-11).

Nótense dos cosas definidas: el mandamiento se refiere a “el séptimo día”, no a un séptimo día”; es decir, se refiere a un día definido. Además, señala la razón para recordarlo: “Porque Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó”.
En el Nuevo Testamento se respetan estas indicaciones. Lucas escribió su evangelio unos 32 años después de la ascensión de Jesús. En el capítulo 23: 54-56 y 24: 1-3 nos refiere la secuencia de los días. Señala el día de preparación, o sea el viernes, luego afirma que fue guardado el día de reposo, el sábado, conforme al mandamiento, y que luego, en “el primer día de la semana”, ocurrió la resurrección. Toda la cristiandad reconoce que Jesús resucitó el primer día de la semana, y por ello se desea justificar la observancia del domingo. Pero ya observamos que la bendición y santificación de Dios fue otorgada al séptimo día y no al primero.
El diccionario de la lengua española da el siguiente significado de estos dos días: domingo, primer día de la semana: sábado, séptimo día de la semana. Así pues, según la Santa Biblia, la historia y nuestro propio idioma, el sábado es el séptimo día, y el domingo, el primero. La bendición y santificación de Dios sobre el séptimo día, lo hacen claramente diferente de los demás.

Lucas 16:16: ¿La ley terminó con Juan?

El texto dice: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reíno de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él”. En realidad, este texto no afirma que terminaron o dejaron de tener valor “la ley y los profetas”. Quiere decir que esos escritos eran los únicos documentos que contenían, hasta ese entonces, lo revelado por Dios respecto de su reino. Para anunciarlo y convencer a los hombres de su realidad, eran necesarias las enseñanzas y las profecías irrebatibles ofrecidas en “la ley y los profetas”. ¿Qué fuerza podía tener esa prédica sin los profetas?
Al recordar solamente algunas expresiones de Jesús, entendemos que para él “la ley y los profetas”, lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento, no pudieron haber terminado. Indicó su permanencia cuando ordenó escudriñar las Escrituras, porque ellas daban testimonio de El (Juan 5: 39).
Afirmó que la ignorancia de las Escrituras era la causa del error (Mat. 22: 29). Reiteró su importancia cuando dijo, citando a Deuteronomio 8: 3: “No de solo pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4: 4). Para explicar el Evangelio a dos discípulos preocupados, y luego a los once, “les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Véase Luc. 24: 25-47).
Los apóstoles recomendaron el estudio del as Escrituras y declararon su utilidad (2 Tim. 3: 15-17); afirmaron que fueron escritas para nuestra enseñanza (Rom. 15: 4). Sostuvieron que la palabra profética era una antorcha a la que había que estar atentos (2 Ped. 1: 16-21). En fin, “la ley y los profetas” eran escrituras tan importantes que se las cita 280 veces en el Nuevo Testamento. Por lo dicho, queda claro que esa expresión de Jesús significaba que la “ley y los profetas” era todo lo que hasta entonces había sido revelado tocante al reino de Dios.

Gálatas 3:25: No estamos bajo ayo

Las Escrituras dicen: “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él: porque por medio de Ja ley es el conocimiento del pecado” (Rom. 3: 20). La única misión de la ley, es enseñar qué es el pecado. La ilustración del apóstol es magnífica al decir que “la ley ha sido nuestro ayo -conductor-, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gál. 3: 24).
Un “ayo” es la persona encargada de criar y educar a niños y a jóvenes. Del mismo modo, la ley de Dios cumple su única y verdadera misión cuando nos enseña la voluntad de Dios. “Y conoces su voluntad (la de Dios), e instruido por la ley apruebas lo mejor” (Rom. 2: 18). Cuando la ley ha cumplido su definido y único cometido, o sea, enseñarnos la voluntad de Dios, entonces, nos lleva a Cristo, el único que puede perdonar todos nuestros pecados o desobediencias a la ley de Dios (1 Juan 3: 4).
“Mas venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál. 3: 25, 26). Al no estar bajo ayo, ¿significaría que ahora podemos desobedecer la ley de Dios? De ninguna manera, porque la fe no invalida la ley, sino la confirma (Rom. 3: 31; 1 Juan 3: 24; 5: 3).
Para hacerlo más claro, ejemplifiquemos la ilustración del apóstol. Tomemos a los jóvenes que asisten a una universidad con el fin de ser médicos. Se encuentran bajo ayos, sus profesores, quienes les enseñarán todo lo necesario para cumplir correctamente con esa profesión. Cuando los “ayos” comprueban, a través de años de rígidos exámenes y muchas prácticas, que el alumno aprendió medicina, lo gradúan. Este abandona aulas y ayos, porque ahora es doctor. Ya sabe lo que debe hacer y no necesita de sus ayos. ¿Significa eso que ahora podrá hacer lo que se le ocurra en medicina? Algunos lo han hecho y por ello perdieron su derecho a ejercer la profesión. No son más doctores. La rebeldía a la enseñanza de sus ayos, les costó su título.
Algo semejante sucede en relación con la ley de Dios. En calidad de “ayo” nos enseñó qué debíamos hacer para ser hijos de Dios pues no lo éramos. Para que podamos serlo, nos llevó a Cristo y “venida la fe, no estarnos más bajo ayo”. ¿Olvidaremos lo que nos enseñó el “ayo” por estar con Cristo? Porque recibimos el perdón de todos nuestros pecados, ¿nos sentiremos autorizados a desoír todo lo que nos enseñó el “ayo”?
De ninguna manera, porque si estamos con Cristo somos nuevas criaturas, las cosas viejas, nuestra vida de pecados, o desobediencias pasaron y todas las cosas son hechas nuevas (2 Cor. 5: l 7). Se realizó el milagro del nuevo nacimiento: pasamos de desobedientes a obedientes. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4: 13). El poder de Cristo en nosotros hace posible esa maravillosa realidad.

La Deidad en los Escritos de Elena G. de White

Deidad y naturaleza de Cristo

1. Uno con el Padre eterno. “Cristo, el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno solo con el Padre eterno, uno solo en naturaleza, en carácter y en propósitos; era el único ser que podía penetrar en todos los designios y fines de Dios. ‘Y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz’ ‘sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo’ (Isa. 9: 6; Miq. 5: 2)” (Patriarcas y profetas, p. 12)

2. Cristo y el Padre de una sustancia. “Los judíos nunca antes habían oídos estas palabras de labios humanos, y una influencia convincente los asistió, porque parecía que la divinidad destellaba a través de la humanidad, cuando Jesús dijo: ‘Yo y el Padre uno somos’ (Juan 10:30). Las palabras de Cristo estaban llenas de profundo significado al asegurar que él y el Padre son de una misma sustancia y poseen los mismos atributos” (The Signs of the Times, 27 de noviembre de 1893, p. 54).

3. Uno en poder y autoridad. “Sin embargo, el Hijo de Dios era el Soberano reconocido del cielo, y gozaba de la misma autoridad y poder que el Padre” (El conflicto de los siglos, p. 549).

4. Igual que el Padre. “Este es el misterio de la piedad, que alguien igual al Padre revistiera su dignidad con humanidad y, colocando a un lado toda la gloria correspondiente a su oficio como Comandante del cielo, descendiera paso a paso en el sendero de la humillación, soportando un oprobio cada vez mayor” (Alza tus ojos, p. 88).

5. Posee los atributos de Dios. “La única manera en que la raza caída podría ser restaurada era por medio del don de su Hijo, igual a él mismo, quien posee los atributos de Dios. Si bien era sumamente exaltado, Cristo accedió a asumir la naturaleza humana, para poder trabajar en favor del hombre y reconciliar con Dios a sus súbditos desleales. Cuando el hombre se rebeló, Cristo alegó sus méritos en su favor, y llegó a ser el sustituto y la seguridad del hombre. Emprendió la lucha contra los poderes de la oscuridad en favor del hombre, y prevaleció, venciendo al enemigo de nuestra alma, y entregando al hombre la copa de salvación” (The Review and Herald, 8 de noviembre de 1892, p. 690).

6. Dios en el más alto sentido. “El mundo fue hecho por él, ‘y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho’ (Juan 1: 3). Si Cristo creó todo lo que existe, entonces él existía antes de todas las cosas. Las palabras expresadas con relación a esto son tan decisivas, que nadie necesita quedar presa de las dudas. Cristo era Dios esencialmente y en el sentido más elevado. Era con Dios desde toda la eternidad, Dios sobre todo, bendito para siempre. […] “Hay luz y gloria en la verdad de que Cristo fue uno con el Padre antes que estableciera el fundamento del mundo. Esta es la luz que brilla en un lugar oscuro haciéndolo resplandecer con gloria divina y original. Esta verdad, infinitamente misteriosa en sí misma, explica otras verdades misteriosas que de otra manera serían inexplicables, al paso que está encerrada como algo sagrado en luz inaccesible e incomprensible…” (Exaltad a Jesús, p. 10).

7. El eterno y existente por sí mismo. “El Rey del universo convocó a las huestes celestiales a comparecer ante él, a fin de que en su presencia él pudiese manifestar cuál era el verdadero lugar que ocupaba su Hijo y manifestar cuál era la relación que él tenía para con todos los seres creados. El Hijo de Dios compartió el trono del Padre, y la gloria del Ser eterno, que existe por sí mismo, cubrió a ambos” (Patriarcas y profetas, pp. 14, 15).

8. Cristo, nuestro Padre eterno. “Por mucho que un pastor pueda amar a sus ovejas, Jesús ama aún más a sus hijos e hijas. No es solamente nuestro pastor; es nuestro ‘Padre eterno’. Y él dice: ‘Y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre’. ¡Qué declaración! Es el Hijo unigénito, el que está en el seno del Padre, a quien Dios ha declarado ser ‘el hombre compañero mío’; y presenta la comunión que hay entre él y el Padre como figura de la que existe entre él y sus hijos en la tierra” (El Deseado de todas las gentes, p. 447).

9. Vida original, que no proviene ni deriva de otra. “Tratando todavía de dar la verdadera dirección a su fe, Jesús declaró: ‘Yo soy la resurrección y la vida’. En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra. ‘El que tiene al Hijo, tiene la vida’. La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna” (Ibíd., p. 489).

10. El existente por sí mismo. “Cayó el silencio sobre la vasta concurrencia. El nombre de Dios, dado a Moisés para expresar la presencia eterna había sido reclamado como suyo por este Rabino galileo. Se había proclamado a sí mismo como el que tenía existencia propia, el que había sido prometido a Israel, ‘cuya procedencia es de antiguo tiempo, desde los días de la eternidad’ ” (Ibíd., p. 435).

11. Redentor igual a Dios. “Cristo vino al mundo para revelar el carácter del Padre y para redimir a la raza caída. El Redentor del mundo era igual a Dios. Su autoridad era la autoridad de Dios. Declaró que no tenía existencia aparte del Padre. La autoridad con la que habló y obró milagros era expresamente suya, y sin embargo nos asegura que él y el Padre son uno” (A fin de conocerle, p. 40).

12. Eterno, existente por sí mismo, no creado. “Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas” (Patriarcas y profetas, p. 313).

13. Jehová es el nombre de Cristo. “Jehová es el nombre dado a Cristo. ‘He aquí Dios es salvación mía –escribe el profeta Isaías–; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí. Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación. Y diréis en aquel día: Cantad a Jehová, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es engrandecido’. ‘En aquel día cantarán este cántico en tierra de Judá: Fuerte ciudad tenemos; salvación puso Dios por muros y antemuro. Abrid las puertas, y entrará la gente justa, guardadora de verdades. 26:3 Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos’ ” (The Signs of the Times, 3 de mayo de 1899, p. 2).

14. Jehová Emmanuel nuestro salvador. “Las puertas del cielo se abrirán otra vez y nuestro Salvador, acompañado de millones de santos, saldrá como Rey de reyes y Señor de señores. Jehová Emmanuel ‘será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre’ ” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 93).

15. Jehová Emmanuel es Cristo. “Este es el galardón de todos los que siguen a Cristo. Verse en armonía con Jehová Emmanuel, ‘en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento’ y en quien ‘habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad’, conocerlo, poseerlo, mientras el corazón se abre más y más para recibir sus atributos, saber lo que es su amor y su poder, poseer las riquezas inescrutables de Cristo, comprender mejor ‘cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura’, y ‘conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios’, ‘ésta es la herencia de los siervos del Señor, ésta es la justicia que deben esperar de mí, dice el Señor’ ” (Ibíd., pp. 32, 33).

16. Uno con el Padre en naturaleza. “Antes de la aparición del pecado había paz y gozo en todo el universo. Todo guardaba perfecta armonía con la voluntad del Creador. El amor a Dios estaba por encima de todo, y el amor de unos a otros era imparcial. Cristo el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno con el Padre Eterno: uno en naturaleza, en carácter y en designios; era el único ser en todo el universo que podía entrar en todos los consejos y designios de Dios. Fue por intermedio de Cristo por quien el Padre efectuó la creación de todos los seres celestiales” (El conflicto de los siglos, p. 547).

17. Es fatal el rechazo de la deidad de Cristo. “Si los hombres rechazan el testimonio que dan las Escrituras inspiradas acerca de la divinidad de Cristo, inútil es querer argumentar con ellos al respecto, pues ningún argumento, por convincente que fuese, podría hacer mella en ellos, ‘El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede conocer, por cuánto se disciernen espiritualmente’ (1 Corintios 2: 14, V.M.) Ninguna persona que haya aceptado este error, puede tener justo concepto del carácter o de, la misión de Cristo, ni del gran plan de Dios para la redención del hombre” (Ibíd., p. 579).

La eterna preexistencia de Cristo

1. Existencia distinta desde la eternidad. “El Señor Jesucristo, el divino Hijo de Dios, existió desde la eternidad como una persona distinta, y sin embargo era uno con el Padre. Era la excelsa gloria del cielo. Era el Comandante de las inteligencias celestiales, y el homenaje de la adoración de los ángeles era recibido por él con todo derecho. Esto no era robar a Dios” (Exaltad a Jesús, p. 10).

2. Siempre con el Dios eterno. “Cristo es el Hijo de Dios preexistente y existente por sí mismo […] Al hablar de esta preexistencia, Cristo hace retroceder la mente hacia las edades sin fin. Nos asegura que nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en estrecha relación con el Dios eterno. Aquel cuya voz los judíos escuchaban en ese momento había estado junto a Dios” (The Signs of the Times, 29 de agosto de 1900).

3. Preexistencia inmedible. “Aquí Cristo les muestra que, aunque podían calcular que su edad no alcanzaba los cincuenta años, su vida divina no podía ser calculada por cómputos humanos. La existencia de Cristo antes de su encarnación no se puede medir con cifras” (The Signs of the Times, 3 de mayo de 1899).

4. Unidos por toda la eternidad. “Desde toda la eternidad, Cristo estuvo unido con el Padre, y cuando se revistió de la naturaleza humana, siguió siendo uno con Dios” (Mensajes selectos, t. 1, pp. 267, 268).

5. Gloria por toda la eternidad. “Cuando Cristo entró por los portales celestiales, fue entronizado en medio de la adoración de los ángeles. Tan pronto como esta ceremonia hubo terminado, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos en abundantes raudales, y Cristo fue de veras glorificado con la misma gloria que había tenido con el Padre, desde toda la eternidad” (Los hechos de los apóstoles, pp. 31, 32).

6. Mediador desde la eternidad. “Aunque la Palabra de Dios se refiere a la humanidad de Cristo mientras estaba en esta tierra, también habla decididamente acerca de su preexistencia. La Palabra existía como un ser divino, el eterno Hijo de Dios, en unión e igualdad con su Padre. El era el mediador del pacto desde la eternidad, Aquel en quien, si lo aceptaban, serían benditas todas las naciones de la tierra: tanto judíos como gentiles. ‘La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios’ (Juan 1:1, BJ). Desde antes que fueran creados los hombres o los ángeles, la Palabra estaba con Dios, y era Dios” (Exaltad a Jesús, p. 10).

7. Sin final y siempre existente. “Un ser humano vive, pero la suya es una vida prestada, una vida que será apagada. ‘Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece’. Pero la vida de Cristo no es neblina; es sin final, una vida que existía antes que los mundos fueran hechos” (The Signs of the Times, 17 de junio de 1897, p. 5).

8. Desde los días de la eternidad. “Desde los días de la eternidad, el Señor Jesucristo era uno con el Padre; era ‘la imagen de Dios’, la imagen de su grandeza y majestad, ‘el resplandor de su gloria’ ” (El Deseado de todas las gentes, p. 45).

9. Antes que los ángeles fueran creados. “Era uno con el Padre antes que los ángeles fueran creados” (The Spirit of Prophecy, t. 1, p. 17).

10. Era desde toda la eternidad. “Cristo era Dios esencialmente y en el sentido más elevado. Era con Dios desde toda la eternidad, Dios sobre todo, bendito para siempre” (Exaltad a Jesús, p. 10).

11. Cristo la presencia eterna. “El nombre de Dios, dado a Moisés para expresar la presencia eterna había sido reclamado como suyo por este Rabino galileo. Se había proclamado a sí mismo como el que tenía existencia propia, el que había sido prometido a Israel, ‘cuya procedencia es de antiguo tiempo, desde los días de la eternidad’ ” (El Deseado de todas las gentes, p. 435).

12. Igual desde el comienzo. “En ella podemos aprender lo que nuestra redención costó al que desde el principio era igual al Padre” (Consejos para los maestros, padres y alumnos, p. 15).

Tres personas en la Divinidad

1. Tres personas en el Trío celestial. “Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo– son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por vivir la nueva vida en Cristo” (El evangelismo, p. 446).

2. La Divinidad unida en la redención. “La Divinidad se conmovió de piedad por la humanidad, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dieron a sí mismos a la obra de formar un plan de redención” (Consejos sobre la salud, p. 219).

3. Los tres grandes poderes del cielo. “Los que proclaman el mensaje del tercer ángel deben vestir toda la armadura de Dios, para poder permanecer firmes en su puesto, enfrentando la detracción y la falsedad, peleando la buena batalla de la fe, resistiendo al enemigo con la palabra ‘Escrito está’. Manténganse donde los tres grandes poderes del cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, puedan ser su eficiencia. Estos poderes trabajarán con el que se entregue sin reservas a Dios. La fortaleza del cielo está al mando de los que creen en Dios. El hombre que hace de Dios su confianza está protegido por una muralla inexpungable” (The Southern Watchman, 23 de febrero de 1904, p. 122).

4. Es imperativo cooperar con los Tres. “Nuestra santificación es la obra del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es el cumplimiento del pacto que Dios ha hecho con los que se relacionan íntimamente con él, permanecen con él, con su Hijo y con su Espíritu en santa comunión. ¿Has nacido de nuevo? ¿Has llegado a ser una nueva persona en Cristo Jesús? Entonces coopera con los tres grandes poderes del cielo que están obrando en tu favor. Al hacerlo, revelarás al mundo los principios de justicia” (The Signs of the Times, 19 de junio de 1901).

5. Los tres eternos dignatarios. “Los eternos dignatarios celestiales –Dios, Cristo y el Espíritu Santo– armándolos [a los discípulos] con algo más que una mera energía mortal… avanzaron con ellos para llevar a cabo la obra y convencer de pecado al mundo” (El evangelismo, p. 447).

6. Los tres podes más elevados. “Debemos cooperar con los tres poderes más elevados del cielo: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y estos poderes trabajarán mediante nosotros convirtiéndonos en obreros juntamente con Dios” (Ibíd., p. 448).

7. El triple nombre. “Los que son bautizados en el triple nombre del Padre, de Hijo y del Espíritu Santo, al comienzo mismo de su vida cristiana declaran públicamente que han abandonado el servicio de Satanás y que han llegado a ser miembros de la familia real hijos del Rey celestial” (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 389).

8. Tanto el Padre como el Hijo y el Espíritu santo son la eterna Deidad: “La eterna Deidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, está involucrada en la acción requerida para dar seguridad al instrumento humano y unir a todo el cielo para que contribuya al ejercicio de las facultades humanas, a fin de alcanzar la plenitud de los tres poderes para unirlos en la gran obra designada. Uniendo los poderes celestiales con los humanos, los hombres pueden llegar a ser, por medio de la eficacia celestial, partícipes de la naturaleza divina y obreros juntamente con Cristo” (Alza tus ojos, p. 146).

Romanos 10:4 ¿De qué manera es Cristo el fin de la ley?

imagesAlgunos de los enemigos del pueblo de Dios siempre andan buscando textos para tratar de desmeritar la obediencia a la santa Ley de Dios. Uno de sus textos preferidos es el de Romanos 10:4, que según ellos enseña que con Cristo se terminó la necesidad de obedecer la santa ley de Dios.

EL FIN

Originalmente, Pablo escribió el libro de Romanos en griego, lo cual a veces dificulta realizar una traducción clara en las lenguas modernas. Lamentablemente, la palabra griega tellos a menudo se traduce como “fin”, dando a este pasaje una connotación diferente de la que tenía en ese entonces.

La palabra tellos puede traducirse de diversas formas según el contexto.; puede significar “resultado final o destino definitivo” (Mounce’s Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words [Diccionario expositivo completo de palabras del Antiguo y Nuevo Testamento de Mounce], “fin”), u “objetivo o propósito de algo” (Vine’s Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words [Diccionario expositivo completo de palabras del Antiguo y Nuevo Testamento de Vine], “fin, final”).

Es interesante notar como traduce este texto la Biblia de la Américas: “Porque Cristo es el fin[a] de la ley para justicia a todo aquel que cree.” a. Romanos 10:4 O, la meta, o, el objetivo.

  • La terminación o conclusión de algo.
  • El propósito o meta al que se desea llegar.

Veamos dos ejemplos:

  • El escándalo le llevó al fin de su carrera como abogado. Esto significa que su carrera terminó, ya no existe más.
  • El fin es graduarme. Esto significa que la meta o propósito es llegar a la graduación y empezar ejercer lo estudiado.

Entonces, la palabra “fin” utilizada en los pasajes anteriores puede significar “cumplimiento”—lo cual implicaría que Cristo cumple todos los requisitos de la ley—o “propósito”—dando a entender que Cristo es el objetivo hacia el cual nos guía la ley.

La posibilidad de traducir telos como “objetivo” es aun más evidente en La Biblia de las Américas donde 1 Timoteo 1:5 se traduce como: “Pero el propósito de nuestra instrucción es el amor nacido de un corazón puro…” (énfasis añadido). Como vemos, aquí la traducción de telos es directamente “propósito”.

LA ENSEÑANZA DE CRISTO Y PABLO

Teniendo esto en cuenta, hay que determinar cuál de los sentidos es el que utiliza Pablo en el texto en mención.

Si Pablo quisiera decir que Cristo acabó, terminó, abolió la ley, se contradeciría a sí mismo y al mismo Señor Jesucristo:

Mateo 5:17-18: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.”

La palabra “cumplir” del versículo 17 proviene del griego pleroo, que significa “completar, colmar”. Entonces, Jesucristo no estaba diciendo que anularía la ley, sino que sus pensamientos y acciones representaban el cumplimiento perfecto de esa ley. Es decir, que Él “completaba” la ley de Dios.

Por otro lado, la palabra “cumplir” que encontramos en el versículo 18 proviene de la palabra ginomai, que quiere decir “llegar a ser”, “hecho” o “acabado”. En otras palabras, ¡este versículo implica que la ley de Dios permanecerá vigente durante todo el desarrollo su plan para la humanidad! Por lo tanto, la ley no fue abolida hace 2.000 años.

Además, Jesús mismo explicó que su venida no anularía la ley y, de hecho, reprendió a todo el que osara enseñar algo que no estuviera en acuerdo con esta: “De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos” (Mateo 5:19).

Pablo mismo nos enseña sobre la vigencia de la Ley divina:

Romanos 3:31: “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.”

Romanos 7:12: “De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.”

En Romanos 7: 7, dice que no habría sabido que la codicia era pecado “si la ley no dijera: No codiciarás”. En Romanos 13: 9, 10 afirma que el amor al prójimo conduce a la obediencia de la ley de Dios, y cita cinco mandamientos: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio y no codiciarás; o sea, cita del sexto al décimo mandamiento. Y como para indicar que había otros que no mencionó, dijo: ”y cualquier otro mandamiento … “

En efecto, hay otros cinco. En el capítulo 2: 17-23, del mismo libro, vuelve a reconocer la existencia de la ley al citar el pecado del adulterio y la idolatría, pecados señalados por el séptimo y el segundo mandamiento, respectivamente. En otras declaraciones de esta misma epístola, el apóstol Pablo demuestra que para él la ley de Dios seguía existiendo.

En Romanos 3: 20 dice que “por la ley es el conocimiento del pecado”. También afirma, dos veces, que donde no hay ley no puede haber pecado (Rom. 4: 15; 5: 13).

Al notar con tanta claridad que Pablo reconoce definidamente la existencia de la ley de Dios en ésta y en todas sus epístolas, no podríamos admitir que en Romanos 10: 4 dijera que la ley había terminado con Cristo. Por lo tanto, concluimos que en este pasaje la palabra “fin” tiene el sentido de “objetivo o propósito”. “Porque el fin (propósito) de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree”. En efecto, advertidos por la ley de Dios, descubrimos que somos pecadores, o sea, desobedientes a los Diez Mandamientos.

Al comprenderlo, encontramos que “la paga del pecado es la muerte” (Rom. 6: 23), por lo cual sabemos que estamos perdidos. La ley nada puede hacer para perdonar esos pecados, pero cumple su propósito: hacernos entender que necesitamos a Cristo, quien salvará a todo el que cree. (Juan 3:16)

 EN RESUMEN

¿Qué significa que “el fin de la ley sea Cristo”? Jesucristo es el objetivo final o propósito de la ley en por lo menos dos formas:

  • La ley de Dios define el pecado (Romanos 7:7; 1 Juan 3:4). La ley nos muestra qué es la justicia—lo opuesto al pecado. Y, dado que todos hemos quebrantado la ley, cada uno de nosotros merece la pena de muerte (Romanos 3:23; 6:23), de la cual nuestra propia justicia no puede salvarnos (Gálatas 2:16). En otras palabras, la ley nos acusa de ser culpables de pecado, pues nos hace ver cuán lejos estamos de cumplir las expectativas de Dios. De esta manera, la ley nos enseña que necesitamos un Salvador, que es Jesucristo, el objetivo final o propósito de la ley.
  • La ley de Dios nos lleva a pensar y actuar como Jesucristo. Por sorprendente que parezca para quienes siempre han oído que la ley fue abolida, la Biblia demuestra claramente que Jesús sí guardó los mandamientos de Dios. Y, como escribió Juan: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Dios nos dio sus leyes para que aprendamos a ser como Él. Dios es amor, y todo lo que hace está motivado por el amor. Sus mandamientos nos enseñan a demostrar amor hacia Él y hacia los demás. Si queremos aprender a ser como como Jesucristo, debemos preguntarnos qué haría Él en nuestro lugar y hacerlo.

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