interior - copia (6)Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; ni lo que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no obro aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien: porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo. Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el mal que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios: Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo á la ley del pecado que está en mis miembros. Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Romanos 7:14-25).

interior - copia (5)Muchas personas creen sinceramente que este texto describe la experiencia personal del apóstol Pablo después de su conversión. Siendo que el escritor habla en primera persona, aludiendo a un conflicto que se libra en su ser interior, pareciera ser suficiente razón para sostener la idea de que definitivamente se trata de la experiencia personal del apóstol. Los detalles del conflicto del alma en procura de una vida santa mediante la observancia de la ley de Dios, y la frustrante realidad de la incapacidad del hombre para lograrlo, son el tema que ocupa esta porción del capítulo siete de Romanos.

Pablo describe, con vivo dramatismo, la angustia de un alma que después de esforzarse por hacer el bien llega al punto donde, no pudiendo más, tiene que exclamar: “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Romanos 7:24). La expresión denota la desesperación de un alma que ha luchado con denuedo, pero ante el fracaso de sus mejores esfuerzos se derrumba derrotada y sin esperanzas. El escritor no deja la pregunta en el vacío y adelanta de inmediato una respuesta que será luego ampliada con profundidad en el siguiente capítulo. “Gracias doy á Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:25). En este punto, la respuesta que se ha introducido constituye un paréntesis precursor de la gloriosa visión del hombre de Romanos 8.

En la última parte del versículo Pablo retoma el hilo de su discurso para cerrar con ello la descripción del conflicto entre la conciencia y la carne. La epístola a los Romanos fue escrita alrededor del año 58 DC y la conversión de Pablo tuvo lugar el año 35 DC, lo cual significa que el apóstol tenía 23 años en la fe como creyente y predicador cuando escribió la epístola.

Otro argumento que se ha esgrimido para tratar de demostrar que la experiencia descrita en el texto corresponde a la persona de Pablo son las palabras del versículo 22: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”. Se enfatiza el hecho de que ningún pecador inconverso se deleita en la ley de Dios. El hombre enajenado de Cristo no encuentra placer ni deleite en la ley, por el contrario, le resulta aborrecible, y esa no parece ser la condición del personaje del texto. A partir de estas conjeturas se ha concluido que en este capítulo el apóstol está describiendo su propio conflicto al momento de escribir la epístola y por analogía debe ser también la experiencia de todo cristiano arrepentido y creyente.

Esta conclusión, sin embargo, genera una serie de interrogantes que no podemos pasar por alto: ¿Era Pablo un esclavo del pecado, incapaz de guardar los mandamientos, pretendiendo ser siervo de Cristo? ¿Seguía Pablo viviendo en pecado después de 23 años de su conversión? ¿Está todo cristiano atado a la misma miserable condición? ¿Permanecemos como esclavos del pecado, sin importar cuan sincero sea nuestro arrepentimiento y nuestra conversión? ¿Cuál es el significado de conversión y libertad si no podemos liberarnos de las ataduras del pecado?

interior - copia (2)El hombre carnal. Con frecuencia se pasan por alto las primeras declaraciones del apóstol al introducir su discurso sobre el conflicto con la carne: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado” (Romanos 7:14). Pablo construye su argumentación partiendo de esta premisa. Se trata de una persona carnal, es decir, alguien que es dominado y controlado por la carne. Entendemos por carne, no el conjunto de órganos y sistemas que componen nuestro cuerpo, sino más bien los apetitos y pasiones que se despiertan en nuestro cuerpo y que demandan pronta satisfacción, sin importar cómo ni cuándo. Una persona carnal es aquella que está sujeta y es dominada por tales apetitos y pasiones y vive para satisfacer sus demandas. El impulso o deseo de la carne, opuesto a la voluntad de Dios, se concreta en el acto de pecado, y este a su vez, por efecto de repetición y continuidad, se convierte en el patrón de conducta que rige la vida del individuo. Esta es la clase de persona a la que Pablo hace referencia a partir de este punto. El escritor plantea el frustrante fracaso de un hombre carnal que intenta guardar la ley para luego presentar, en abierto contraste, la victoria del hombre espiritual.

Esclavo del pecado. El enfoque sobre el origen del conflicto se hace más claro cuando el apóstol añade a la condición carnal de la persona descrita, el estatus moral del personaje en cuestión: “vendido a sujeción del pecado”. Esta persona es un esclavo, no es libre, tiene un amo que se enseñorea de él y que controla su vida. Ese amo es el pecado. “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado” (Juan 8:34).

“¿No sabéis que a quien os prestáis vosotros mismos por siervos para obedecerle, sois siervos de aquel a quien obedecéis, o del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16). El hombre carnal no puede obedecer “Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7).

Esta es justamente la razón por la cual el hombre carnal de Romanos 7 se encuentra impedido de obedecer. Siendo un esclavo del pecado este hombre tiene que obedecer a su amo; en consecuencia su vida se encuentra en abierto conflicto con las demandas de la ley de Dios, lo que implica una permanente enemistad con Dios. El pecado establece su propia ley y no admite sujeción u obediencia a la ley de Dios. Es imposible establecer armonía entre el hombre carnal, sujeto a la ley del pecado, y la ley de Dios porque esta condena y rechaza toda forma de pecado.

interior - copia (3)Para que el hombre pueda obedecer y estar en amistad con Dios, el viejo amo debe morir primero. No es posible servir a dos señores al mismo tiempo. “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24, Biblia de las Américas). La ley del pecado es la ley del ego, es la ley de la voluntad humana separada y distinta de Dios. Cuando el yo reina, exige que se le complazca en todo implantándose como la regla gobernante de la vida. En función de este principio el hombre vive solo para sí mismo.

El hombre carnal se halla bajo sentencia de muerte. “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6). “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23, primera parte).

El esclavo del pecado jamás podrá ser salvo. Él debe primero ser libre para poder alcanzar la salvación. Viviendo en pecado simplemente nadie puede salvarse. “Jesús vino a este mundo para salvar a su pueblo de sus pecados. Él no nos salvará en nuestros peca- dos porque él no es ministro de pecado” (Signs of the Times, 15 de febrero del 1892). “Cristo vino, no para salvar al hombre en sus pecados, sino de sus pecados” (Signs of the Times, 7 de enero del 1897). “Puede que haya hombres que tengan excelentes dones, mucha capacidad, espléndidas cualidades; pero un defecto, un solo pecado albergado, ocasionará al carácter lo que al barco una tabla carcomida: un completo desastre y una ruina absoluta” (Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 480).

interior - copia (8)Dios no se agrada de ese tipo de servicio. “Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8). Inevitablemente todo el que se encuentra bajo el dominio de la carne va a manifestar los frutos de la carne. Ese es precisamente el conflicto que vive el hombre de Romanos 7; él desea rendir frutos de justicia que agraden a Dios, pero en su lugar, por ser carnal, solo produce los frutos de la carne. Sobra decir que los frutos de la carne (hombre de Romanos 7) son repugnantes a la vista de Dios.

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes a éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Definitivamente, esta no puede ser la vida de Pablo cuando escribió la epístola, ni tampoco la vida de aquellos que han nacido de nuevo. Pablo pudo decir: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1), porque su vida estaba en armonía y no en conflicto con la vida de Cristo.

El hombre de Romanos 8.  En el capítulo 8 Pablo presenta otra clase de individuo. La descripción del hombre espiritual es presentada en secuencia y como contraste con el caso anterior. Esta es la respuesta ampliada a la angustiosa pregunta del hombre de Romanos 7. Este caso presenta una experiencia diametralmente opuesta al primero. Pablo procura hacer ver que la religión fundada en el esfuerzo humano, aún cuando esos esfuerzos puedan ser sinceros, no trae paz al alma ni logran la libertad del pecado.

interior - copia (10)Una persona espiritual “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu” (Romanos 8:1). Cristo es la gran solución para el conflicto humano. Cristo quebranta las cadenas de la esclavitud del pecado y abre las puertas que dan acceso a un universo de libertad, de gozo y de vida eterna. El hombre carnal está condenado y perdido, por el contrario, el hombre espiritual es libre de condenación. Pablo dedica la mayor parte de este capítulo a recalcar la diferencia que existe entre el hombre carnal en conflicto con su conciencia y la libertad y el triunfo del hombre espiritual.

El hombre espiritual es obviamente una persona que ha muerto al viejo hombre, es decir, al hombre carnal esclavo del pecado y ha nacido de nuevo para andar en novedad de vida. “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fue crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, á fin de que no sirvamos más al pecado” ( Romanos 6:6). “Así también vosotros, pensad que de cierto estáis muertos al pecado, mas vivos á Dios en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:11). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios. 5:17).

El hombre espiritual es libre. “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15, Biblia de las Américas). “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2, Biblia de las Américas).

interior - copia (7)“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). La liberación del yugo del pecado es el gran tema que se proyecta desde la cruz del Calvario como la obra esencial del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. “El espíritu del señor esta sobre mi, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres, me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del señor” (Lucas 4:18, 19).

“Mas ahora, librados del pecado, y hechos siervos a Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna” (Romanos 6:22). “La religión de Cristo significa más que el perdón del pecado; significa la extirpación de nuestros pecados y el henchimiento del vacío con las gracias del Espíritu Santo. Significa iluminación divina, regocijo en Dios, Significa un corazón despojado del yo y bendecido con la presencia permanente de Cristo. Cuando Cristo reina en el alma, hay pureza, libertad del pecado” (Palabras de Vida del Gran Maestro, pág. 346).

El hombre de Romanos 8 está bajo el control del Espíritu Santo. “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él” (Romanos 8:9). “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios” (Romanos 8:14). El cumplimiento de la promesa de Cristo de dar su Espíritu a todo el que lo recibiese como mesías se convirtió en la prueba del discipulado en los días del apóstol. Pero el Espíritu no solo iba a realizar milagros a través de ellos, su obra más importante consistía en desarrollar y moldear el carácter de Cristo en la vida de todo el que lo aceptase. Como resultado natural de esa obra de transformación se iban a producir y manifestar los frutos del Espíritu. “Mas el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22, 23).

El hombre espiritual cumple con las exigencias de la ley. “Para qinterior - copia (9)ue la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas conforme al espíritu” (Romanos 8:4). “Y libertados del pecado, sois hechos siervos de la justicia” (Romanos 6:18). “El que habita en Cristo es perfeccionado en el amor de Dios y sus propósitos, pensamientos, palabras y acciones están en armonía con la voluntad de Dios expresada en los mandamientos de su ley. No hay nada en el corazón del hombre que habita en Cristo que esté en guerra con algún precepto de la ley de Dios” (Signs of the Times, 20 de junio del 1895).

Conclusión. Queda todavía una interrogante a la que es necesario atender: Si, como hemos dilucidado, el personaje de Romanos 7 no es el apóstol Pablo en su condición presente al momento de escribir la epístola, ¿Por qué, entonces, habló en primera persona dejando la impresión de que se trata de su conflicto presente? En primer lugar, tenemos un bello y muy inte- resante recurso literario que crea un dramatismo participativo en el tema expuesto. Cuando leemos el texto, inevitablemente nos hace partícipes del drama. Hablando en primera persona se me hace sentir que soy yo el personaje que vive la experiencia en cuestión. Esta fórmula despierta en el lector una alarma en la conciencia que lo inducirá a la reflexión y al examen consciente de su realidad espiritual.

Por otro lado, Pablo está escribiendo a cristianos, en su mayoría, convertidos del judaísmo al cristianismo. Al igual que él, muchos de estos fariseos cristianos habían procurado alcanzar la justicia mediante la observancia de las demandas de la ley. Si bien en lo externo podían lograr una apariencia de piedad, los que eran sinceros consigo mismos sentían el desasosiego de una religión de doble cara, una religión hipócrita que nunca alcanzaba a llenar las exigencias de las leyes y ordenanzas que se imponían pero que condenaba gustosamente a los que se atrevían a no ocultar su fracaso. “¿Qué diremos entonces? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, alcanzaron justicia, es decir, la justicia que es por fe; pero Israel, que iba tras una ley de justicia, no alcanzó esa ley. ¿Por qué? Porque no iban tras ella por fe, sino como por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo” (Romanos 9:30-32, Biblia de las Américas).

interior - copia (11)En el hombre de Romanos 7 se personifica con crudo realismo la vivencia de un fariseo o un profeso cristiano que conoce de Jesús pero no se ha dejado poseer por Cristo. Es la lucha del alma por alcanzar la justicia por si misma, valiéndose de sus propios esfuerzos. Es en realidad el ego queriendo ser bueno.

“No basta comprender la bondad amorosa de Dios, ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó: ‘Consiento en que la ley es buena’. ‘La ley a la verdad es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno’. Mas él añadió en la amargura de su alma agonizante y desesperada: ‘Soy carnal, vendido bajo el poder del pecado’ (Romanos 7:12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: ‘¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?’ (Romanos 7: 24). La misma exclamación ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay más que una contestación para todos: ‘¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!’ (Juan 1:29)” (El Camino a Cristo, pág. 19).

La experiencia de Romanos 7 no constituye el final del drama. Es solo un triste capítulo en la vida de los que engañados por su ego procuran la santidad sin morir al viejo hombre. El final del drama se encuentra en el capítulo 8 de Romanos. Es este el triunfo del Espíritu sobre la carne y el pecado. Es el triunfo final de Cristo en la vida del hombre y sobre el reino de Satanás.

“Donde no sólo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de la voluntad a él; donde se le da a él el corazón y los afectos se fijan en él, allí hay fe, fe que obra por el amor y purifica el alma. Mediante esta fe, el corazón se renueva conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su estado carnal no se sujetaba a la ley de Dios ni tampoco podía, se deleita después en sus santos preceptos, diciendo con el salmista: ‘¡Oh cuánto amo tu ley! todo el día es ella mi meditación’ (Salmos 119:97). Y la justicia de la ley se cumple en nosotros, los que no andamos ‘conforme a la carne, mas conforme al espíritu’ (Romanos 8:1)” (El Camino a Cristo, pág. 63).

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Este artículo se publicó originalmente en EL GUARDIÁN DEL SÁBADO, volumen 88, Número 6; Todos los derechos reservados por el Departamento de Publicaciones de la Conferencia General. Publicación oficial de la Sociedad Misionera Internacional de la Iglesia de los Adventistas del Séptimo Día Movimiento de Reforma, 625 West Avenue, Cedartown, GA 30125, EE.UU. Teléfono: 770-748-0077. Fax: 770-478-0095. Email: info@sda1844.org. Página Web: www.sda1844.org.