Mes: agosto 2014 (Página 1 de 2)

¿Es importante el bautismo?

Texto de meditación: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16).

Por medio del bautismo hacemos un compromiso formal de volvernos permanentemente del pecado y rendir nuestras vidas a Dios.

¿Bautizaron Jesús y los apóstoles a aquellos que se arrepintieron?

“Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan . . . salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea” (Juan 4:1-3).

“. . . Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hechos 18:8).

¿Quiere Jesús que sus siervos continúen bautizando nuevos discípulos?

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18-20).

Jesús les mandó a sus discípulos que continuaran bautizando después de su muerte y resurrección. Prometió que estaría con ellos hasta el fin de la era, el cual todavía no ha llegado. Por lo tanto, su promesa muestra que él pretendía que el bautismo fuera una parte de las responsabilidades de sus seguidores en todas las épocas, incluida la nuestra.

¿Por qué es tan importante el bautismo?

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16).

El bautismo está directamente relacionado con el perdón de nuestros pecados y el don de la salvación. Por medio de su muerte, Jesucristo pagó la pena (Romanos 6:23) de nuestros pecados. En la cena de la Pascua antes de su crucifixión, Jesús bendijo una copa de vino y les dijo a sus discípulos: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28).

Pablo explicó que “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:8-9). También escribió: “Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él” (2 Timoteo 2:11).

¿Cómo podemos morir con Cristo?

“¿O no sabéis que todos lo que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Romanos 6:3).

El bautismo es una ceremonia simbólica de sepultura —ordenada por Jesús mismo— por medio de la cual nos unimos simbólicamente con él en su muerte, la cual fue el sacrificio por nuestros pecados. Pablo escribió: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4).

Además explicó: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados [considerados libres de pecado] gratuitamente por su gracia,mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre . . .” (Romanos 3:23-25).

Con la ceremonia del bautismo nosotros nos unimos simbólicamente con Cristo en su muerte. “Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:5-6).

¿Qué responsabilidad adquirimos con el bautismo?

“Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4).

“Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (vv. 11-13).

El bautismo simboliza el fin de una vida de pecado habitual y el comienzo de una nueva vida dedicada a la justicia. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).

¿Incluye esta responsabilidad el vivir una vida de obediencia?

“Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).

“Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29; comparar con 2 Corintios 10:3-5).

Las enseñanzas de la Biblia —tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo— se convierten en nuestra guía de vida. El Nuevo Testamento explica cómo debemos aplicar las enseñanzas del Antiguo Testamento bajo el nuevo pacto. El énfasis del nuevo pacto es la adecuada aplicación del espíritu —la intención— de las leyes de Dios.

Ya no podemos vivir como queremos, rechazando o haciendo caso omiso de las instrucciones de Dios. Jesús lo explicó claramente: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23). ¡Debemos vivir conforme a la ley, no sin ella!

¿Por qué fue bautizado Jesús?

“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó” (Mateo 3:13-15).

“Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán” (Marcos 1:9).

Jesús nació para ser un ejemplo perfecto para nosotros como ser humano. Aunque nunca pecó y no necesitaba ser perdonado, fue bautizado para mostrarnos el ejemplo que debíamos seguir. De la misma forma en que él fue bautizado, nosotros también debemos serlo. Nos mostró personalmente que el bautismo es la forma que estableció para que nos unamos con él en su muerte para que nuestros pecados puedan ser perdonados.

¿Deben bautizarse los niños?

“. . . Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hechos 18:8).

“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hechos 2:41).

“Pero cuando creyeron . . . se bautizaban hombres y mujeres” (Hechos 8:12).

El bautismo es para aquellos que sean lo suficientemente maduros como para comprender creer en el significado del arrepentimiento y del bautismo. Con raras excepciones de algunos en sus últimos años de adolescencia, la mayoría de los niños no tienen la edad suficiente para analizar por qué pecan. Simplemente no son lo suficientemente maduros como para entender su propia naturaleza y qué es lo que hay errado en ella.

Los niños son muy especiales para Dios. Jesús tomó niños pequeños en sus brazos y los bendijo (Marcos 10:13-16). Pero cada vez que se menciona específicamente el bautismo en la Biblia, vemos que los que se bautizaban eran aquellos con edad y madurez suficientes para entender el arrepentimiento, el bautismo y la seriedad del compromiso que todo esto implica. Sólo deben ser bautizados aquellos que son lo suficientemente maduros como para producir los frutos del verdadero arrepentimiento.

¿Hay ocasiones en que es necesario rebautizar a los adultos?

“Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 19:3-5).

Aunque estas personas habían sido bautizadas por inmersión según el bautismo de Juan el Bautista, no habían recibido el Espíritu Santo (v. 2). Sólo aquellos que reciben el Espíritu Santo son discípulos convertidos de Cristo (Romanos 8:9). Pablo los rebautizó en el nombre de Jesucristo para que pudieran recibir el Espíritu Santo.

Hoy, muchas personas que han sido bautizadas nunca han entendido lo que es el pecado y por qué se requiere el arrepentimiento verdadero. Ellas también necesitan ser rebautizadas para recibir el Espíritu de Dios y ser convertidas. Vea más en nuestro estudio sobre el rebautismo.

¿Cómo debemos ser bautizados?

“Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados” (Juan 3:23).

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él” (Mateo 3:16).

Vemos que Juan el Bautista escogió un lugar en el que había mucha agua para bautizar a las personas que venían a él. Y Jesús “subió del agua” después de haber sido bautizado. ¿Por qué es importante esto? La palabra griega baptizo significa “sumergir”, “meter dentro”.

Jesús fue bautizado en un lugar donde había “muchas aguas” y al ser sumergido completamente nos dejó un ejemplo de cómo debe efectuarse el bautismo. Todos los ejemplos de bautismos hechos por los discípulos de Cristo que aparecen en las Escrituras siguen este patrón. Por ejemplo, en Hechos 8:38 leemos que “descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”. No hay ejemplo bíblico de otra forma de bautismo en agua.

El simbolismo del bautismo —la sepultura del antiguo yo— requiere una ceremonia que represente una verdadera sepultura. Sólo la inmersión llena los requisitos de este simbolismo. Por lo tanto, para seguir el ejemplo de nuestro Salvador, también debemos ser sumergidos completamente en agua al ser bautizados, simbolizando con ello que estamos sepultando nuestro viejo yo con él en una tumba de agua.

¿Cuál es nuestra condición espiritual natural?

Qué hay dentro de nosotros que nos lleva a pecar?

“Porque el ocuparse de la carne es muerte . . . Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:6-8; comparar con Tito 1:15; Isaías 55:7-8).

Como seres humanos, preferimos hacer las cosas a nuestra manera. A consecuencia de ello, fácilmente podemos adquirir, ya sea conscientemente o no, un resentimiento hacia la autoridad de Dios sobre nosotros (Colosenses 1:21). Esto es especialmente cierto cuando sus instrucciones nos prohíben hacer lo que queremos.

Es fácil, generalmente sin darnos cuenta, convertir estos resentimientos —nuestra hostilidad subyacente hacia lo que podemos percibir como una injerencia desconsiderada de Dios en nuestros asuntos— en una resistencia activa contra sus mandamientos. Simplemente comenzamos a hacer caso omiso de algunas de sus leyes o a reinterpretarlas de tal forma que se ajusten a nuestra propia perspectiva. Así es cómo funciona nuestra naturaleza pecaminosa,más comúnmente llamadanaturaleza humana. Estas actitudes erróneas comienzan en nuestra mente.

Generalmente nuestras actitudes de resentimiento o desobediencia pasan inadvertidas para nosotros hasta el punto en que nos engañamos diciéndonos que no existen. Jeremías comentó: “Nada hay tan engañoso y perverso como elcorazón humano. ¿Quién es capaz de comprenderlo?” (Jeremías 17:9, Versión Popular). Fácilmente nos engañamos y creemos que no estamos haciendo nada malo. Esto es lo que las Escrituras nos dicen: “Cada hombre tiene ante sí un amplio y agradable camino que parece bueno, pero que termina en muerte” (Proverbios 14:12, La Biblia al Día). Nos cegamos ante la gravedad de nuestros propios pecados.

Cada uno de nosotros tiene que enfrentarse con el problema de una mente pecaminosa y engañosa. No hay excepciones. La resistencia a las instrucciones de Dios comienza en nuestros pensamientos y actitudes. Todos hemos pecado. Todos somos culpables.

¿Reconoció Pablo su naturaleza pecaminosa?

“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:14-17).

Pablo entendía muy bien su naturaleza humana y lo engañosa que podía ser. Siendo judío, desde niño se le había enseñado a hacer lo que era correcto. Era consecuente con la educación que había recibido. Sin embargo, cuando Jesucristo le abrió el entendimiento para que se viera a sí mismo como era en realidad, reconoció que estaba engañado con respecto a su propia justicia. Podía ver que había pecado en muchas formas, tanto en acción como en actitud.

Así que concluyó: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (vv. 18-21).

Pablo no se había propuesto pecar deliberadamente. Sin embargo, podía mirar hacia atrás en su vida y reconocer que muchas cosas que había hecho eran de verdad pecaminosas, aunque en aquel tiempo no había entendido que eran erróneas y contrarias a la voluntad de Dios. Al describir su ceguera ante sus propias acciones pecaminosas y su debilidad para resistir al pecado, también estaba describiendo a cada uno de nosotros.

¿Debemos reconocer nuestros pecados y afrontarlos?

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8-10; comparar con Santiago 1:13-15).

Una de nuestras grandes dificultades es reconocer que nuestras actitudes y acciones con frecuencia no son correctas a los ojos de Dios. Podemos convencernos que nuestros propios caminos son buenos y justos. Pero para convertirnos verdaderamente —volvernos a Dios con todo el corazón— debemos examinar cuidadosa y concienzudamente nuestros verdaderos motivos. Debemos reconocer que todos somos susceptibles a deseos que encuentran cabida en nuestro pensamiento y nos incitan al pecado.

Jesús explicó que lo que es más importante para nosotros es lo que suele determinar nuestras acciones. Para dar un ejemplo habló acerca de la codicia: “Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él. Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:13-15).

Lo que más apreciamos determina la forma en que nos comportamos. Cuando nuestro juicio está errado tratamos de justificar nuestra perspectiva y comportamiento, engañándonos a nosotros mismos (Santiago 1:22-24).

¿Cuál es una forma común de autoengaño?

“Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres . . . Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (Marcos 7:6-9; comparar con Colosenses 2:8).

Las tradiciones que no están sólidamente afirmadas en los principios y las leyes de Dios, con frecuencia nos dan excusas para pecar. Ya que parece que todos los demás las practican, tendemos a preguntarnos: ¿Cómo pueden ellos estar equivocados?

Pero en muchas ocasiones sí están equivocados. Jesús mostró que las tradiciones religiosas más populares, que bien pueden tener apariencia justa, pueden realmente disimular el pecado. “Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mateo 15:4-6).

Una de las razones por las cuales murió Jesucristo por nosotros fue para pagar la pena que merecíamos por seguir tradiciones contrarias a las Escrituras. El apóstol Pedro lo confirma: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados devuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:17-19). Es importante que examinemos las tradiciones que seguimos para que estemos seguros de que no están en conflicto con la palabra de Dios.

Identificando la tentación

Además de los deseos de la carne, ¿qué es lo que más influye para tentarnos a pecar?

“Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo . . . ?” (Hechos 5:3).

“Y éstos son los de junto al camino: en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás, y quita la palabra que se sembró en sus corazones” (Marcos 4:15).

“Porque ya algunas se han apartado en pos de Satanás” (1 Timoteo 5:15).

En algunas ocasiones las Escrituras se refieren a Satanás como el “tentador” (Mateo 4:3). Nos tienta muy hábilmente para que cedamos a nuestras debilidades y a nuestros deseos egoístas (Efesios 2:1-3).

Pablo advirtió a los cristianos, quienes ya se habían escapado de la influencia de Satanás, que no volvieran a sujetarse a ella. Sabía que esto era un peligro muy real (2 Corintios 11:3). Escribió: “Por lo cual también yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano” (1 Tesalonicenses 3:5).

¿Cuál es una de las estrategias principales que Satanás utiliza para inducir a las personas a pecar?

“Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11:13-15).

Pocos entienden el alcance de la influencia de Satanás en las instituciones y prácticas religiosas del mundo. Ha tenido éxito al ofrecerles a las personas toda preferencia religiosa que uno se pueda imaginar. El resultado es la confusión religiosa. Sólo después de estudiar y seguir cuidadosamente las Escrituras (2 Timoteo 3:13-17) puede uno salirse de esta terrible confusión y engaño que vive el mundo.

Debido al engaño religioso tan difundido, es esencial que oremos a Dios para que nos ayude a entender correctamente su palabra y así poder arrepentirnos de nuestras transgresiones. Cuando deseamos cambiar nuestras vidas y de todo corazón rendir nuestra voluntad a Dios, él ha prometido escucharnos y responder. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7:7-8). “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22).

Dios utilizó al profeta Natán para reprender al rey David por haber cometido adulterio con Betsabé y por haber arreglado las cosas para que mataran a su esposo en la guerra (2 Samuel 12:7-9). David reconoció humildemente sus pecados y se arrepintió en oración delante de Dios. No deje de leer y meditar en la plegaria de arrepentimiento de David, que se encuentra en Salmos 51:1-3; 6-10. Dios preservó la oración de arrepentimiento de David para darnos un ejemplo de la actitud que debemos tener al pedirle perdón.

¿Qué es el arrepentimiento?

¿Qué es lo que a los ojos de Dios demuestra que nuestro arrepentimiento es genuino?

“Y [Juan el Bautista] decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento . . . todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego” (Lucas 3:7-9).

“Sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hechos 26:20).

El arrepentimiento genuino produce un cambio en nuestra forma de vida, aun la forma en que pensamos. Aquellos que dicen que se arrepienten, pero no producen “frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8), se engañan a sí mismos. “Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan . . .” (Tito 1:16). “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:23-25).

¿Cuál es la actitud de una persona que se ha arrepentido verdaderamente?

“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13).

“De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6).

El verdadero arrepentimiento es algo más que sólo reconocer que hemos estado errados. Aun el deseode obrar mal debe volverse algo repugnante para nosotros. Dios quiere que aborrezcamos el mal (Proverbios 8:13), especialmente el mal que hemos llegado a reconocer en nosotros.

Debemos desear con todas las fuerzas que Dios cambie nuestros corazones. Al igual que el antiguo rey David, debemos pedirle a Dios que cree en nosotros un corazón limpio y un espíritu recto (Salmos 51:10). Debemos vernos como pecadores y sentir genuino remordimiento. Debemos reconocer que nuestros pecados se originan en los pensamientos, con frecuencia motivados por orgullo y egoísmo, ira y celos, o lujuria y codicia, es decir, por nuestra naturaleza humana.

¿Confirmó Jesús que el pecado comienza en el corazón?

“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Marcos 7:21-23).

Algunas de estas características propias de la naturaleza humana pueden resaltar más que otras. Sin embargo, si le pedimos a Dios sinceramente que abra nuestros ojos para vernos como somos, podremos reconocer en nosotros muchas actitudes y comportamientos que las Escrituras definen como pecaminosos. Luego, debemos ir a Dios en oración, pidiéndole el poder que necesitamos para volvernos de esos caminos y reemplazarlos con su naturaleza y su carácter tal como están definidos en las Sagradas Escrituras.

¿Incluye el arrepentimiento un cambio en nuestra actitud hacia los pecados que otros cometen en contra nuestra?

“Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (Marcos 11:25-26).

“Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lucas 17:3-4).

Debido a que las leyes de Dios están basadas en amarlo a él y amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos (Marcos 12:30-31), el perdonar a otros es una parte importante de nuestro arrepentimiento. Jesús enseñó: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lucas 6:27-28).

La importancia del arrepentimiento

Ya hemos aprendido que el arrepentimiento consiste en volvernos del pecado y rendir nuestras vidas a Dios. El arrepentimiento comienza con el llamado de Dios, cuando nos abre la mente para que podamos entender correctamente las Sagradas Escrituras. Luego debemos pedirle su ayuda y comenzar a estudiarlas para darnos cuenta de qué es lo que necesitamos cambiar. Hacemos esto al comparar nuestras creencias, conducta, tradiciones y pensamientos con la Santa Biblia. La palabra de Dios es el único parámetro confiable por el que podemos medir nuestras actitudes y comportamiento.

Es necesario que nos examinemos a nosotros mismos para que nuestro arrepentimiento sea genuino, y eso puede tomar bastante tiempo, especialmente si no estamos familiarizados con las Escrituras. Veamos lo que la Biblia dice acerca del verdadero arrepentimiento y su importancia en nuestra relación con Dios.

¿Enfatizó Jesús la importancia del arrepentimiento?

“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32).

“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15; comparar con Mateo 4:17).

Jesús enseñó que lo más importante para nosotros debe ser entrar en el Reino de Dios (Mateo 6:33). Desde el principio de su ministerio hizo énfasis en que el arrepentimiento es indispensable para alcanzar esta meta.

¿Predicaron el arrepentimiento los antiguos profetas de Dios?

“Y envió Jehová a vosotros todos sus siervos los profetas, enviándoles desde temprano y sin cesar; pero no oísteis, ni inclinasteis vuestro oído para escuchar cuando decían: Volveos ahora de vuestro mal camino y de la maldad de vuestras obras . . .”(Jeremías 25:4-5).

¿Debe seguirse predicando este mismo mensaje al mundo entero?

“Y les dijo . . . era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos . . . Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:44-47).

Las Escrituras muestran que desde el principio Dios ha enviado a sus siervos con el mismo mensaje: “Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ezequiel 18:30-31).

¿Debemos arrepentirnos todos?

“Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis . . .”(Lucas 13:3; comparar con Hechos 17:30 y 2 Pedro 3:9).

¡La vida eterna en el Reino de Dios sólo está disponible para aquellos que se arrepientan de sus pecados! No hay excepciones, porque “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

¿Qué es el pecado?

Texto de meditación: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La ley de Dios define la diferencia entre el bien y el mal, entre el pecado y la justicia. Como Pablo lo explicó, “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

¿Cuál es el meollo de la ley de Dios?

“Y [Dios] escribió en las tablas . . . los diez mandamientos que el Eterno os había hablado en el monte de en medio del fuego, el día de la asamblea; y me las dio el Eterno” (Deuteronomio 10:4).

Todos los mandamientos y otras leyes de las Escrituras están basados en los principios que se encuentran en el Decálogo, y éste a su vez está basado en dos grandes principios de amor que reflejan el carácter de Dios (Mateo 22:37-40; comparar con 1 Juan 4:8, 16; Romanos 13:9-10).

Cometer pecado es comportarse de una manera que no muestra amor por Dios o por el prójimo. Daña a otros, así como a nosotros mismos. (Si desea una explicación más detallada acerca del daño que causa quebrantar los mandamientos de Dios, y los beneficios que podemos cosechar cuando los guardamos, no vacile en solicitarnos un ejemplar gratuito del folleto Los Diez Mandamientos; o si prefiere, puede descargarlo directamente de nuestro portal en Internet.)

Para llegar a ser convertidos, ¿qué es lo que tenemos que hacer primero?

“Mas el impío, si se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todos mis estatutos e hiciere según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá” (Ezequiel 18:21).

Para convertirnos —volvernos del pecado y recibir el perdón de Dios y su santo Espíritu— debemos dejar de transgredir sus leyes y empezar a cultivar el hábito de la justicia por medio de la obediencia. “Y cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; si él se convirtiere de su pecado, e hiciere según el derecho y la justicia, si el impío restituyere la prenda, devolviere lo que hubiere robado, y caminare en los estatutos de la vida, no haciendo iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá. No se le recordará ninguno de sus pecados que había cometido; hizo según el derecho y la justicia; vivirá ciertamente” (Ezequiel 33:14-16).

¿Cuán extendido está el pecado?

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12; comparar con v. 23).

La Biblia dice que todos hemos cedido a los deseos y sentimientos egocéntricos de la naturaleza humana y hemos violado las leyes de Dios.

Analicemos ahora cómo la Biblia describe varios aspectos del pecado, y al mismo tiempo nos explica por qué pecamos.

¿Son más obvios algunos pecados que otros?

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Casi cualquier persona entiende que un comportamiento extremadamente hostil, agresivo o desenfrenado es algo dañino. Pero no todos reconocen tan claramente cuál es el origen de semejante comportamiento. Por lo tanto, algunos aspectos del pecado no son tan obvios como aquellos que Pablo describe en su carta a los gálatas.

¿En dónde comienza el pecado?

“Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos . . .” (Mateo 15:18-19).

El pecado comienza en la mente; comienza con pensamientos, actitudes y deseos nocivos. Pablo nos dice que “todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3; comparar con Romanos 1:28-32; Gálatas 5:24; Colosenses 3:5-9).

¿Dio Jesús ejemplos claros de esa clase de pecados?

“Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:22).

“Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6).

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

La desobediencia a las leyes de Dios siempre comienza en la mente. Para ilustrar este principio Jesús citó los peligros de la ira, la hipocresía y la lujuria. El apóstol Pedro también entendió que el pecado es el producto del pensamiento corrompido. Cuando reprendió a Simón el mago, lo exhortó: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón”(Hechos 8:22; comparar con Salmos 81:11-13).

¿Es pecado obrar en contra de nuestra conciencia?

“Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:5).

“. . . Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14:23).

Nuestra conciencia es simplemente lo que creemos que está bien o mal, ya sea cierto o no. Cuando obramos en contra de nuestra conciencia hacemos algo que pensamos que no deberíamos hacer, y así nos acomodamos a lo que pensamos que está mal. Pablo dice que hacer esto también es pecado.

Enfatizamos que nadie tiene discernimiento innato del bien y del mal. Como hemos visto en este curso, el verdadero entendimiento del bien y del mal proviene del conocimiento de la ley de Dios. Este conocimiento se convierte en parte de nuestra conciencia. Si actuamos de manera contraria a este conocimiento, bien sea en el espíritu o en la letra, pecamos. Pablo también nos advirtió: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:1-2). Si continuamos pecando después de conocer y entender la verdad, corremos el riesgo de “cauterizar” nuestra conciencia volviéndonos insensibles al pecado y endureciéndonos hacia Dios.

¿Es posible que pensemos que somos más justos de lo que somos?

“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros . . .”(Lucas 18:9).

En la parábola que comienza en el versículo siguiente, Jesús describe a dos hombres, cada uno de los cuales se veía a sí mismo de una manera diferente. Jesús muestra lo fácil que es creerse justo cuando en realidad no lo es. “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (vv. 10-13).

El fariseo, miembro de una respetada institución religiosa, guardaba los requerimientos externos de la ley. Parecía justo ante los demás, pero no captaba el propósito fundamental de las leyes de Dios: amar y respetar al prójimo. En su corazón aún despreciaba a otras personas. Señalaba su obediencia externa para exaltarse sobre los demás, en lugar de cultivar el amor genuino hacia ellos.

En cambio, el publicano, quien ejercía una profesión despreciada que era notoria por engañar a la gente, podía entender que era pecador. Vino delante de Dios arrepentido, buscando su misericordioso perdón de tal forma que pudiera comenzar una nueva vida. Jesús concluyó la parábola diciendo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (v. 14). Sólo aquellos que se humillan lo suficientemente como para reconocer sus actitudes, deseos y motivos pecaminosos pueden encontrar el arrepentimiento verdadero. Aquellos que se consideran justos ante sus propios ojos seguirán espiritualmente ciegos.

¿Qué sucede cuando morimos?

Por sí solo, el tema de la muerte nos infunde temor. Lo que es más, ésta a menudo es precedida por el sufrimiento, que puede ser el resultado del envejecimiento, la enfermedad o el trauma. Con frecuencia la muerte nos toma por sorpresa y nos deja anonadados. Los familiares y amigos sienten el dolor de la pérdida de un ser querido. La Biblia se refiere a la muerte como “el postrer enemigo que será destruido” (1 Corintios 15:26), y en Hebreos 2:15 se nos habla acerca del “temor de la muerte” que experimentan los seres humanos. La muerte continúa siendo uno de los grandes misterios de la vida.

Comparada con el sueño

¿Qué le ocurre a una persona cuando muere? En la Biblia la muerte se compara a un estado de sueño. No es un sueño normal, por supuesto; es un “sueño” en el que no hay pensamientos, ni actividad cerebral ni vida alguna. En las Escrituras encontramos muchos pasajes que nos muestran esto.

Por ejemplo, Job habló de la muerte en varias ocasiones. “¿Por qué no morí yo en la matriz, o expiré al salir del vientre? . . . Pues ahora estaría yo muerto, y reposaría; dormiría, y entonces tendría descanso . . . Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job 3:11, 13, 17).

Siglos después, el relato bíblico de la muerte de Lázaro, amigo íntimo de Jesús, nos enseña que la muerte es como un estado de sueño. “Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania . . .” (Juan 11:1). Jesús decidió ir a visitarlo, pero con tal de poder realizar un milagro y así fortalecer la fe de sus discípulos, esperó hasta que Lázaro hubiera muerto.

Antes de ir a Betania, Jesús habló con sus discípulos acerca de la condición de Lázaro, y les dijo que Lázaro estaba dormido y que él iba a ir a despertarlo (vv. 11-14). Los discípulos le respondieron que si estaba dormido el sueño le haría bien (v. 12), pero Jesús les dijo claramente: “Lázaro ha muerto” (v. 14). Vemos que Jesús les dijo que Lázaro estaba muerto, pero al mismo tiempo había descrito la muerte como algo parecido al sueño.

Cuando llegó el tiempo de que Jesús actuara, “clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (vv. 43-44).

Lázaro no se había ido ni al cielo ni al infierno; tampoco tuvo una “experiencia extracorpórea”. Simplemente había permanecido en el sepulcro, en donde estaba como dormido, hasta que Jesús lo llamó para que saliera de la tumba.

Al igual que Lázaro, todos en el momento en que mueren entran en una condición algo parecida al sueño. Los muertos no tienen conciencia de nada. La creencia popular es que cuando alguien muere, el cuerpo es enterrado pero el alma permanece consciente y va bien sea al cielo o al infierno. Sin embargo, como ya lo hemos visto, esta creencia no tiene fundamento bíblico.

En otro pasaje relacionado con este tema, el apóstol Pablo se refiere a los muertos en Cristo, que serán resucitados para encontrarse con Cristo en las nubes, como personas que están “dormidas”: “Os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:15-17).

Así que aquellos verdaderos siervos de Dios que estén en sus tumbas van a ser resucitados para ir a recibir a Jesucristo que regresa, junto con aquellos que todavía estén vivos en Cristo. Todos serán llevados a las nubes para recibir a Cristo que vuelve; esta será “la primera resurrección” (Apocalipsis 20:4-6).

¿Qué dice la Biblia acerca del momento de la muerte y qué sucede cuando el cuerpo muere? Vamos a las Escrituras para ver la respuesta. La muerte es descrita por la Biblia como un estado de total inconsciencia, sin ninguna clase de conocimiento o percepción (Salmos 6:5; Eclesiastés 9:5, 10).

En el Salmo 146, que dice: “Pues sale su aliento” – habla del hombre – “, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos” (Salmo 146:4).

El libro de Eclesiastés capítulo 9 dice: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas, porque en el Seol, adonde vas, no hay obra ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés 9:10).

Estas escrituras dicen que no hay pensamiento, no hay conciencia después de la muerte. Es bastante simple.

En una de las declaraciones más claras que el apóstol Pablo dice de los muertos, “tampoco queremos, hermanos, que ignoréis, acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13)

¿Tenemos un alma inmortal?

El Antiguo Testamento nos enseña que el alma muere. En Génesis 2:7 leemos acerca de la creación de Adán. Cuando Dios le dio vida, éste fue “un ser viviente”. En otros pasajes de la Escritura se utiliza la misma expresión, “ser viviente”, aun cuando se hace referencia exclusivamente a los animales y no a los seres humanos (Génesis 9:12; Levítico 11:46).

Dios le dijo a Adán y a Eva que si le desobedecían, ciertamente morirían (Génesis 2:17; 3:2-3). Dios también le dijo a Adán que él había sido tomado del polvo de la tierra y que volvería a ella (Génesis 3:19).

En el Antiguo Testamento, la voz hebrea nefesh se utiliza para referirse al hombre en más de 130 ocasiones. También se usa para referirse a las criaturas del mar (Génesis 1:20-21), a las aves (v. 30) y a los animales en general, incluido el ganado y los que se arrastran, como los reptiles (v. 24).

Por lo tanto, si decimos que el hombre es un alma inmortal que habita temporalmente un cuerpo físico, tendremos que decir lo mismo acerca de los animales, porque en la Biblia se utiliza el mismo término para referirse tanto al uno como a los otros. Sin embargo, ningún erudito serio haría semejante pronunciamiento acerca de los animales. La verdad es que el término nefesh, que en algunos pasajes se traduce por “alma”, se aplica a cualquier ser viviente (ya sea hombre o animal), y no a alguna esencia viva e independiente que habita el cuerpo.

Una de las afirmaciones categóricas que hace la Biblia acerca del “alma” es que ésta puede morir. En Ezequiel 18:4 y 18:20 podemos leer claramente que “el alma que pecare, esa morirá”. El contexto de estos versículos nos muestra que el alma se identifica con el ser humano mismo, no con una entidad separada que existe independientemente del huésped físico.

Las Escrituras nos dicen que los muertos no tienen conciencia: “Los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben . . .” (Eclesiastés 9:5). No siguen conscientes en otro estado u otro lugar.

La enseñanza del Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento contiene varias afirmaciones que confirman que los impíos incorregibles van a morir en forma definitiva y permanente.

En Mateo 7:13-14 Jesús exhorta a sus discípulos para que escojan el camino que conduce a la vida: “Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos entran por ella” (Nueva Versión Internacional). Luego, hablando del camino de la justicia, dice: “Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran”. En estos versículos se establece un contraste directo entre dos conceptos opuestos: la destrucción y la vida.

Jesús dejó muy claro cuál era el propósito de su vida: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Aunque la obediencia a Jesús y a Dios ciertamente trae bendiciones ahora, es innegable que el aspecto principal de la misión de Jesús era preparar el camino para que los seres humanos puedan heredar la vida eterna, la vida inmortal en el Reino de Dios. Jesús se identificó a sí mismo como “el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera” (Juan 6:50). Si el hombre ya tuviera inherente la vida eterna por el hecho de poseer un “alma inmortal”, ¿qué sentido tendría que Jesús se ofreciera para que el hombre no muriera?

El apóstol Pablo también declaró que los inicuos morirán: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? . . . Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte” (Romanos 6:16, 20-21). Aquellos que sean esclavos del pecado, aquellos que se nieguen a arrepentirse de su desobediencia a Dios,perecerán.

Romanos 6:23 es uno de los versículos que más claramente destaca la realidad del tema que nos ocupa. Sin embargo, muchas personas o hacen caso omiso de lo que dice o lo interpretan de una manera que le cambia totalmente el sentido. Pablo escribió: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.

En este versículo encontramos dos verdades fundamentales pero no siempre comprendidas. Primero, que el castigo de los impíos es la muerte —la cesación de la vida— no una vida eterna de sufrimiento en algún otro lugar. Y segundo, que nosotros no poseemos vida inmortal, pues ésta es algo que Dios tiene que darnos.De este versículo aprendemos que no poseemos nada de inmortalidad; antes bien, tenemos que recibirla como don de Dios por medio de nuestro Salvador Jesucristo.

El apóstol Pablo dice algo parecido en Gálatas 6:8: “El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Esto nos muestra que la vida eterna es algo que podemos recibir en el futuro, pero no es algo que ya poseemos.

Y en Filipenses 3:18 Pablo habla acerca de aquellos que son “enemigos de la cruz de Cristo”. El versículo 19 nos dice que su fin es la perdición, no el tormento eterno en otra vida después de la muerte.

La verdad acerca de la mortalidad del hombre está implícita en estas palabras de Jesús: “El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte” (Apocalipsis 2:11). La segunda muerte es la que sobrevendrá como resultado de ser lanzado “en el lago que arde con fuego y azufre” (Apocalipsis 21:8; ver también 20:6, 11-15). La segunda muerte es definitiva e irrevocable, pues de ella no habrá resurrección.

¿Tiene entonces el hombre un alma inmortal, o es el hombre un alma inmortal? La Biblia afirma categóricamente que el hombre es temporal, del polvo de la tierra. Los seres humanos no tenemos inmortalidad inherente.

En las Escrituras se nos revela que los que se salven se vestirán de inmortalidad (1 Corintios 15:53-54); recibirán la vida eterna como dádiva de Dios por medio de la resurrección. Esto ocurrirá en el momento del retorno de Jesucristo, al sonar la última trompeta (vv. 50-52), y no en el momento en que finaliza la vida física. Hasta ese momento, la vida del hombre no es más permanente que la de los animales.

Textos mal aplicados

Algunos creen que hay varios pasajes de la Escritura que respaldan la creencia en un alma inmortal. Analicemos tres de estos pasajes y entendamos lo que dicen realmente.

Mateo 10:28

“No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28).

¿Acaso Jesús estaba afirmando aquí que el alma es inmortal? Si analizamos detenidamente este versículo veremos que lo que Jesús realmente enseñó era que el alma, lejos de ser inmortal, es susceptible de ser destruida por fuego.

Él estaba advirtiendo acerca del juicio de Dios. Dijo que no hay que temer a aquellos que pueden destruir únicamente el cuerpo físico (del griego soma), sino que debemos temer a Dios porque él es capaz de destruir también el alma (psyjé en griego). En palabras sencillas, Jesús estaba mostrando que cuando un hombre mata a otro, esta muerte es algo temporal. Dios puede resucitarlo, bien sea en esta vida (Mateo 9:23-25; 27:52; Juan 11:43-44; Hechos 9:40-41; 20:9-11) o en el futuro (Juan 5:25-29). Debemos reverenciar a Dios, quien es el único que puede eliminar toda posibilidad de una resurrección posterior. Cuando Dios destruya a alguien en el “infierno”, esa destrucción será definitiva y permanente.

¿De qué “infierno” se está hablando en este versículo? La palabra griega que se utiliza aquí es gehenna, que proviene de la combinación de dos palabras hebreas: ge e hinnom, que quieren decir “valle de Hinom”. Este término se refería originalmente al valle que está al sur de Jerusalén, donde se adoraban deidades paganas.

Por la reputación que tenía este valle de ser un lugar abominable, más adelante se convirtió en un botadero de basura en el cual se quemaba todo tipo de basura y desechos. Gehenna se convirtió en sinónimo de “quemadero”, un sitio en el cual se tiraban y se quemaban los desperdicios.

Sólo Dios puede destruir completamente la existencia humana y además quitar toda esperanza de resurrección. Las Escrituras nos enseñan que Dios va a quemar a los impíos incorregibles y reducirlos a cenizas (Malaquías 4:3; Apocalipsis 21:8).

1 Tesalonicenses 5:23

Muchos se sienten confundidos por la expresión que el apóstol Pablo utilizó en su primera carta a los tesalonicenses: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:23).

¿Qué quiso decir el apóstol con la frase: “todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo”?

Al decir “espíritu” (pneuma en griego), Pablo se estaba refiriendo a la mente humana, la que nos da la capacidad de razonar, crear y analizar nuestra existencia. Por “alma” (psyjé) Pablo estaba hablando de la vida física y su conciencia. Al hablar de “cuerpo” (soma) se refería al organismo humano. Pablo deseaba que la totalidad de la persona —su mente, energía vital y cuerpo físico— estuviera santificada e irreprensible.

Apocalipsis 6:9-11

“Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:9-10).

Para entender este pasaje debemos tener en cuenta el contexto. El apóstol Juan estaba recibiendo una visión mientras estaba “en el espíritu” (Apocalipsis 4:2). Por inspiración estaba viendo, por medio de símbolos, ciertos eventos que van a ocurrir en el futuro. El quinto sello representa la gran tribulación, un tiempo de conflicto mundial que precede al regreso de Cristo. En esta visión, Juan ve bajo el altar a los creyentes que han sido martirizados por su fe en Dios. Éstos simbólicamente claman: “¡Venga nuestra sangre!” Esto puede ser comparado a “la voz de la sangre” de Abel que clamaba a Dios desde la tierra (Génesis 4:10). Ni las almas ni la sangre pueden hablar literalmente; estas frases demuestran, en lenguaje figurado, que el Dios de justicia no va a olvidar las malas obras que la humanidad ha realizado en contra de sus fieles siervos.

Este versículo no describe almas inmortales que han ido a vivir al cielo. La Biblia confirma que “nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:13). Aun el rey David, un hombre conforme al corazón de Dios (Hechos 13:22), fue descrito por el apóstol Pedro como alguien que “murió y fue sepultado” (Hechos 2:29), en términos generales, la Biblia no enseña que un muerto sigue vivo en el cielo o en algún otro estado o lugar.

¿Se cambió en el Nuevo Testamento el sábado por el domingo?

No hay evidencia en el Nuevo Testamento de que el sábado haya sido cambiado por el domingo. Hay en cambio una evidencia consistente de la continuidad del séptimo día, el sábado.

 

Desde el principio de la creación (Génesis 2:1-3), el sábado fue establecido como un día especial en beneficio de toda la humanidad. Dios descansó en el séptimo día de la semana y lo santificó (lo apartó para un propósito divino) como una bendición para el mundo entero. Más tarde, el sábado fue confirmado por Dios como parte de su pacto con el pueblo de Israel (del cual los judíos eran tan solo una tribu), lo cual se relata en Éxodo 20:8-11 y Deuteronomio 5:12-15.

En Mateo 5:17-18, Jesús dijo que no vino a la tierra “para abrogar [disolver, deponer o echar abajo] la ley o los profetas”. Jesús dijo que venía para cumplir su propósito de convertirse en nuestro Salvador y no para cambiar o anular ninguna de las leyes que regulan nuestra relación con Dios y nuestra convivencia unos con otros. Es más, Cristo enfatizó en que ni siquiera una letra de la ley (jota o tilde) pasaría antes de que su plan se cumpliese.

En Marcos 2:27, Jesús se refirió nuevamente a la creación del sábado, diciéndoles a los fariseos: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo”. Es claro que el sábado fue hecho (creado o establecido) para el beneficio de toda la humanidad, no sólo para los judíos. Y ya que el sábado fue hecho para el hombre, mientras haya seres humanos, el sábado seguirá siendo parte de la creación y de nuestra conexión con Dios.

El versículo 28 dice: “Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo [sábado]”. En otras palabras, el sábado es el verdadero “Día del Señor”.

Lucas 4:16 demuestra que Jesús acostumbraba (era su hábito o costumbre) observar el sábado. A pesar de las constantes acusaciones de los fariseos por lo que hacía en sábado, Cristo nunca dejó de guardar el día de reposo, ni manifestó la necesidad o intención de cambiar su observancia al domingo.

El Nuevo Testamento cubre seis décadas de la Iglesia después de la muerte de Jesús. No menciona por ninguna parte que se hubiera cambiado el día de adoración para el primer día de la semana.

Los seres humanos no tienen autoridad para “santificar” un día, ni para determinar qué día es santo; sólo Dios puede hacer esto. Y, según las Sagradas Escrituras, el único día apartado por Dios para descansar y adorarle es el séptimo día de la semana (Génesis 2:2-3).

Ejemplo de Pablo predicando en sábado

El apóstol Pablo viajaba constantemente a lo largo del mundo gentil predicando el Evangelio. Debido a esto, a menudo se encontraba con judíos y gentiles y les instruyó sobre el Evangelio de Cristo los días sábado.

En Hechos 13 encontramos un ejemplo de esto. “Ellos [Pablo y sus compañeros, v. 13], pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad. Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dijo: Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd” (vv. 14-16). Luego, Pablo les predicó a cerca de Jesucristo (vv. 17-41).

Note el versículo 42: “Cuando salieron ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo [sábado] les hablasen de estas cosas”. Si la Iglesia del Nuevo Testamento guardaba el domingo en lugar del sábado, ¿por qué Pablo no les dijo que podían reunirse al día siguiente, que era domingo (el primer día de la semana), en lugar de esperar una semana? Claramente, el apóstol Pablo seguía respetando la observancia del séptimo día, sábado, aun entre los gentiles. El versículo 44 relata que “El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios”. Por lo tanto, este pasaje no presenta evidencia de que Pablo quisiera cambiar el día de reposo a domingo, lo cual es consistente en referencias similares.

Otros relatos de Pablo predicando en la sinagoga en día sábado se encuentran en Hechos 14:1; 17:2, 10 y 18:4. Algunas personas dicen que Pablo iba a la sinagoga porque la gente se reunía ahí para adorar a Dios, y están en lo correcto. Sin embargo, el apóstol seguía asistiendo a las reuniones en sábado. Además, no existe evidencia de que Pablo enseñara que ya no era necesario observar el sábado y que en adelante tendrían servicios en el primer día de la semana.

No obstante, hay algunos pasajes bíblicos que a menudo se usan como supuesta prueba de que el día de adoración fue cambiado a domingo.

Sabado o domingo: ¿qué podemos decir de Hechos 20:7?

“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche”.

Con frecuencia se piensa que este versículo detalla una reunión de comunión de la Iglesia llevada a cabo en el primer día de la semana.

El significado de “partir el pan”

Lo primero que se asume es que “partir el pan” significa hacer una reunión de comunión. Pero, si bien el partimiento del pan es un acto relacionado con la Pascua (1 Corintios 10:16; 11:23-24), cuando se habla de “partir el pan” en las Escrituras, esto normalmente significa realizar una comida.

En Hechos 20:9-11, podemos leer que, durante esa comida en particular, un joven fue resucitado milagrosamente luego de haber caído por la ventana de un tercer piso. Luego vemos que Pablo, “Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió” (v. 11). Esto no significa que hizo otro servicio de comunión pocas horas después del primero, sino que volvió a comer luego de la primera comida que se relata en el versículo 7.

Otro ejemplo que ilustra el significado de “partir el pan” se encuentra en Hechos 27:27-37. En este episodio, Pablo se encontraba en un barco que pasó por una tormenta de dos semanas (v. 27) durante las cuales los marineros no comieron por tratar de mantener la nave a flote. Debido a esto, Pablo les aconsejó que comieran para reponer sus fuerzas:

“Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: Este es el decimocuarto día que veláis y permanecéis en ayunas, sin comer nada. Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud; pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá. Y habiendo dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer. Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también” (vv. 33-36).

“Partir el pan” significa participar de una comida, no realizar un servicio religioso. Pablo dio gracias, los hombres comieron y quedaron satisfechos.

No fue un servicio de adoración en domingo

Analicemos la hora en que se realizó la reunión relatada en Hechos 20. ¿Acaso el apóstol Pablo comenzó un servicio de adoración el domingo por la mañana y predicó hasta la media noche (v. 7)? Hay una respuesta más lógica que esta.

Según la tradición judía, un día comienza a la puesta de sol, por lo que la frase “primer día de la semana” podría referirse al comienzo de este día, o lo que nosotros conocemos como la noche del sábado. En el versículo 8, leemos que “había muchas lámparas en el aposento alto”, dado que estaba oscuro.

Pablo se reunió con ellos para comer todos juntos y, sabiendo que se iría del lugar a la mañana siguiente, aprovechó la oportunidad de hablar al grupo hasta la media noche. Luego de que el joven cayera del tercer piso (vv. 9-10), tomaron un descanso, volvieron a comer y Pablo siguió hablando con ellos hasta el amanecer del domingo. Posteriormente, inició su viaje (v. 11).

Es claro que esta reunión ocurrió entre un sábado y un domingo y no fue un servicio de comunión en domingo.

¿Se refiere al sábado Romanos 14?

Romanos 14 se utiliza con frecuencia para decir que la Iglesia del Nuevo Testamento enseñaba que el sábado era igual que cualquier otro día: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (v. 5). Un análisis cuidadoso de este capítulo demuestra que el apóstol Pablo no estaba reduciendo el estatus del sábado al de un día cualquiera de la semana.

En el versículo 1 se declara el tema principal de todo el capítulo, “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones”.

Tal como sucede en cualquier congregación, la Iglesia en Roma estaba compuesta tanto por personas experimentadas y fuertes en la fe como por personas menos experimentadas y más débiles. Pablo estaba instruyendo a las personas de más experiencia sobre ser pacientes y comprensivas con quienes eran más inmaduros espiritualmente. En este capítulo, el apóstol aborda tres temas que podían ser controversiales y los describe como “opiniones”. Pablo explica que las decisiones con respecto a estos eran de índole personal y advierte que no debían juzgar severamente a otros por diferencias de opinión.

El resto de este capítulo se desarrolla en el mismo contexto. En el versículo 10, Pablo escribe “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo”. Más adelante reitera, “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (v. 13). Y luego, en Romanos 15:1, continúa, “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos”.

El primer tema que el apóstol Pablo trata en este capítulo es qué comer y qué no en los días de ayuno (Romanos 14:2-3). Luego, Pablo se refiere a ciertos días que habían sido elegidos para realizar festividades o ayunar en base a razones personales o tradición (vv. 5-6). Es probable que algunos creyentes que habían sido fariseos en el pasado tuvieran la costumbre de ayunar una o dos veces a la semana (Lucas 18:12) y, aparentemente, había polémica con respecto a qué día era el más apropiado para festejar o ayunar. Pablo les explicó que esto también era un tema personal y no algo en lo que pudieran juzgarse entre sí. Este dilema tenía que ver solo con festejar o ayunar; el apóstol Pablo no menciona el día sábado en ningún momento.

El tercer debate estaba relacionado con el consumo de animales que habían sido sacrificados a los ídolos (v. 14). Sabiendo que era un tema delicado, Pablo se preocupaba de que los miembros no ofendieran a quienes pensaban que la carne de animales sacrificados a los ídolos era impura. También parece ser que algunas personas pensaban que no debían tomar vino (v. 21). Pablo recordó a quienes comprendían la trivialidad de estas cosas que no debían alardear de su entendimiento para no ofender a quienes no lo tenían. En el versículo 23, se habla de la importancia de una consciencia limpia “Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado”.

Las palabras de Pablo a lo largo de este capítulo advierten a la congregación sobre no juzgarse entre sí en cuanto a temas subjetivos. El día sábado, séptimo día de la semana, nunca es mencionado en el pasaje, pues se sabía que este era un mandamiento indiscutible.

¿Qué podemos decir de 1 Corintios 16:1-2?

“En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas”.

A menudo se piensa que estos versículos hablan de la recolección de ofrenda durante un servicio de adoración en domingo. Sin embargo, esta Escritura no hace referencia a un servicio de adoración.

En este pasaje vemos que el apóstol Pablo solicita a los miembros recolectar la ofrenda en el primer día de la semana, pero esta ofrenda no era para la Iglesia local, sino para “los santos” que tenían necesidad. La situación se describe en Hechos 11:28-30 “Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo”.

En Romanos 15:25-26, vemos otro ejemplo en que Pablo solicitó la recolección de ayuda, esta vez a la congregación de Macedionia y Acaya: “Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos. Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén”.

Un año después de haber pedido esta ofrenda de ayuda especial en Corinto, el apóstol Pablo instó a la Iglesia a seguir ayudando a quienes lo necesitaban:

“Cuanto a la ministración para los santos, es por demás que yo os escriba; pues conozco vuestra buena voluntad, de la cual yo me glorío entre los de Macedonia, que Acaya está preparada desde el año pasado; y vuestro celo ha estimulado a la mayoría. Pero he enviado a los hermanos, para que nuestro gloriarnos de vosotros no sea vano en esta parte; para que como lo he dicho, estéis preparados; no sea que si vinieren conmigo algunos macedonios, y os hallaren desprevenidos, nos avergoncemos nosotros, por no decir vosotros, de esta nuestra confianza. Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra” (2 Corintios 9:1-5).

Pablo nuevamente les pide preparar la ofrenda con anticipación para que pueda ser enviada.

Una vez que comprendemos el contexto de 1 Corintios 16, es claro que la Iglesia no realizaba servicios de adoración semanales en domingo ni recolección de ofrenda todas las semanas. Además, no existe ninguna instrucción para la Iglesia de hacer estas cosas.

El sábado no fue remplazado

Jesucristo guardó el séptimo día de la semana, el sábado, como día de reposo. Luego de su muerte, Sus discípulos y la Iglesia del Nuevo Testamento siguieron observándolo. No existe evidencia bíblica de que el día de adoración haya sido cambiado al domingo.

¿Quebrantó Jesús el sábado?

Texto de meditación: “También les dijo: El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado. Así, el Hijo del Hombre es también Señor del sábado” (Mateo 2:27-28).

El sábado es mencionado cerca de 50 veces en los cuatro evangelios (más de lo que se menciona en los cinco primeros libros de la Biblia), así que contamos con datos históricos muy amplios sobre la actitud que Jesús tuvo hacia ese día. Para entender acertadamente lo que los evangelios nos dicen acerca del sábado, es necesario que tengamos en cuenta que la manera de guardarlo había cambiado (o más correctamente, había sido cambiada) desde que fue creado y, posteriormente, codificado en el Decálogo.

El sábado en la historia

En los siglos anteriores al nacimiento de Jesús, la observancia del sábado sufrió una transformación masiva. Israel llegó incluso a olvidarse de Dios y se desintegró como nación, dividiéndose en los reinos de Israel y Judá. Luego, las dos naciones fueron llevadas en cautiverio por los invasores de Asiria y Babilonia respectivamente, en los siglos octavo y sexto antes de Cristo.

Uno de los pecados más flagrantes de Israel, el cual contribuyó enormemente a que la nación fuera llevada en cautiverio, fue la violación del sábado de Dios. Aun en medio de la autodestrucción de Judá, provocada por el comportamiento pecaminoso de sus habitantes, Dios continuó advirtiéndoles por medio del profeta Jeremías: “Guardaos por vuestra vida de llevar carga en el sábado . . . Ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el sábado, como mandé a vuestros padres . . . Pero si no me oyereis para santificar el sábado . . . yo haré descender fuego en sus puertas, y consumirá los palacios de Jerusalén, y no se apagará” (Jeremías 17:21-22, 27).

Hallándose en Babilonia, en cautiverio con el reino de Judá, el profeta Ezequiel habló de parte de Dios: “Les di también mis sábados, para que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy el Eterno que los santifico. Mis sábados profanaron en gran manera . . . desecharon mis decretos, y no anduvieron en mis estatutos, y mis sábados profanaron” (Ezequiel 20:12-13, 16).

También Dios le dijo a la nación de Judá: “Sus sacerdotes violaron mi ley, y contaminaron mis santuarios; entre lo santo y lo profano no hicieron diferencia, ni distinguieron entre inmundo y limpio; y de mis sábados apartaron sus ojos, y yo he sido profanado en medio de ellos” (Ezequiel 22:26).

Más tarde, muchos judíos regresaron de la cautividad de Babilonia y se establecieron en su antiguo territorio; esto sucedió siglos antes del nacimiento de Jesucristo. Ellos sabían por los mensajes de Jeremías y Ezequiel que su nación había sido destruida por el quebrantamiento de la ley de Dios, y que violar el sábado fue uno de sus principales pecados.

Una vez que fueron restablecidos como nación, resolvieron no volver a cometer el mismo error. En consecuencia, con el correr de los años las autoridades religiosas judías impusieron una serie de normas meticulosas que detallaban las actividades que ellos consideraban que eran permitidas y prohibidas en el sábado. Así, fueron de un extremo al otro; de profanar el sábado y hacer caso omiso de su observancia, pasaron a guardarlo de una manera opresiva y legalista.

Regulaciones añadidas al sábado

El Zondervan Pictorial Bible Dictionary (“Diccionario bíblico ilustrado de Zondervan”), en su artículo referente al sábado, nos describe cuán rígidas habían llegado a ser las regulaciones sobre la observancia del sábado en los tiempos de Jesús. El código religioso tocante al sábado enumeraba “39 categorías principales de acciones prohibidas: sembrar, arar, cosechar, juntar gavillas, trillar, aventar, limpiar, moler, tamizar, amasar, hornear . . . Cada uno de estos enunciados principales se ampliaba detalladamente de tal forma que llegaron a definirse cientos de prohibiciones que un judío celoso de la ley jamás debía violar. Por ejemplo, la prohibición concerniente a hacer nudos era algo tan general que fue necesario entrar a definir qué clase de nudos podían hacerse y cuáles no, hasta que se llegó a la conclusión de que podrían hacerse los nudos que se deshicieran con una sola mano . . .

”La prohibición referente a escribir en el sábado fue ampliada así: ‘Aquel que escriba dos letras con la mano derecha o con la mano izquierda, no importa que sean iguales o diferentes . . . es culpable. Aunque lo haga por haberse olvidado de esta ordenanza, es culpable . . . Si al escribir en dos paredes que forman un ángulo, o en las dos tablas de su libro de contabilidad de tal manera que puedan leerse juntas, también es culpable . . .’” (1967, p. 736).

Jesús predica en el sábado: Lucas 4:16-30

La primera vez que se menciona el sábado en la vida de Jesús está en Lucas 4:16: “Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el sábado entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer”. En la primera mención que encontramos acerca del sábado, cuando estaba comenzando su ministerio, se nos dice que la costumbre, la actividad normal de Jesús, era “entrar en la sinagoga”. No fue un incidente aislado, pues él continuaría yendo a enseñar a la sinagoga (Marcos 6:2; Lucas 13:10).

Continuando en el relato de Lucas, leemos: “Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro . . . comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:17-21).

Jesús citó Isaías 61:1-2, que en la sinagoga era reconocida como una profecía acerca de la época mesiánica. Cuando les dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”, estaba implicando con ello que él estaba cumpliéndola; por lo tanto, ¡se proclamó a sí mismo como el Mesías que ellos esperaban! Jesús continuó comparando su ministerio con el ministerio de Elías y el de Eliseo. Sus oyentes, que entendieron claramente lo que les decía, de inmediato se enfurecieron y quisieron matarlo, pero él logró escapárseles (vv. 23-30).

En esta primera mención del sábado durante el ministerio de Jesús, él proclamó ser el Mesías que todos esperaban, dando a conocer su misión como el Salvador del mundo. Esto fue un acontecimiento importante. Él se había criado en la ciudad de Nazaret, y fue la gente de Nazaret la primera en oír que él era el Mesías. Jesús les dio a conocer la esperanza de su reinado futuro —el evangelio, las buenas nuevas— tanto en su aspecto presente como en el cumplimiento futuro.

Jesús echa fuera demonios y sana en el sábado: Lucas 4:31-39

Enseguida, Jesús comenzó a proclamar el futuro Reino de Dios y a manifestar el poder milagroso que Dios le había dado en virtud de ser el Mesías (Hechos 2:22). “Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea; y les enseñaba en los sábados. Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad” (Lucas 4:31-32). Luego, cuando echó un demonio fuera de una persona, “todos se quedaron asombrados y se decían unos a otros: ‘¿Qué enseñanza es ésta? ¡Con autoridad y poder les da órdenes a los espíritus malos, y salen!’” (v. 36, Nueva Versión Internacional).

Luego Jesús fue a la casa de Pedro y allí sanó a su suegra, que tenía mucha fiebre. Finalmente, “al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Cristo” (vv. 38-41).

Como el Salvador, Jesús entendía el propósito del sábado y sabía que era un tiempo apropiado para llevar su mensaje de sanidad, esperanza y redención para la humanidad, y proclamar ese mensaje con sus acciones. Aun los demonios reconocieron en él al Mesías profetizado (Cristo significa “Mesías”, como dice en Juan 1:41). Jesús se valió del sábado para señalar su papel como Sanador y Salvador de la humanidad.

Jesús confronta a los fariseos al defender la forma de actuar de los discípulos: Mateo 12:1-8; Marcos 2:23-28; Lucas 6:1-5

Los pasajes de Mateo 12, Marcos 2 y Lucas 6 son comúnmente interpretados de tal manera que sirvan para implicar que Jesús quebrantó el mandamiento del sábado. Pero analicemos lo que sucedió en realidad. Según el relato de Marcos: “Aconteció que al pasar él por los sembrados un día de reposo, sus discípulos, andando, comenzaron a arrancar espigas. Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por qué hacen en el sábado lo que no es lícito?” (Marcos 2:23-24).

Los fariseos eran una de las ramas más estrictas del judaísmo y tenían una considerable autoridad religiosa en la época de Jesús; eran muy radicales en cuanto a la observancia del sábado. Su pregunta podría hacernos pensar que los discípulos estaban trabajando arduamente al cosechar grano en el sábado, y que los fariseos tuvieron que reprenderlos por su transgresión. Sin embargo, el relato de Lucas nos sirve para aclarar lo que en realidad estaban haciendo los discípulos: “Aconteció en un sábado, que pasando Jesús por los sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían, restregándolas con las manos” (Lucas 6:1). Lo hicieron así porque tenían hambre (Mateo 12:1), no porque estuvieran segando el campo.

No quebrantaron el mandamiento del sábado

Las acciones de los discípulos estaban en perfecto acuerdo con las leyes que Dios había dado a la nación de Israel. De hecho, Dios había permitido el tomar espigas del campo de otra persona (Deuteronomio 23:25); incluso había ordenado que se dejaran sin segar algunas partes del terreno para que los pobres y los extranjeros tuvieran qué comer (Levítico 19:9-10; 23:22).

Mientras los discípulos caminaban a través del sembrado, iban tomando las espigas y con las manos separaban los granos de la cáscara para poder comérselos. Los fariseos, siendo una de las sectas más estrictas en cuanto a la observancia del sábado, denominaban estas acciones como “cosechar” y “trillar”, que estaban incluidas en las 39 categorías de acciones prohibidas en ese día. Aunque con sus acciones los discípulos no estaban violando el mandamiento del sábado, sí violaban las restricciones impuestas por los fariseos. Desde el punto de vista de los fariseos, lo que hacían los discípulos “no era lícito”, y por eso los criticaban.

La ley permite misericordia

Jesús explicó cómo David y sus soldados, mientras huían del rey Saúl, comieron del pan que normalmente estaba reservado sólo para los sacerdotes, y al hacerlo no cometieron ninguna falta delante de Dios (Marcos 2:25-26). También les recalcó cómo aun los sacerdotes en el templo, al conducir los servicios y realizar los sacrificios, trabajaban y no eran culpados por Dios (Mateo 12:5).

Jesús dijo que en ambos casos no se había violado ni el espíritu ni la intención de la ley y que tales actos habían sido permitidos por Dios específicamente, para el bien de su pueblo. Hizo resaltar el principio de la misericordia de la ley de Dios y que los fariseos estaban errados al poner por encima de todo lo demás, incluso de la misericordia, sus normas y regulaciones humanas.

Jesús explicó cómo los fariseos, debido a su punto de vista desvirtuado, habían llegado a tergiversarlo todo. “El sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”, les dijo (Marcos 2:27, Nueva Reina-Valera). Debido a la mentalidad estrecha de los fariseos y a su perspectiva legalista, el séptimo día de la semana se había transformado en una carga, con cientos de reglas y prohibiciones acerca de qué era y qué no era permitido hacer en ese día.

Jesús resumió el propósito del sábado volviendo al origen, a los comienzos: Dios lo creó como una bendición, un tiempo de verdadero descanso de todas las labores rutinarias, y no como una carga pesada. Era un tiempo para ser disfrutado, no para ser soportado. Afirmó además que el sábado no fue creado solamente para la nación de Israel, sino para toda la humanidad.

Las enseñanzas de Jesús en estos versículos son resumidas por el Anchor Bible Dictionary de la siguiente manera: “En algunas ocasiones se afirma que Jesús abrogó o anuló el sábado; esta aseveración se basa en las controversias que surgieron por las curaciones que efectuó y otros hechos que realizó en el sábado. Pero un análisis cuidadoso de estas situaciones no parece apoyar esta interpretación. El hecho de que los discípulos hayan arrancado espigas en el sábado es particularmente importante, y la forma en que Jesús se pronunció al respecto es fundamental . . . ‘El sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado’ (Marcos 2:27). La acción de los discípulos de arrancar espigas violaba el rabínico halakhah [el conjunto de los reglamentos judíos] de la minuta casuística en el cual estaba prohibido cosechar, trillar, aventar grano y moler en el sábado . . . Jesús reformó el sábado y lo volvió a ubicar en el sitio correcto, con la perspectiva con que había sido creado: El sábado había sido hecho para toda la humanidad, no solamente para Israel, que era lo que argumentaba el judaísmo . . . El propósito que Dios tenía con la creación del sábado era que sirviera como descanso y bendición” (“Diccionario Anchor de la Biblia”, 1992, 5:855).

En este ejemplo vemos que Jesús entendió y explicó el verdadero propósito del sábado. Fue creado como un día de descanso y de reposo de las labores rutinarias, una gran bendición para la humanidad.

Otra curación en el sábado: Mateo 12:9-14; Marcos 3:1-6; Lucas 6:6-11

Inmediatamente después de la discusión con los fariseos acerca de por qué los discípulos recogían espigas en el sábado, los evangelios nos muestran cómo Jesús tuvo otro enfrentamiento acerca de lo que se debía y no se debía hacer en ese día. Las regulaciones de los fariseos habían llegado hasta el extremo de prohibir darle ayuda a un enfermo en el sábado a menos que la enfermedad pusiera en peligro su vida.

Un sábado en la sinagoga, Jesús se encontró con un hombre que tenía la mano seca; era una persona seriamente impedida, pero su vida no se encontraba en peligro. “Levántate y ponte en medio”, le dijo Jesús (Marcos 3:3). Enojado y entristecido por la dureza de sus corazones, incapaces de comprender el principio más fundamental de la ley de Dios, Jesús les preguntó a los que miraban: “¿Es lícito en los sábados hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” (v. 4).

Incapaces de responder, callaron. Delante de todos Jesús sanó la mano del hombre y la restauró completamente. En lugar de alegrarse y de regocijarse por el feliz acontecimiento, los fariseos “tomaron consejo con los herodianos contra él, para destruirle” (vv. 4-6).

En lugar de aprender una lección espiritual vital acerca del propósito del sábado y el ministerio de Jesús, los fariseos se sintieron injuriados porque él había hecho caso omiso de sus estrictas directrices. En lugar de entender el mensaje de misericordia y compasión, conspiraron para matar al Mensajero.

Lejos de anular el sábado, lo que Jesús demostró era que el sábado es un día apropiado para ayudar y consolar a aquellos que están en necesidad. El mandamiento del sábado no especificaba lo que las personas debían hacer, sino lo que no debían hacer. Jesús entonces aclaró lo que era correcto hacer a los ojos de Dios: “Es lícito [según la ley de Dios] hacer el bien en los sábados” (Mateo 12:12).

El legalismo de los fariseos, yendo más allá del mandato de Dios de no trabajar, había creado una miríada de reglas que restringían aun lo más fundamental de la actividad humana, algo que Dios nunca pretendió. Sin embargo, aun en el reglamento de los fariseos había soluciones para emergencias, como era el caso de poder rescatar una oveja si caía en un hoyo (v. 11). Jesús afirmó que el sábado era un día en el que era permitido y deseable hacer el bien.

Aquellos que se oponen al sábado como día de reposo argumentan que cuando Jesús dijo: “Es lícito hacer el bien en los sábados” estaba con ello dando a conocer que ya no existía diferencia alguna entre los días que Dios había santificado y los demás días. Sin embargo, concluir que la naturaleza única del sábado había sido anulada con la enseñanza de que era “lícito hacer el bien” en ese día, implica que anteriormente era prohibido hacerlo, ¡y esto en ninguna manera es cierto! Jesús reprendió continuamente a quienes lo criticaban, diciéndoles que hacer el bien estaba permitido específicamente en el sábado (Mateo 12:12; Marcos 3:4; Lucas 6:9). El sábado es el día dado por Dios para la instrucción religiosa y como un tiempo de reposo, pero el mandamiento del sábado no prohíbe hacer el bien.

Los actos de curación que Jesús realizó en el sábado fueron precursores de las milagrosas curaciones que están aún por venir con la era mesiánica. Isaías profetizó acerca de ese tiempo: “Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo” (Isaías 35:5-6).

Lo que el Salvador hizo en el sábado nos recuerda que vendrá un tiempo de paz, sanidad y restauración para toda la humanidad.

Jesús sana a una mujer encorvada: Lucas 13:10-17

Lucas relata otro caso de una persona que padecía de una enfermedad crónica y que fue sanada por Jesús el día sábado en la sinagoga. Era “una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar” (Lucas 13:11). Llamándola para que se le acercara, Jesús puso las manos sobre la mujer, “y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios” (v. 13).

Los espectadores, sabiendo que Jesús había violado la prohibición estrecha que negaba la oportunidad de ayudar a quien no estuviera en peligro de muerte, esperaron a ver qué iba a pasar. No tuvieron que esperar mucho tiempo. “El principal de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiese sanado en el sábado, dijo a la gente: Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en sábado” (v. 14).

Jesús, empero, no compartía esta actitud: “Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en el sábado su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el sábado? Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él” (vv. 15-17).

Jesús destacó el hecho de que el sábado representa un tiempo de liberación, de desatar las ligaduras, para ayudarnos a comprender cómo Dios quería que guardáramos el sábado. Aun las estrictas normas de los fariseos permitían dar de comer y de beber a los animales en el sábado. Si satisfacer las necesidades básicas de los animales no violaba el cuarto mandamiento, ¿cuánto más apropiada era la liberación de un ser humano mediante la curación en el sábado?

Este ejemplo de Jesús nos recuerda que está bien visitar a los ancianos y enfermos en el día sábado, ayudándoles a disfrutar el día como un tiempo de liberación. Como lo anunció Jesús, él vino a “pregonar libertad a los cautivos” y a “poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18), refiriéndose a la gloriosa liberación de la esclavitud espiritual que se hará realidad bajo su futuro gobierno como el Mesías.

Jesús sana a un hombre en el sábado: Lucas 14:1-6

La siguiente mención que encontramos del sábado durante el ministerio de Jesús está en Lucas 14. Este incidente no ocurrió en la sinagoga, sino en la casa de un fariseo eminente a donde Jesús había ido el sábado para comer.

Un hombre que tenía un problema crónico de salud acudió a él. “¿Es lícito sanar en el sábado?”, preguntó Jesús a los intérpretes de la ley y a los fariseos. Ninguno respondió. Jesús sanó al hombre, y éste se fue (vv. 2-4).

Entonces Jesús les preguntó a las personas reunidas: “¿Quién de vosotros, si su asno o su buey cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente, aunque sea en sábado? Y no le podían replicar a estas cosas” (vv. 5-6). Esta clase de preguntas habían sido debatidas entre los maestros religiosos judíos por años, y ellos reconocían que en el mandamiento de descansar no se hablaba de pasar por alto las situaciones de emergencia en que la vida o el bienestar de una persona o un animal estuviera en peligro.

El enfoque y el ejemplo de Jesús nos enseñan que debemos aprovechar cualquier oportunidad que se nos presente para aliviar el sufrimiento. El propósito del mandamiento de guardar el sábado nunca ha sido impedirnos hacer el bien en ese día. Jesús conocía muy bien el meollo y la esencia de la ley de Dios: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). Los apóstoles Santiago y Pablo entendieron que el amor era el propósito y el cumplimiento de la ley (Santiago 2:8; Gálatas 5:14).

El ejemplo de Jesús nos muestra que debemos vivir cada día en amor, que es el espíritu y el propósito de la ley de Dios.

Jesús sana a un paralítico en el sábado: Juan 5:1-18

En el capítulo 5 del Evangelio de Juan encontramos el relato de una curación que no se menciona en ningún otro evangelio, lo que añade una nueva dimensión a lo que sabemos acerca de las actividades que Jesús realizaba en el sábado. En este caso sanó a un hombre que había estado enfermo por espacio de 38 años. “¡Levántate, toma tu lecho, y anda!”, le dijo (v. 8).

Al instante, el hombre fue sanado, tomó la camilla en la cual había yacido y caminó hasta ser confrontado por otros judíos que le reprochaban porque estaba llevando su camilla. “Es sábado; no te es lícito llevar tu lecho”, le advirtieron. Mas él replicó: “El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda” (vv. 10-11).

Después de comprobar que había sido Jesús quien sanó al hombre y le dio la orden de llevar su camilla, ellos “perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el sábado” (v. 16). El punto de vista que tenían acerca del sábado estaba tan desvirtuado que les importaban más sus triviales reglas acerca de lo que no se debía llevar a cuestas el sábado, ¡que la maravillosa curación de una persona que había estado afligida durante 38 años!

La respuesta que Jesús dio a quienes lo acusaban de estar quebrantando el sábado los contrarió aún más: “‘Mi Padre siempre está en su obra, y yo también’. Entonces, tanto más procuraban los judíos matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (vv. 17-18, Nueva Reina-Valera).

Lo que Jesús quebrantó no fue el mandato divino del sábado, sino las estrictas normas de los fariseos, basadas en lo que ellos consideraban permisible hacer en este día. Él no pudo haber violado el sábado, ya que anteriormente había pronunciado una maldición sobre cualquiera “que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres” (Mateo 5:19).

¿Qué fue lo que en realidad quiso decir Jesús cuando declaró: “Mi Padre siempre está en su obra, y yo también” (o como lo expresa la versión Reina-Valera, revisión de 1960: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”)? En su comentario acerca de este versículo, The Life Application Bible (“La Biblia del diario vivir”) nos dice: “Si Dios dejara de trabajar completamente en el sábado, la naturaleza llegaría al caos y el pecado dominaría al mundo. Génesis 2:2 nos dice que Dios descansó en el séptimo día, pero esto no significa que dejó de hacer el bien. La enseñanza de Jesús nos permite entender que cuando se presente la oportunidad de hacer el bien, debemos hacerlo, aunque ésta se nos presente en el sábado”.

Dios creó el sábado como un día de reposo para el hombre —la humanidad entera—, no para sí mismo. Él descansó del trabajo de crear la tierra para mostrarnos que nosotros deberíamos descansar de nuestro trabajo rutinario. Pero Dios continúa realizando cierto tipo de trabajo sin descansar nunca: Día y noche, siete días a la semana, él está trabajando para llevar a la humanidad a su reino. Trabaja cada sábado para hacer que las personas crezcan espiritualmente, y trabaja constantemente para cultivar una relación íntima con cada uno de sus hijos.

A juzgar por lo que leemos en los evangelios, Jesús sanó más personas en el sábado que en cualquier otro día. También enseñó y predicó en el sábado. ¿Estaba pecando al hacerlo? No. Sus actividades eran parte de la obra de Dios y tenían como propósito ayudar a las personas a entender y, finalmente, entrar a formar parte del Reino de Dios. Por lo tanto, esas actividades eran perfectamente aceptables a los ojos de Dios.

El sábado y la circuncisión: Juan 7:21-24

En Juan 7:24 Jesús resumió lo que debería haber sido obvio para aquellos que lo criticaban por sanar a los enfermos en el sábado: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”. El punto de vista estrecho e intolerante de los fariseos hacía más énfasis en la apariencia exterior que en todo lo demás. Jesús les reprochó el que dieran tanta importancia a las cosas físicas y fueran negligentes con lo más importante: la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23:23).

Para ilustrar los extremos a los que los fariseos habían llegado en sus puntos de vista, Jesús se valió del ejemplo de la circuncisión. Les hizo notar que la circuncisión, señal del pacto entre Dios y la nación de Israel, podía ser realizada en el sábado sin que con ello se quebrantara el día de reposo. Si esta alteración de una de las 248 partes del cuerpo humano (según el cálculo de los judíos) podía hacerse en el sábado, Jesús les preguntó por qué “os irritáis contra mí porque he curado a un hombre entero en sábado” (Juan 7:22-23, Biblia de Jerusalén).

Las autoridades religiosas permitían el rito de la circuncisión mientras les negaban la misericordia a los enfermos. Esto no sólo era ilógico, sino que fríamente pasaba por alto el verdadero propósito de la ley de Dios. “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”, les advirtió Jesús a sus acusadores (v. 24).

Según Jesús, en lugar de hacer respetar la ley de Dios con sus normas y reglas añadidas, los judíos tenían un concepto tan desvirtuado de la ley que lo que hacían en realidad era quebrantarla e invalidarla (Mateo 23:3, 28; Marcos 7:6-9). “Ninguno de vosotros cumple la ley”, les dijo Jesús, reprendiéndolos por su tergiversada interpretación de los preceptos de Dios (Juan 7:19). No estaban cumpliendo realmente la ley, y tanto las enseñanzas como el ejemplo de Jesús tenían como propósito restablecer el entendimiento y la práctica correctos.

Jesús sana a un ciego en el sábado: Juan 9:1-34

Jesús se valió del incidente en que sanó a un ciego en el día sábado para proclamar doblemente su identidad como el Mesías. Hablando a sus discípulos dijo: “Me es necesario hacer las obras del que me envío, entre tanto que el día dura . . . Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Juan 9:4-5). Enseguida sanó al hombre de su ceguera.

Más tarde, los fariseos encontraron al que había sido sanado y procuraron intimidarlo. “Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el sábado”, argumentaron (v. 16). Él les respondió: “Esto es lo maravilloso . . . a mí me abrió los ojos . . . Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer” (vv. 30, 33). Furiosos porque su autoridad había sido desafiada y sus opiniones puestas en tela de juicio, “le expulsaron”, excomulgándolo de la sinagoga (v. 34). Lo condenaron como hereje, aislándolo así de sus familiares y amigos.

Más tarde Jesús halló al hombre y le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró. Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (vv. 35-39).

Jesús aclaró nuevamente que él era el Mesías, el Hijo mismo de Dios. En este episodio, tal como lo hizo en muchas ocasiones en el sábado, continuó enseñando acerca de su labor redentora.

¿Cambió Jesús la ley?

Estos relatos, consignados en los cuatro evangelios, resumen las actividades específicas de Jesucristo en el sábado. Como dijimos antes, algunos ven en estos pasajes solamente lo que quieren ver: la supuesta prueba de que Jesús quebrantó el cuarto mandamiento. Pero como las Escrituras nos lo comprueban, esto jamás sucedió. Él hizo a un lado las restricciones equivocadas que fueron impuestas por los dirigentes religiosos, pero jamás violó los mandamientos de Dios. Si lo hubiera hecho, hubiera pecado (1 Juan 3:4), y Jesús nunca pecó. Vivió una vida sin pecado para poder ser un sacrificio perfecto, el Salvador de toda la humanidad (1 Pedro 2:22; Efesios 5:2; 1 Juan 4:14).

Es inimaginable que a Jesús le hubiera pasado por la mente el desobedecer los mandamientos de Dios. Hablando de sí mismo, dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19). ¿Qué hizo Jesús? En sus propias palabras, hizo exactamente lo que el Padre hacía. Y todavía algunos afirman que él vino para abrogar la ley de Dios y quitarla como guía de conducta para el hombre.

“No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”, dijo Jesús (v. 30). Su motivación era la de complacer a su Padre en todo momento. Les dijo a sus discípulos: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Hacer la voluntad de su Padre era su motivación y su razón de ser. Por medio de las enseñanzas que Jesús dio los sábados, reveló la voluntad de su Padre. Siempre estuvo decidido a terminar la obra de Dios, a pesar de la oposición y persecución, las cuales lograron finalmente su cruel tortura y su muerte.

La clara afirmación de Jesús

Jesús mismo negó que él pretendiera cambiar o abolir el sábado o cualquier otro precepto de la ley de Dios: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).

Según el Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, de W.E. Vine, la voz griega pleroo, traducida como “cumplir”, significa “llenar”, “atestar”, “suplir”, “completar”, “rellenar”, “(hacer o ser) perfecto” (Libros CLIE, 1984, 1:358; 3:165). En otras palabras, Jesús dijo que había venido para perfeccionar la ley y hacerla completa. ¿Cómo? Mostrando la intención espiritual y la aplicación correcta de la ley de Dios. Su significado es evidente en el contexto del capítulo, donde claramente explica la aplicación espiritual de varios mandamientos específicos.

Algunos tergiversan el significado de cumplir porque afirman que Jesús quería decir: “No he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla y de esta manera ponerle fin”. Sin embargo, esto es absolutamente contrario a sus propias palabras. En todo el resto del capítulo explicó que la aplicación espiritual de la ley la hacía más completa aún y más difícil de guardar; nunca dijo que había sido anulada o que ya no era necesario guardarla.

Jesús puso de manifiesto que no estaba aboliendo la ley de Dios: “De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (v. 18). La voz griega traducida como “cumplido” esginomai que, según el Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, significa “acontecer”, “venir a ser”, “suceder” (1:357). Así, las palabras de Jesús indican que sólo después de que todo lo necesario llegue a suceder podrá pasar alguna parte de la ley de Dios.

Para evitar cualquier posible malentendido, él advirtió a los que tratarían de abolir la ley de Dios: “Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos” (v. 19).

Cuando Jesús explicó, amplió y ejemplificó la ley de Dios, estaba cumpliendo una profecía referente al Mesías que encontramos en Isaías 42:21: “El Eterno se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla”. Jesús hizo precisamente eso al mostrar el verdadero propósito y el alcance de las leyes de Dios, incluso la del sábado.

El ejemplo de Jesús

Cuando le preguntaron: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?”, Jesús respondió: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 12:28-30).

Aquí vemos que Jesús reafirmó el mandamiento mayor del Antiguo Testamento (Deuteronomio 6:4-5). Aquellos que se esfuerzan por obedecer este mandamiento ponen a Dios primero en sus vidas y respetan todos sus preceptos, incluso el de guardar el sábado, tal como se ordena en la Biblia. También tienen presente este principio expresado por Jesús: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21).

Jesucristo es nuestro Amo y Señor (Filipenses 2:9-11). Él afirmó ser Señor del sábado (Marcos 2:28) y debemos seguir su ejemplo guardando el sábado —y todos los mandamientos de Dios— en la forma en que él lo enseñó y lo vivió.

¿A qué hora inicia y termina el sábado?

La costumbre de comenzar un nuevo día a la  medianoche es una práctica humana arbitraria. Dios, quien es el Creador de los cuerpos celestes y quien los puso en movimiento para marcar el paso del tiempo (Génesis 1:14), cuenta los días de una manera diferente: de tarde a tarde.

Esto se ve en el relato de la creación. Después que Dios hubo separado el día de la noche, leemos estas palabras: “Y fue la tarde y la mañana un día” (Génesis 1:5). “La tarde” se menciona primero, seguida por “la mañana”. Dios describe de una manera similar los demás días de la creación (vv. 8, 13, 19, 23, 31).

En la Biblia, la tarde comienza a la puesta del sol (Josué 8:29; 2 Crónicas 18:34; Nehemías 13:19; Marcos 1:32) y en ese momento comienza un nuevo día. Hablando de las fiestas ceremoniales, Dios estableció que debían celebrarse “de tarde a tarde” (Levítico 23:32). Esta fue la forma usual de calcular el principio y el final de los días (Éxodo 12:18).

En el Nuevo Testamento, los días eran calculados de la misma manera. En Marcos 1:32 leemos que en cuanto se puso el sol al terminar el sábado, las multitudes traían a los enfermos para que Jesús los sanara. En otra ocasión, José de Arimatea envolvió el cuerpo de Jesús y lo puso en el sepulcro cuando “estaba para comenzar el sábado” (Lucas 23:50-54). Su propósito era terminar antes de que cayera la noche, para no trabajar en el día de fiesta que estaba por comenzar. La Nueva Reina-Valera nos dice que José hizo esto “cerca del atardecer” (Mateo 27:57) o “al atardecer” (Marcos 15:42).

Dios, el Creador del sábado, es quien determina cuándo comienza y cuándo termina; según la Biblia, se guarda “de tarde a tarde”. El sábado de Dios comienza el viernes a la puesta del sol y termina 24 horas más tarde, a la puesta del sol.

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